Delatores, espías, soplones, confidentes, chivatos y agentes dobles, en El Rinconete del Instituto Cervantes

labalance-membrillo-posterLa Balance (El membrillo), de Bob Swaim, Francia, 1982.

 El tema del chivato me llamó la atención por primera vez cuando vi esta película, francesa, que refleja de manera fiel ese ambiente de noir parisino al que mi familia era adicta cuando vivía en París, afición que he heredado por simple impregnación. Recuerdo especialmente el impacto que me produjo el físico del personaje central, Philippe Léotard, que ganó el premio de interpretación por esta película, en que interpreta al membrillo del título. En las novelas que comento, la figura del chivato sirve para una reflexión sobre la figura del narrador.

Algunos idiotas insisten en que toda la crítica que se hace en España es inepta. Aunque no estoy siempre de acuerdo con sus conclusiones, ojalá hubiese más Vicente Luis Mora en nuestro panorama, ofreciendo generosamente sus concienzudos y bien argumentados artículos sobre narrativa española. (Naturalmente, también me pregunto qué sería de la carrera de Vicente Luis Mora o de Carrión o de Pron y de muchos otros, y de todas las sobrinas de profesores, hijos de eminencias políticas catalanas, hoy asentados en posiciones de relevancia y con un buen sueldo de lo público, si les hubiesen saboteado de entrada profesionalmente y hubiesen tenido que aguantar los atropellos que he aguantado yo. Qué, también, de haber tenido detrás a un tipo, de quien dependiera sus ingresos, diciéndoles que les gustaría atarlos, que ha tenido “sueños libidinosos” con ellos, que son gilipollas por no seguirle la cuerda,cuando se encontraran en un momento de sus vidas especialmente desafortunado. Qué sería de ellos si ciertos tipos, para los que hubiesen trabajado de modo impecable,  hubiesen puesto todo su empeño y su (patológica) autoridad en desacreditarlos a sus espaldas, etc. ).
Creo que no es posible hacer crítica literaria, ni de ningún tipo, si previamente el lector no es capaz de leer o de descifrar los textos, las imágenes o la música que se le ofrece. Hay temas, perfiles literarios y sociales que han sido desterrados en favor de otros más fáciles de controlar; pese a este empeño, no es posible evitar que un texto o una película –ficción, documental o docuficción o video de creación– remita a otros, ya fuera de modas u olvidados, y más que un petulante ejercicio de descubrir influencias, se trata de multiplicar el sentido de las obras logradas sacando tales vínculos a la superficie.

El día de mañana, de Martínez de Pisón, no es una novela perfecta. Para mi gusto, es un error que todos los personajes se expresen de modo similar, casi dentro del mismo campo semántico; el planteamiento de ofrecer un retrato a partir de la información que personajes distintos dan de él no es original, pero aquí se muestra como el recurso más eficaz a los fines que busca el autor. De otro lado, la cantidad de información y la experta dosificación que de ella hace IMP la convierten en una novela imperdible sobre el periodo que narra. Nunca olvido a la hora de valorar una novela que no todo empieza y termina en mí, lo cual significa que si mucha de la información que contiene una novela me resulta irrelevante, porque forma parte de mi vida cotidiana o de los datos culturales interiorizados, para un lector extranjero, o simplemente no catalán aquí, esa información le resulta preciosa y le permite hacerse con el sentido del relato.

Delatores, espías, soplones, confidentes, chivatos y agentes dobles. El día de mañana, de Ignacio Martínez de Pisón, y El espía, de Justo Navarro, en El Rinconete del Instituto Cervantes

El soplón, el chivato, el agente doble, el confidente, el membrillo es una figura clásica de las novelas policíacas o de detectives, a menudo como personaje  secundario o marginal dentro de tramas protagonizadas por figuras positivas —el detective profesional o accidental; el policía, brazo armado de la ley—. Resulta significativo que en años recientes varios escritores españoles tomen al chivato o agente doble como protagonista de sus argumentos. Me ciño a dos novelas excepcionalmente interesantes en el tratamiento que dan a dicha figura y por la reflexión implícita que ambas transmiten acerca del acto de narrar. El chivato y el agente doble son, en definitiva, narradores no fiables, pero su narración pone en solfa todas las versiones oficiales de la realidad en circulación y comúnmente aceptadas. Las novelas en cuestión, ambas de 2011, son El día de mañana, del aragonés Ignacio Martínez de Pisón, y El espía, del granadino Justo Navarro.

El primero indaga en la vida de un soplón, Justo Tello Gil, de origen aragonés y emigrado a Barcelona en compañía de una madre impedida a la que espera curar con ayuda de algún remedio milagroso. Varios testimonios, conformados por las personas espiadas, policías, antiguos compañeros de trabajo o accidentalmente vinculados a él, nos llevan a conocer la trayectoria del personaje, que coincide con las dos últimas décadas del franquismo. El chivato, que llega a serlo para soslayar una pena por estafa, pasa de un estatuto «independiente», cobrando una pequeña bonificación de la policía, a integrar los escuadrones de la ultraderecha que, en los años setenta, perpetró atentados con vistas a sabotear la incipiente democracia. Martínez de Pisón estructura la narración mediante monólogos de los personajes, que parecen hablar a una cámara. El chivato, cuya versión no llegamos a conocer, es retratado así, como un mosaico de intervenciones sobre la realidad de un conjunto de personas, siempre en busca de un beneficio personal hasta que un accidente de tráfico inaugura el declive que conduce a su ejecución. Al margen del relato de los principales acontecimientos de esos años —desde la gran emigración a Cataluña al desarrollismo urbano, promovido por la alianza de promotores inmobiliarios y alcaldes ligados al régimen, la riada del 62, pasando por la Caputxinada, la revuelta estudiantil y los atentados de la ultraderecha—, el autor construye la figura del chivato como símbolo de lo abyecto del régimen franquista, en contraste con unos personajes que oscilan entre el patetismo sentimental, el pragmatismo escéptico y la petulante buena conciencia de la nueva clase socialdemócrata.

Como razona el estudio Ciudadanos y delatores (Citoyens et délateurs) de Ediciones Autrement, la existencia del delator implica un sistema completo de represión y el acto de delatar o denunciar activa una relación triangular entre delator, víctima y autoridad vigente.

Si bien la mayoría de testimonios de El día de mañana plasman la versión de los «inocentes», Martínez de Pisón subraya desde la perspectiva del policía Moreno que la organización policial no permite la audacia (hollywoodiense) de actuar al margen del sistema.

En El espía, Justo Navarro ofrece un sofisticado juego de espejos y de voces en torno al controvertido poeta estadounidense Ezra Pound, acusado de traicionar a su país en favor del fascismo mussoliniano y el Eje. Construida como una novela dentro de otra novela —la que leemos—, con un protagonista traductor cuyas iniciales coinciden con las del autor de El espía, JN traduce la novela negra del italiano Carlo Trenti, seudónimo de Federico Galetti.

Esta superposición de nombres tiene un paralelo en la superposición de identidades atribuidas a Ezra Pound —poeta enloquecido, fascista, agente doble, patriota al servicio de su país, iluminado con proyectos de redimir al mundo—. La trama arranca con la detención de Pound y repasa, en episodios sin orden cronológico, el efecto de sus colaboraciones radiofónicas destinadas a agitar los ánimos de la retaguardia aliada. A partir de la perplejidad que suscita que un acusado de traicionar a su país se libre de la ejecución, Navarro pinta el camino a la derrota del régimen mussoliniano en un ambiente de sospecha de todos sobre todos, de traiciones y espionajes que hallan en las nuevas tecnologías de la época —la radio, el cine— instrumentos para alentar la paranoia y el control político.

Además de ser una bella novela sobre un patético Ezra Pound, El espía invita, desde la complejidad de su estructura, a otras lecturas: como crítica a quienes reclaman un compromiso social a los artistas, como metáfora del narrador omnisciente y como alegoría del siglo XXI, fascinado por las nuevas tecnologías del mundo digital y hasta hace poco ingenuo sobre la vertiente de control político que lo determina. En su tramo final, Navarro apunta el paralelismo entre los años de Pound y los actuales, tras los hechos del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, que han convertido a los habitantes del planeta en posibles víctimas y colaboradores con el enemigo, a la vez.

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Los actores en La Balance – Richard Berry – Philippe Léotard – Christophe Malavoy

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