A vueltas con el plagio, Chirbes, María Dueñas, Cela, Pérez Reverte y otras piezas

JOSE retrato RR

Jose, 1984. Foto: Ros Ribas. original en color

En las primeras páginas de la biografía de Roland Barthes de Tiphaine Samoyault, que la editorial Seuil brinda en enlace, relata que el accidente de tráfico que le costó la vida sucedió en un momento de desánimo del ensayista y profesor. Había publicado el libro La chambre claire (La cámara lúcida), hoy perfectamente integrado en el discurso teórico, donde evoca a su madre, fallecida hacía poco, y la respuesta fue mitigada y altanera por parte de otros filósofos. En relación a la fotografía, se lamentaba de que no se tomaban en serio sus reflexiones sobre una materia a la que no se concedía un estatuto teórico y se carecía de audacia para abordar frontamente el contenido más íntimo. La ensayista añade con perspicacia: «L’indifférence comme réponse à une telle exposition est douloureuse. Elle bloque chez tout écrivain l’envie de vivre. Même s’ils n’en meurent pas tous, ils en sont tous frappés» (La indiferencia en respuesta a una exposición [de sí mismo] semejante es dolorosa. Bloquea en cualquier escritor las ganas de vivir. Y aun cuando no todos mueren por ello, todos resultan afectados). A continuación, pregunta cuál es el motivo de la muerte, más allá del accidente real –atropellado por una camioneta– y las complicaciones derivadas durante la hospitalización de su mal estado de salud.

Me pareció interesante que destacara las implicaciones de cómo una exposición íntima, aun tratándose de una figura reconocida como Barthes con un dominio indiscutible del lenguaje, no impedía que le dañara haber sido mal comprendido, o vistos despreciados sus intereses. En España esto ocurre habitualmente, y de nuevo tiene que ver con el artículo pasado sobre cómo las historias de duelo que publican la vieja Mondadori (Didion, Del Molino) o Anagrama (Giralt Torrent, Busquets) están protagonizadas por personas de un tipo social muy similar y rápidamente se granjean una simpatía general porque su discurso sobre el dolor se inscribe en lo que se considera natural, incluso aunque solo sea como aspiración por una parte de los lectores. Al leerlos no se nos pide además que pongamos en cuestión el sistema, ni nuestro sistema de valores sino, al contrario, se nos invita a constatarlo y a sancionarlo. Se trata de lecturas-ejemplares, mientras otras donde el escritor pone ante el lector material más controvertido, tratado con arrojo, como ocurre en Di su nombre, de Francisco Goldman, aquí provoca desconcierto, rechazo, manifestaciones de ignorancia sobre el contexto americano, que retratan bien nuestro panorama.

La reflexión de la biógrafa de Barthes me recordó, claro está, cómo me sentí yo con el episodio de la publicación de mi novela y, aunque puede parecer una obsesión enfermiza –para precisamente los responsables del daño hecho–, en realidad se trata sobre todo de una constatación de la mecánica de funcionamiento de legitimación de nuestro sistema literario. Por lo pronto, claro, importa desde dónde y cómo entras en él. Últimamente se está hablando de la bajada de tarifas que Penguin impone a los traductores, y que se dice viene impuesta desde Madrid. Lo que no dicen es que, previa a esa bajada –recordemos, por abrir el panorama, que cuando Planeta compró Lunwerg, lo primero que hizo fue bajar la tarifa a los traductores dejándola en los precios irrisorios de base que acostumbra a pagar el Grupo; aquello provocó un ligerísimo revuelo que sobre todo fue aprovechado por los traductores dispuestos a aceptar esas nuevas tarifas que los veteranos de Lunwerg se negaban a aceptar– la ayer Mondadori ha impuesto una rebaja drástica, brutal, del nivel literario y de percepción del escritor. A la sombra de Claudio López de Lamadrid pasabas a ser un mindundi a menos que dispusieras de antemano de un patrimonio económico o social (como demuestra desde hace años la Corte asociada a él). De la plebeyización general de la figura del escritor –a la que tanto han contribuido ciertos escritores que han ido de juveniles y de radicales, de avanzadilla del gusto americano, como la mayoría de los que publican en los últimos diez años, y que ahora tratan de encontrar una imagen acorde con su edad– se pasa a que los rasgos preferidos para establecer una jerarquía de valor dentro del campo literario son siempre de tipo materialista.

La política se ha convertido, por eso, en el elemento favorito para asignar valor a un escritor. Como el sentido de trascendencia ligado a la creación literaria o al destino personal se han perdido, su necesidad se compensa con el tema político como causa mayor de las obras literarias. La imagen de cada cual, por otra parte, parece creada de una vez y para siempre. Y ahí los tenemos a todos, como la entrevista que le hacían a Rafael Reig en El Cultural hace unos días, donde discurre sobre la intencionalidad política de la literatura y, como el entrevistador cita a Belén Gopegui, como paradigma de la narrativa política declarada, Reig responde que “La intención política de Belén es la contraria: la felicidad entre iguales (la otra felicidad no es posible para alguien decente)”.

Y el chiste está en la palabra “iguales” porque, conociéndolos, solo me puedo preguntar dónde establecen el criterio de similitud, qué es igual a qué, a quién considera Gopegui su igual. Luego Reig cita al otro santo del catecismo dizqueizquierdista actual, Chirbes:Como dice Rafael Chirbes, creo que la novela es el campo de batalla por los imaginarios, esa es su función.”

Y ya está el armazón perfectamente armado.Convetido Chirbes en valor de referencia, cualquier acusación, por ejemplo de plagio como hago yo, inmediatamente se vuelve contra quien la lanza. No sé quién hizo llegar mi texto a su mesa, pero no tengo a día de hoy duda ninguna de que Crematorio incluye material tomado de mi novela (recuerdo aquí una vez más que no estaba acabada, y que envié los dos primeros largos capítulos, unas 70 y pico páginas de word).

Veamos cómo funcionan los préstamos.

Escribo lo que sigue en La playa, M.J. Furió, 2003  (consta en el Registro de la Propiedad en 2004). Es inédito:

«y así decía que inevitablemente interiorizaba la lucha de clases a partir de los datos fluidos de su psicología

En Crematorio, Anagrama, 2007, Rafael Chirbes escribe, p. 373 –«y otra, el libre fluido del arte, del pensamiento sin ataduras, sin condicionantes…». la construcción del sintagma es la misma, pero invirtiendo el orden entre sustantivo y adjetivo: datos + fluidos + de su psicología / libre + fluido + del arte; obsérvese que este uso de “fluido” no es habitual, y que lo correcto estrictamente sería “flujo”, pero cuando uno pilla de otro lado porque suena bien, porque uno pretende escribir algo menos soso que lo que lleva escribiendo hasta la fecha, donde todos los adjetivos son tan previsibles como el fondo sentimental, no se detiene a pensar que flujo convendría más. La cosa es que la segunda palabra fuerte es “psicología” y no puede dejarla perder, así que la transforma en “pensamiento”. Hay una asociación de ideas obvia entre “fluido” y algo que circula sin dificultad, por lo tanto “libre”.

Entonces viene el listo de Torné, que pilla de todo lo que se mueve, y escribe algo que ya se hace eco de tantos escritores que cuesta enumerarlos. Pero el sintagma tiene la misma construcción que las muestras anteriores, y el campo semántico abunda en lo que las dos frases: “el fluido turbulento de deseos”, donde una vez más, lo correcto sería “flujo”, pero cuando uno copia una sonoridad, un efecto, son esos fonemas y no otros los que seducen al copión. Ignoro si lo sacó de los apuntes que yo subí a esta página en 2012, y que retiré porque me figuré que se convertiría en “barra libre” para escritores profesionalizados cortos de inspiración, o ya de la lectura de Chirbes -al que ha dedicado un artículo sobre su estilo al que le niega la cualidad de “realista”; ¿y cómo calificas tu falta de estilo?–.

Y así es como se forjan las famas y el canon literario. Decía en un artículo reciente Vila-Matas que la construcción del canon está actualmente tan condicionada por las filias y fobias de quienes los elaboran que apenas resultan un inventario de eso, de filias y de fobias y que no hay autor que  no se sienta ignorado y ninguneado por alguien. En el mejor estilo crooner, al que parecen abonados los escritores veteranos bien instalados, relataba varias anécdotas. Me pregunto cómo se ve el mundo cuando uno es un joven escritor rentista en una ciudad que está dividida en dos grupos claramente diferenciados, los señoritos y los obreros, y cuenta con el cinturón de seguridad que le brinda el grupito de amigos bien relacionados con el medio editorial. Con qué ánimo escribe uno cuando sabe que, aunque no va a vender un higo, el crítico de moda, que casualmente forma parte del grupo de amigos y necesita forjarse una reputación, le va a reír todas las gracias, y las escasas ventas no lo van a expulsar del circuito literario.

Inserto la foto de arriba porque por entonces estudiaba segundo de Filología, trabajaba de canguro y de hecho dormía de lunes a viernes en casa de la cría porque los padres, relacionados con la televisión y el teatro, viajaban o tenían horarios irregulares y yo necesitaba a toda costa abandonar la irrespirable atmósfera familiar. Pasé de la explotación emocional a la explotación laboral condimentada con mucho afecto. Si miro esta foto, y recuerdo bien el día en que se tomó, dentro de una serie de prueba de color con carrete de alta sensibilidad, me viene a la mente la angustia de entonces, que estaba atemperada por la confianza en que la vida adulta traería por fuerza un equilibrio y un bienestar ganado y merecido. Mientras iba a la universidad, y también mientras acudía a las sesiones del doctor Angulo –especialista en psiquiatría de adolescentes y niños–, siempre pensaba que todo aquello conllevaba una infantilización, porque una queda subsumida en el grupo, definido por la edad y por las personalidades más extrovertidas, también por las figuras de poder ofrecidas en sustitución de los padres, que no siempre ejercen su función honestamente, es decir, sin que sus personales neurosis contaminen sus actos. Angulo solía pedirle a la enfermera una caja de kleenx cuando iba a atenderme –por lo mucho que yo lloraba mientras relataba el ambiente familiar, donde yo era el tercero molesto en una “bonita folie-à-deux”–, y en cierta ocasión, reprochándome mi tendencia a darlo todo por perdido, a esperar solo lo peor, dijo que seguramente, andando los años, consideraría aquellos viviendo a salto de mata con nostalgia, dando por seguro, se entiende, que las penurias y las carencias diversas serían hechos del pasado.

En otro momento me dijo que había que intentar aquello que parece que no está a nuestro alcance porque nunca se sabe qué puede pasar. Él había completado estudios en París, motivo por el que se estableció una rápida conexión, –también por la costumbre de los adultos de pavonearse ante los jóvenes– y como ejemplo dio que logró estudiar un seminario –o una especialidad, o  una tutoría– con toda una eminencia porque no había nadie que se atreviera a solicitarlo, de modo que estaba libre. Yo deduje, pasado el tiempo, que se trataba nada menos que de Lacan. En otro momento, como yo declaraba ya que quería ser escritora, me retó, a ver quién publica antes un libro, tú o yo. Respondí que publicaría antes yo (porque era más fácil escribir una novela, pensé y no lo dije, que un tratado de psiquiatría). No hay que deducir que fuera simpático, pero supongo que hay una diferencia entre tratar a una adolescente con depresión, que reacciona de inmediato a los estímulos positivos aunque decae con facilidad, como era mi caso, que a niños con esquizofrenia que sufren ataques de madrugada y requerían ser ingresados de urgencia, o adolescentes que manifiestan la depresión con violencias, autopunición, anorexias muy graves, etc. Me dijo que había presentado “mi caso” en un congreso como ejemplo de lo que entonces empezaba a llamarse “resiliencia”, porque yo tenía todos los números para tirar por la calle de enmedio: drogas, embarazo temprano y el habitual folclore de los abusados, huérfanos, abandonados, maltratados, desplazados, etc., pero tenía una determinación muy clara que hacía que no me tentara ese wild side.

Aunque no era persona que se chupara el dedo –creo que en su despacho privado atendía a adultos a precios exorbitantes–, le habría sorprendido  –¿o no?– las perrerías y humillaciones que he debido soportar. Tampoco me lo chupaba yo en 1997, recién publicada la novela, con toda la miseria que trajo, cuando anoté en mi diario: «A los 20 años se es una persona sólida, de fuertes y lúcidas convicciones. Entre los 23 y los 27 años pueden pisotearte hasta conseguir que tus lúcidas y fuertes convicciones no sean un motor de acciones futuras sino el testimonio de una lograda humillación.»

Y así se suman los años preguntándome ¿y esta pesadilla cuándo terminará?

Posdata: un ejemplo de cómo funcionan los “préstamos” entre un autor desconocido y otro de best-seller. Gulias fue mi agente literaria durante un tiempo; leyó mi manuscrito y pese a que me marché muy disgustada con ella, me cuesta creer que me haya hecho la canallada de traspasar mi texto para que otro lo aproveche mientras yo paso calamidades sin cuento.

Acusan a María Dueñas de plagio:

http://www.estrelladigital.es/articulo/television/tiempo-costuras-y-plagios-literarios/20131125121942001826.html

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2 comments

  1. José Luis Moreno · marzo 21, 2015

    Liu, acabo de poner en mi blog este comentario:

    “De nuevo, un artículo de María José Furió mucho más que revelador. Especialmente recomendado para quienes corren el enfermizo riesgo de acudir no menos enfervorizadamente en pos de la firma del mafioso de turno en la próxima Feria del Libro de Madrid:

    https://delahabanahavenidounbarco.wordpress.com/2015/03/20/a-vueltas-con-el-plagio-chirbes-maria-duenas-cela-perez-reverte-y-otras-piezas/

    A ver si nos vamos enterando, people, de cómo funciona de verdad el rollo de eso tan bonito y tal de las letras españolas.
    Vale.”

    Un gran abrazo, Liu.
    JL Moreno-Ruiz

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