Adanistas, idiotas… y sinvergüenzas, misóginos, oportunistas, canallas… en definitiva, españoles

goya-saturno-devorando-a-sus-hijos_Es fantástico lo que está ocurriendo en “este país” –entiendan “España” los lectores extranjeros– con la discusión en torno a la Transición española, en el campo político y en el campo literario. No lo llamo debate porque el nivel es tan bajo que hay que buscarle otro nombre para designar lo que está ocurriendo y a las fuerzas enzarzadas. Esta semana Javier Marías se despachaba a gusto contra la formación Podemos tildándolos de lo que reza el título: “adanistas” e “idiotas”, en su artículo de  El País.  El adanismo de la generación de Pablo Iglesias se hizo notar cuando surgió el movimiento Nocilla y, sin embargo, pese a los actos flagrantes que delatan esa vanidad pueril, pero peligrosa por sus efectos, hasta ahora no se les ha calificado tan duramente. El problema viene cuando se solivianta el escritor y los califica de “idiotas”, sin dar nombres ni falta que hace. Lo que llama la atención no son algunas acusaciones obvias, como el desprecio de los logros de los años inmediatos a la muerte de Franco sino la incapacidad de hacer autocrítica de los beneficiarios de la cultura de la Transición.

El conflicto opone, en realidad, a dos generaciones que, dadas las circunstancias políticas y económicas, y las que se derivan de ello en la cultura, sólo puede pelear a muerte. De un lado están, sí, los beneficiarios de la Transición, como el propio Marías, y sobre todo la generación de Cebrián –que unos puedan contar en millones de euros los beneficios y otros en millones de lectores es apenas un matiz, pues puede decirse que los han obtenido por medios no muy distintos y avalándose simbólicamente unos a otros–, que no hay modo de que “transicionen” a otra posición y cedan el paso a las generaciones inmediatas, ya no digamos a los jóvenes adultos que son los nacidos en los 70 (generacionalmente, los que me siguen a mí). Y lo que es peor, que actúan como si hoy fuesen los mismos que entonces y representasen los mismos valores –o los mismos slogans– de ayer. Nada da más risa que, después de todo lo que hemos visto y padecido en los últimos años, contemplar cómo fingen que salvo el pelo no han perdido nada valioso en las tres décadas transcurridas desde la primera votación para elegir representantes políticos en el Parlamento. Como si escribir en El País hoy fuese exactamente lo mismo que escribir en El País hace veinte años. Y ahí está el fichaje de Jabois para demostrar que no es lo mismo.

Incluso rebajando la colisión a sus rasgos menos hirientes, esto es sin dar nombres y apellidos, se trata de un enfrentamiento entre dos actos neuróticos que no pueden llegar a un acuerdo –salvo, precisamente, el que impongan los votos en las elecciones–: Edipo de un lado, ergo Iglesias y la generación de los 70, que quiere reinar ya, y que se está acostando con su madre y con su padre (la banca y Venezuela, la televisión y las plazas públicas) y, claro, se está quedando cada vez más ciega sobre el sentido de sus actos, y de otro Saturno, que solo devorando a sus hijos e impidiendo que crezcan y ocupen los puestos que por edad les van correspondiendo y reclaman con hambre más feroz conforme pasa el tiempo, puede sentirse joven y obviar con la vejez evidente su obsolescencia y falta de autoridad.

En medio debe haber una posición mediadora -pero si decimos que dicha posición la ofrecen los instrumentos de la democracia tenemos a la platea riéndose a carcajadas pues hasta un niño de pecho sabe hoy cómo se utilizan tales instrumentos para deformar realidades, condicionarlas, obviarlas, y minar los efectos de la lucha de clases, los méritos personales, etc. Esa posición podría ocuparla la generación intermedia, la mía, si no fuera porque ideológicamente la compone una mayoría de oportunistas que creían ser de izquierdas mientras tenían chachas latinoamericanas sin contrato. Echad una mirada a vuestro alrededor y descubriréis quién sobrevive a la crisis y quién se ha hundido o está en un tris de hacerlo. ¿Alguien cree que fue inocente publicar en la década de los noventa y hasta el estallido de la crisis en 2008 a la entera galería de escritores desideologizados norteamericanos (Junot Díaz) y españoles o las lecturas revisionistas de la lucha armada latinoamericana? ¿Alguien cree que los novelistas realistas españoles surgidos en la primera década de la Transición, y no me molesto ya en dar nombres, que acusan a los españoles de los estragos de la corrupción rampante contribuyen a algo más que a dorar su fama de cara a los premios de consagración literaria de aquí y de allá? ¿Era inocente el triunfo de Lucía Etxebarria, o el apoyo de Gimferrer a Maria de la Pau Janer? ¿Es también casual, y resultado de las pulsiones del mercado analfabeto, que se promocionara a escritoras como las que publican con Planeta? Vuelve a ser casual, claro, que se republique a Lillian Hellman cuando la situación del femenismo en el mundo literario español se ha resuelto (?) omitiendo que no hay igualdad, que la criba se hace desde la decisión de publicar tales temas y no dar cancha a otros escritores. ¿No es llamativo que cuando por fin Echevarria se decide a hablar de “literatura femenina” y declara –pero quién lo cree a estas alturas– que son escritoras las que engrosan cada vez más su “santoral”, pone a discutir a dos reputadas lesbianas que se hicieron un nombre en los años sesenta-setenta, las décadas de mayor libertad en el orbe occidental –Susan Sontag y Cisoux–, procedentes de los dos países, USA y Francia, donde se han dado más avances en favor de la igualdad de las mujeres, pero que a la hora de dar nombres de escritoras españolas vivas, si nos atenemos a lo que se desprende de sus textos, solo cuentan Belén Gopegui y Mercedes Cebrián, quien llegó a Caballo de Troya, la editorial que dirigía Bértolo, amigo de Echevarria y marido de Gopegui, porque ésta se lo sugirió tras la lectura de textos suyos en un concurso? Dos escritoras que no se distinguen por abordar los temas que más hieren en la experiencia de ser mujer, como serían las vejaciones sexuales o la vejación profesional por el hecho de ser mujer, ese tipo de decisiones contra una tomadas considerando determinantes sexuales –incluido si al editor (ay ay ay), al crítico (ay ay), al lector (ay) se le levanta la polla o no con lo que es o representa la escritora (sin que sea preciso, lo sabemos, que ella solita haya escrito el libro).

Vayamos a un detalle sucedido, por contrastar lo que se acepta y lo que se niega en relación a las mujeres. Tenemos el duelo de Milena Busquets donde todo transcurre en un ambiente bon chic bon genre y encuentra la forma de narrarlo y halla una respuesta masiva porque, en realidad, no le plantea ningún conflicto al lector, quien participa soulagé de una vivencia controlada, que no altera situaciones fijas, siendo la más tranquilizaadora la de las clases sociales. En realidad, esa aceptación masiva siempre va contra la experiencia, siempre banaliza lo que no es banal. Luego están los duelos inenarrables, por los efectos sobre la vida de quienes los sufren, como es el caso de varios amigos míos en diferentes épocas. Luego están los duelos abyectos e inenarrables, como el mío.

Como soy incapaz de narrarlo, solo una escena: en septiembre de 1996, cuando no hace un año del suicidio de mi madre, un ataque de lágrimas en el metro de Londres que dura la tarde entera y hasta que regreso a la casa de los amigos -ella española, él italiano– donde paso unos días. Esa mañana ella ha recibido una llamada de su hermana –en realidad, mi amiga de más tiempo– llorando a lágrima viva porque, por esto y por aquello se avivaba el drama familiar, con muerte de hermana adolescente en trágicas circunstancias siempre en la memoria y, sin que ella acertara jamás a enunciarlo, el papel insoportable que la familia le atribuía a ella para redimir –a través del éxito profesional apoteósico que nunca cuajaba– el dolor interminable. La hermana en Londres gasta tiempo en consolar a la otra en Madrid. Hay, como en todas las familias, un reparto de papeles. Yo llevo el encargo de comprar un libro -carísimo– de arte en no sé qué museo para el editor gilipollas, narcisista enfermizo, que ha pasado todo el curso, desde apenas dos meses cumplidos del suicidio de mi madre, tratando de tener algo, pretextando cariños e intereses sinceros, un encargo que acepté, como todo lo que llevaba haciendo ese año, por fingir normalidad. Es todo tan abyecto, pienso en el año transcurrido y en las lecturas pobres que la gente a mi alrededor hace de una situación de la que apenas conoce la cima del iceberg, unas personas que además son incapaces de comprender su propia situación y hay que recogerlos del suelo borrachos y semicomatosos o atenderlos cuando gimotean porque temen haber cruzado “la raya”, o que dicen querer una relación cuando quieren venganza por cuerpo interpuesto, que me derrumbo. Pero es tan larga la costumbre de caer y de levantarme que al llegar a casa de los amigos ni se percatan: lo que no deja de ser el papel que tengo asignado en el grupo familiar.

La discusión en torno a la Transición y en los términos que se está planteando, los que intervienen y las posiciones que adoptan –por qué no hablan los críticos, los agentes literarios y los editores, los profesores universitarios, de cuántas carreras literarias y profesionales abortaron ad ovo con toda deliberación, incluida la mía–, la ausencia de rigor teórico, de datos veraces –Javier Marías era el hombre adecuado en el momento adecuado para representar la imagen de España que el felipismo tenía interés en exportar y se encontraron el hambre (Cebrián y el PSOE) con las ganas de comer (Marías y la reata de escritores, críticos y editores en esos años, unos mejores que otros, no necesariamente delincuentes aunque estemos en tiempo de exageraciones).

Continúo sin imaginarme que en Francia una discusión sobre un tema de esta envergadura se aborde como se está haciendo aquí.

En fin, andad a contar cuentos de hadas sobre vuestro papel durante la Transición a otros niños, que por aquí estamos ya muy crecidos. Que os den por culo.

4 comments

  1. José Luis Moreno · marzo 4, 2015

    ¡Y que les hagan mucho daño!
    JL Moreno-Ruiz

    • Liu · marzo 4, 2015

      Hola José Luis, 🙂
      son una panda de oportunistas desfasados, pretenden que agachemos la cerviz mientras tratan de colarnos a escritores memos que no tienen nada que contar y por eso van copiando recursos de estilo de los autores ya establecidos.

  2. Daniel Vigo · marzo 21, 2015

    Es un poco espeso este texto… pero a riesgo de que me cargues con algún tipo de incapacidad, te doy mi parecer rápidamente y sin pararme a pensar demasiado en lo que escribo, y esperando que tampoco me leas demasiado en serio.
    Si te he entendido bien, tu hablas de una especie de conspiración editorial para sacar ciertos escritores en un momento u otro. Yo no creo que vayan por ahí los tiros. Creo que más bien el mundo literario refleja los gustos de la sociedad en un determinado momento (algo así como el Zeitgeist hegeliano).
    Puestos a hacer modelos, creo más en una especie de ley de Say de oferta y demanda que otra cosa: un escritor escribe un libro, y o bien encuentra la demanda adecuada y sigue publicando por ese camino, o bien no vende, e intenta escribir otro tipo de cosas (o sencillamente decide abandonar la escritura y se dedica a otros menesteres).
    Chau Chau
    Vigo

    • Liu · marzo 22, 2015

      hola Daniel, gracias por el comentario. No hablo de conspiración sino de concentración. Y no es cierto que el asunto funcione por una mera tensión entre demanda y oferta, no en vano el sistema editorial es un sistema ideológico también y, por ello, trata de crear unas condiciones de recepción a su propia oferta ideológica. Llevo muchos años en el sector, y en diferentes pistas, así que sé qué me digo.
      La oferta se crea. Si tú retiras un producto del mercado y pones otro en sustitución y, además, le das una enorme publicidad, vas a conseguir que el segundo producto se venda. Con el tiempo puede darse una reacción y haya gente que se concentre para crear y poner en el mercado el producto que retiraron. Es lo que ocurrió cuando se creó la cadena de tv catalana TV3 –trabajé en el dpt. de Audiencia y estaba allí cuando se trabajó en prestigiar el catalán.

      La bajada de nivel de calidad literaria que se produjo en los años 90 y que dio perfiles como lucia Etxebarria, además de copiar los esquemas de márketing de Estados Unidos, demuestra una determinada posición ideológica, que es la del sucedáneo izquierdista. Piensa en el abuelito Hesse, con Indignaos. Sus últimos libros ya los hacían directamente en la editorial porque él estaba para morirse.
      Otrosí: el caso de Gonzalo Torné, un escritor al que desde su primera novela en una editorial que se esfumó ha estado respaldado por Echevarria, que tiene entrada en un número incontable de lugares vinculados a la promoción de la literatura –congresos, premios, revistas, editoriales, tertulias– y que lo ha colocado sin sonrojo ninguno en todos ellos. Y el otro lo ha aceptado sin sonrojarse lo más mínimo. Me pregunto qué carrera habría hecho Torné sin ese apoyo personal, acompañado de la publicidad que se le hizo cuando ganó un premio del que lo menos que puedo preguntarme es quién preparó los cuatro manuscritos finalistas. Luego puedes abortarle la carrera a buenos escritores por la vía de no publicarlos –“no se ajusta a nuestra línea editorial”– o, una vez publicados, ignorarlos o darle el libro a quien no va a saber entenderlo. Algo que ocurre a menudo con, por ejemplo, novelas de editoriales pequeñas, que no se molestan en hacer publicidad.
      Y podría continuar dándote ejemplos todo el día, pero no merece la pena.
      Saludos,

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