La trilogía de la guerra civil, de Juan Eduardo Zúñiga, en El Rinconete del Instituto Cervantes

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Gerda Taro durante la guerra civil española

La trilogía de la guerra civil, de Juan Eduardo Zúñiga, ejercicio de testimonio ético

Juan Eduardo Zúñiga (Madrid, 1929) ha logrado un merecido prestigio por su obra narrativa y desde mediados de los años noventa el número de sus lectores fieles va en aumento. En términos de estilo, con una clara influencia de la literatura eslava, su obra puede tomarse como una unidad indesmayable, como comprobará el lector de Las inciertas pasiones de Turgueniev, Flores de plomo o Brillan monedas oxidadas. Pero es su trilogía dedicada a la guerra civil española la que ha conectado con un público más amplio, en buena medida debido al boom de la narrativa —y tangencialmente, el ensayo— dedicada a la contienda y a sus repercusiones hasta hoy. La trilogía —conformada por Largo noviembre de Madrid, Capital de la gloria y La tierra será un paraíso— sigue un orden de publicación que se atiene en el volumen a la cronología de los hechos narrados, y se inscribe en el género de la narrativa testimonial, con voluntad ética. Hay, por ello, una intención de contradecir aquellas posiciones que en los últimos años han propugnado una igualación entre los bandos nacional y republicano —como la controvertida Soldados de Salamina, del catalán Javier Cercas—, o el «pacto de silencio» impuesto a los españoles durante la Transición, para presentarse como testimonio frente a otras ficciones obra de nietos de la guerra, como El vano ayer, del sevillano Isaac Rosa.

En efecto, Zúñiga participó en la guerra civil, y su obra se adscribe en una primera etapa a un realismo social fiel al ideario comunista, para con el tiempo adoptar una decisión que pudo parecer anticomercial y tal vez evasiva, pero que explica la perdurabilidad de su literatura: cultivó un realismo de carácter simbólico que en ocasiones introduce también rasgos fantásticos. Según señalan estudiosos de este periodo, como la profesora Isabel Cuñado, la presencia de lo fantástico en la narrativa de la guerra civil responde al concepto de «la casa encantada», alegoría de España, una tierra habitada por los espectros creados por una memoria reprimida.

Los relatos de la trilogía describen la situación de la capital española en el momento de la derrota, cuando la guerra está en sus últimos días, y de los años inmediatamente posteriores, época de fusilamientos, delaciones, especulación con la tarea de reconstrucción, enriquecimiento de los vencedores y ruina y represalia contra los republicanos. En algunos relatos, la narración mira hacia ese pasado desde la duda ante la participación que pudo tener algún personaje allegado al protagonista, pero en casi todos Zúñiga narra el presente inmediato de los hechos históricos y cómo los personajes elaboran o fracasan en la elaboración de una realidad que supone la derrota de unos ideales, y muy probablemente también de sus vidas.

Zúñiga maneja dos constantes que en cierto modo hilvanan su narrativa de la guerra: con frecuencia, un personaje asevera que «estos hechos» —en referencia a todo lo que la derrota trae y se lleva consigo— serán olvidados conforme pase el tiempo. Pero el autor contradice con su relato el poder atenuante del tiempo instalando al lector en la mente de esos personajes socialmente insignificantes, con conciencia de ser meros instrumentos de su época, que habitan en Madrid, tras el largo sitio, y han tomado o no parte activa en la batalla.

Puede sorprender la importancia que adquieren las escenas de encuentros sexuales, con cierta inercia sexista si se considera desde una perspectiva moderna, que se explican, de hecho, como la respuesta de unos individuos angustiados por la amenaza constante de muerte bajo los bombardeos. Al cuerpo frío de la muerte, hombres y mujeres responden buscando el calor de otros cuerpos anónimos, renunciando a tabús vigentes en tiempo de paz. Pero también relata Zúñiga la degradación del deseo que llega con la miseria y la prostitución de mujeres jóvenes, que descubren en la renuncia a valores de clase una posibilidad de levantar sus vidas (Antiguas pasiones inmutables).

Esta población de seres anónimos de ficción se codea con personajes reales, a los que Zúñiga homenajea, tanto en las figuras de diversos brigadistas como en el relato dedicado a la fotógrafa Gerda Taro, que perdió la vida accidentalmente en Brunete, en Ruinas, el trayecto: Gerda Taro. Como es sabido, no hace mucho se descubrió una maleta que contenía los negativos de las fotografías realizadas precisamente por ella, su novio Robert Capa y David Chim Seymour.

En la trilogía, Zúñiga rinde homenaje a una generación, y especialmente a las mujeres, desde una mirada intensamente sensual que parecería rescatar la gracia de un estilo perdido y que pervive apenas en fotos, carteles y pinturas castizas.

Hombres y mujeres transitan por una ciudad devastada, con huellas recientes de los enfrentamientos, un paisaje roto que simboliza la desolación psicológica de los madrileños, y su fragilidad; ruinas que pueden ser el trasunto de la locura que trae el miedo, como en Rosa de Madrid, o el fin de las ilusiones puestas en reanudar la vida previa a la guerra. Todo está contenido en estos relatos, incluido el peligro de la resistencia activa, los sueños de evasión y de exilio, como homenaje a las vidas pequeñas que se perdieron pero, sobre todo, como contribución a un trabajo de memoria sin concesiones.

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Brunete, por Gerda Taro

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