La figura del padre en las novelas de Juan Gabriel Vásquez, en El Rinconete del Instituto Cervantes

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Pintoresca portada de Historia secreta de Costaguana para la versión en inglés

La figura del padre en las novelas de Juan Gabriel Vásquez:
Los informantes e Historia secreta de Costaguana

Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) obtuvo desde Los informantes (2004) un merecido reconocimiento entre críticos y lectores. Considerado un autor serio, tanto por su estilo como por los temas de su narrativa, en contraste con otros escritores de su generación, que abordan temas «duros» en tono ligero, con afán a veces rompedor y a menudo voluntad de contestar posiciones —literarias, ideológicas— de las generaciones precedentes. Los críticos literarios que adoptaron a Vásquez como un autor que asume sin aspavientos una tradición narrativa consolidada, sin rupturismos neovanguardistas o pop, parecen ciegos a la evidencia de que sus argumentos y personajes cuestionan la historia nacional ya establecida. Es decir, J. G. Vásquez no asume poses de joven erudito al abordar temas y episodios mal conocidos de la historia de su país, Colombia, por despegarse de las inercias argumentales de sus coetáneos, que suelen centrarse en intereses y cuitas contemporáneas en un marco urbano de economía globalizada. Diría que todas sus novelas, desde Los informantes a la más reciente, Las reputaciones, cuestionan el legado de memoria recibido de la generación anterior —la historia de una Colombia violenta, en apariencia autista respecto a los acontecimientos históricos del continente americano y de Europa, pero en realidad tan conectado a esos acontecimientos y tan dependiente de ellos como el resto de países—.

El «despiste» en cuanto a esa intención, que subraya el carácter naturalmente edípico de la narrativa de Vásquez, se explicaría por la variedad de estilos, tonos y géneros que el escritor maneja con soltura. En Los informantes, trata de los efectos de la Segunda Guerra Mundial en Colombia, cuando Estados Unidos ordena mantener controlados, y en ciertos casos retenidos, a los originarios de países del Eje, sospechosos de propaganda nazi. El narrador, Gabriel Santoro, joven periodista, relata cómo su padre, con el mismo nombre, respetado profesor de oratoria en la Corte Suprema de Justicia, pierde su reputación después de que su despechada amante —la fisioterapeuta que le trató tras ser operado del corazón— revele en un programa televisivo su condición de delator de un amigo en los tiempos aciagos de la guerra. La novela, a través del relato de Sara Guterman, amiga del anciano, y de documentos recuperados por el joven narrador, describe el contexto de la emigración alemana, el ambiente paranoico y la quiebra económica y personal de algunos inocentes a consecuencia de la ley dictada por Estados Unidos. Vásquez, con clara influencia aquí de La mancha humana de Philip Roth, y de Corazón tan blanco, de Javier Marías, explora de qué modo lo político determina los destinos personales y el valor del secreto. La delación de Santoro contra su amigo Enrique Deresser obliga a su hijo a asumir una parte de la responsabilidad de las consecuencias del gesto desleal, pero también a rescatar, mediante un análisis del contexto histórico, al padre suicida, delatado a su muerte por una mujer infantil y desorientada.

En Historia secreta de Costaguana (2007), tour de force de Vásquez, tenemos de nuevo al hijo único —José Altamirano— de un hombre de relieve, Miguel Altamirano, quien nos narra varias historias entrelazadas a partir de la principal, con cierto gancho humorístico para el lector posmoderno: José acusa a Josef Conrad de haberle robado su historia en Nostromo, donde el escritor polaco —de cuya biografía es traductor el propio Vásquez— narra la historia de un país llamado Costaguana, donde se reconoce la geografía de Colombia. Mediante una sabia y enrevesada trama que mezcla acontecimientos históricos con invenciones rocambolescas, reflexiones metaliterarias y melodrama de folletín, Vásquez narra las vicisitudes en torno a la construcción del canal de Panamá, con la presencia del carismático Lesseps y una colonia de franceses y de trabajadores de orígenes diversos que caen víctimas de la fiebre amarilla, hechos que hacen fracasar la trascendente operación económica del canal. Miguel Altamirano, periodista, parece incapaz de narrar la verdad de ese fracaso y distorsiona —mediante «refracción» según su hijo— de tal modo la penuria creciente que cientos de familias francesas que invirtieron su dinero en el proyecto se arruinan. Además de su propio nacimiento, de las batallas y frases altisonantes pronunciadas por los próceres de la patria, y de cómo Estados Unidos obtiene el control del canal tras la independencia de Panamá, o de su historia de amor con la viuda Charlotte, con quien concibe una hija, Eloísa, a la que invoca en su relato, Vásquez hilvana de nuevo una reflexión sobre el legado histórico y moral que dejan los padres. El autor se desmarca abiertamente de la narrativa de García Márquez, pero en concretos episodios recuerda al enloquecido folletinista de la brillante novela de Vargas Llosa La tía Julia y el escribidor.

La reputación social, o las veleidades de la fama, junto con la pertenencia geográfica, vuelve a ser el tema nuclear de esta novela, en paralelo a la discutible verdad de la historia —según reprocha José a su «gemelo» Josef Conrad—. En Costaguana, a diferencia de Los informantes, Vásquez muestra que la buena reputación de quien la perdió, y sucumbió a la melancolía por ello, puede recuperarse con solo cruzar las fronteras, allá donde las mismas afirmaciones entusiastas que arruinaron a unos benefician a otros.

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