Balance 2014… bueno, más o menos

Os voy a ahorrar una lista de los mejores libros que he leído este año porque no creo en las listas ni en los premios, también porque he hecho una dieta anti-intoxicación de novedades.

adorno-benjamin

El problema de las listas, además, es que voy a tiro fijo y si no he de leer profesionalmente no voy a castigarme con bodrios cuando nadie mira. Una parte de los títulos leídos no han tenido aquí su comentario porque no todo lo que leo puede interesar. Sí recomiendo, no sé si hay traducción al español, Sur Walter Benjamin, de Theodor W. Adorno, en Folio essais, aunque solo sea por leer a Adorno afirmando, en una deshinbida carta a su amigo Benjamin, que el proletariado es una invención de la burguesía. Algo que siempre he pensado, y por lo que nunca he conseguido considerarme una proletaria, pese a lo mucho que han hecho los pijos de Barcelona por que me sienta y nos sintamos así todos aquellos que no podemos enarbolar apellidos unidos con un guión o por un “de” ni conexión alguna con la reaccionaria burguesía que tan a gusto estuvo con Franco.

Otro ensayo que recomiendo, y que tampoco es una novedad, es El siglo XX en pantalla, de Shlomo Sand, publicado en la colección Letras de Humanidad, de la editorial Crítica. Una de mis colecciones favoritas, donde apenas dos títulos chirrían en el conjunto para los que somos fanáticos irredentos de la teoría literaria –algo que los imbéciles y tarados que aseguran que no hay crítica literaria en España no saben ni qué es–. El interés del ensayo de Sand es que el señor, como su nombre delata, es judío y por ello dedica cierto empeño a mostrar cómo ha sido tratado el tema judío en la pantalla. Los fanatismos se los guardó probablemente para la familia, pues no duda en ser tan crítico como es necesario con la invención del tema del “judío superviviente del Holocausto”. Es muy crítico también con la Shoa de Lanzmann (el amigo de Simone de Beauvoir: es lo que tiene ser una mujer, que ves las cosas como mujer y ves a los hombres como “pareja de”, algo que habitualmente ocurre al revés, como vemos todos los días desde la noche de los tiempos, con tantas viudas de profesión, sobre todo en el ámbito latinoamericano). No se queda solo en el tema judío / sionista / israelíes –aunque previamente aborda la presencia del fascismo italiano y repasa de modo cáustico la actividad de directores de enorme relieve que en sus principios se prestaron a trabajar en la industria mussoliniana. El capítulo sobre la guerra de Vietnam también es de lo más recomendable, como el espacio que dedica a Apocalypse Now. El ensayo no se pierde en erudiciones abstrusas, pese a la colección en que se incluye, probablemente porque fue escrito y publicado cuando aún no había surgido la que yo llamo corriente de “los nuevos eruditos”, conformada por los nacidos en los 70, una lacra que también ha llegado a nuestras costas y ha supuesto la casi completa devastación del concepto del yo como territorio poético.

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He releído a placer, desde los cuentos de Faulkner, a Cabrera Infante o Antonio José Ponte y su La fiesta vigiladaque adquiere un sentido muy curioso ahora que Cuba ha abierto fronteras y se puede entrar y salir con (parece) alguna normalidad–, o los cuentos de Pilar Adón en su mes más cruel. En el caso de Pilar Adón repito lo mucho (mucho) que me gusta su relato titulado Culto doméstico. Como la cabra (yo) tira al monte, es normal que me guste un relato con ecos rimbaudianos, pero lo que una vez más me llama la atención es cómo –al margen de las lectoras que aprecian básicamente su narrativa por las atmósferas femeninas– se pasa por alto que el artificio y el pastiche de las novelas del XIX que ella maneja tan bien sirve para arrojar luz sobre la sutileza perdida en las novelas de hoy y el tipo de novela que –seguramente salvo Javier Marías– se ha abandonado por soluciones más estridentes.

el mes mas cruel

Hablando de estridencias, y por las risas que podamos echar –¡¡y para que no se diga que solo hablo de libros buenos o que todo me parece bueno!!–, comentar aquí dos novelas que me han parecido malísimas –aunque admitamos que el eje de la Tierra no se alteró por tal calamidad–. Contexto: empezó a hacer frío. Me dije: honremos al frío, leamos policíacos. Me habían hablado de un tal Márkaris, Petros –griego– y de un tal Cormac McCarthy –americano–… y me hice con dos novelas de estos autores tan ampliamente aplaudidos. Lo de Márkaris en Liquidació final es de juzgado de guardia. Trata de los efectos de la crisis griega mientras un tipo mata a sujetos que no han cumplido con la agencia tributaria del país heleno. Leí la traducción catalana porque un amigo que estudia griego me comentó que la versión castellana se salta líneas del original. Al margen de que la traducción podría ser más moderna, la cosa es que el comisario Jaritos me pareció en el límite de la inteligencia. Hasta ¡¡¡¡la página 273!!! –tomé nota– no se pregunta qué perfil puede ser el del asesino. Si en Grecia todo va como el intelecto de este comisario, no me extraña que el país no levante cabeza. En cuanto a la prosa, poco trabajada, pero lo mismo en cuanto a la construcción de perfiles, ambientaciones o claves de intriga: el sospechoso, por ejemplo, lleva una moto. ¿Qué se nos dice de la moto? Que es mediana, o de media cilindrada. Lo siento, pero hasta yo sé más de motos que el comisario Jaristo.

La novela de McCarthy, El consejero, peca de lo contrario. Empieza con una escena de cama y calentamiento sexual entre el consejero y su novia Laura (que en el cine interpretan Fassbender y Penélope Cruz). La peor escena de sexo que he leído en mi vida, no sé si antes o después de la que Pérez-Reverte perpetró en La piel del tambor, pero mala con avaricia. Da grima que un señor mayor como es McCarthy escriba una escena como ésa. Se supone que en la vida uno aprende… o aprende a disimular. Después de una sucesión de escenas mal hilvanadas donde hay de sobras todo lo que falta en Liquidació final, llegas a la última página preguntándote por qué Fassbender aceptó aparecer en un engendro así. Lo que le sobra, por decirlo de una vez, es pijerío americano. A saber: la obra podría haberse titulado, por ser más fiel a su contenido, Perder la cabeza, pues es lo que hace el consejero –por su novia– y, literalmente, los que son castigados por intervenir en el tema del tráfico de drogas, a merced de ese chisme hipersofisticado que hemos visto en el tráiler. Te dicen que los malos son muy malos, hasta el último poro y célula de su ser malo. Está, además, la carga de reflexión sobre la codicia, y que tal y que cual. No basta para cuajar una historia que se pierde en su propio engreimiento de mística del mal. La chica que lleva el videoclub de Gracia me recomendó encarecidamente que NOOOOOOOOOO alquilara la película.

Hablando de codicia: En días pasados se comentó –apenas– la noticia de que la soprano Montserrat Caballé llegó a un acuerdo con Hacienda por no haber pagado miles de euros y falsear sus datos de residencia. Me molesta que la tomen como pimpampún de ejemplaridad. Yo les recomiendo a los inspectores de Hacienda que hagan un repaso concienzudo de las declaraciones de los psicoanalistas y médicos. Podría aportar un par de nombres. Dos auténticos canallas que no dudaron en abusar de una situación excepcionalmente difícil y que facturaron por un 25% menos de lo que se embolsaron cuando el IVA estaba en un 15%. Y ni siquiera cantan ópera.

En cuanto a balance personal del año, ha sido un poco mejor que 2013, aunque continúo instalada en la catástrofe –profesional, económica–. Si ha habido años en que he parecido solvente ha sido porque estaba cubriendo, con un dinero que debía servir para el futuro, los descubiertos del banco por pagos atrasados de las editoriales, por tarifas insultantemente bajas. Luego, la asfixia de las obras con facturas infladas en la finca, y la extorsión de editores sanguijuelas para bajar más las tarifas. Luego, obviamente, buscar trabajo allá donde los catalanes no metan sus garras.

El año que viene me espera el juicio por la denuncia de mis vecinos por la deuda de obras. No sé si podré denunciarles yo por haberme asfixiado económicamente, como demuestran las facturas y me sugirió mi abogado. No sé si definitivamente tendré que irme… –¿adónde?–. No sé tampoco si se hará justicia en este asunto ni en otros que también me importan. No siempre basta la justicia poética, entiéndase.

Lo mejor del año: una carta que llegó desde Madagascar. Y los ánimos reconfortantes de algunos lectores del blog, y algunos amigos.

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