Los impostores: Platero y yo

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Platero y yo – Editorial Colicheuque

El otro día tenía un ratito libre y me puse a pasear por los diarios digitales. Que si la Duquesa murió, que si entró en la cárcel la Pantoja, que si lo de Bárcenas se queda en nada porque Suiza nos reta, que si los empresarios están temblorosos con Podemos –ya, ya hablaremos–. Me dio un vuelco el corazón cuando leí lo de la anciana que ha perdido su casa por el préstamo impagado que pidió el sátrapa de su hijo ; afortunadamente, al poco reaccionaba un modesto equipo de fútbol brindándose a ayudarla y hasta la alcaldesa Botella dijo que se buscaría una solución y me enjugué las lágrimas. Luego que si el temporal de nieve en Nueva York, que si el anuncio de la lotería navideña, que si el culo de la Kardasian –ya os vale–, y un sinfín de noticias absurdas aderezadas con comentarios de los que se leen en diagonal. En siete minutos confirmé que el mundo está enfermo, casi terminal, y que España se cae a pedacitos.
Leídos los diarios, respiré tranquila: solo yo tengo problemas graves.

Y entonces caí sobre la entrevista. Bueno, la no entrevista. La leí con un interés despreocupado al principio –Platero saca su nueva novela, Auschwitz, éxito asegurado–, luego con inquietud, no exenta de admiración por las agallas que demuestra el plumífero en la disección, en la acusación, en la exposición del crimen cometido por mi colega, y por fin en la sentencia que descubre no solo su catadura de impostor de largo aliento sino, previamente, su condición de cómplice de la más abyecta tropelía que en el mundo ha sido: ¡la Transición española a la democracia!

¡Platero colaboracionista! Ay, que lo han pillado. ¡¡¡Ayayayayayayyyyyyy!!! (ayes por cortesía de Isabel Pantoja).

AAayyy, murmuré ante la pantalla. Me llevé la mano izquierda a la boca tapando el grito que iba a proferir vislumbrando un mundo de ficción hecho pedazos y, ya, las entretelas y la tramoya del crimen de colaboracionismo expuesto a la vista y al saber de todos los españoles.
Dios mío, Dios mío, exclamé censurando el grito histriónico, en la soledad de mi estudio –en el preciso instante en que mis vecinos vitoreaban con bengalas y hurras a no sé qué equipo de balompié, con lo cual quién iba a oírme, quién iba a saber de mi drama, quién de mi intelectualidad–, ¡Platero descubierto!

Me levanté de un salto. (Recordad que el deporte nos hace ágiles).

¿Significará eso que de verdad se acabó la impunidad en España? Y si ahora ha quedado desenmascarado, qué va a ser de él. ¡Y qué va a ser de mí! Porque los periodistas y los fiscales últimamente están listísimos y en cada pueblo y en cada barrio y en cada casa te levantan a un defraudador, o a un ladrón, narcotraficante, asesino, violador, pedófilo, pirata, sicario,  islamista o madre de islamista, sindicalista, madre del sindicalista, atleta dopado, negro sin papeles, vendedores de sangre, de viagra falsa, de ibuprofeno falso, de silicona falsa, de esperma falso … En fin, que ya dicen que el código penal se ha quedado estrecho para las nuevas realidades del siglo XXI. (Después la gente se extraña de que Rajoy no reaccione y ponga cara de póquer: si el único hombre bueno que queda es el papa Francisco, habrá que encerrarlo a él, no se nos contamine de tanta maldad.)

Mientras, digo, mis vecinos vitoreaban a algún equipo de fútbol, seguramente catalán, seguramente dopado, seguramente tras haber sobornado al árbitro, discutidos o aclamados los chicos por una grada seguramente rebosante de drogados con anfetas, hierbas de todo tipo, cocaína, crack, heroínas, puros de importación, trifásicos y gintónics, tomé la decisión de visitar a Platero y preguntarle in situ ¿y ahora qué?

Me fui rauda al sur –ya me apetecía– y lo encontré en el prado verde, perfecto en su camuflaje: “pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.”
–¡Platero!, ya conoces la noticia! El gran periodista Peio Riaño te ha desenmascarado. ¿Te has enterado?
Vino a mí aún con posturas de camuflaje, “con un trotecillo alegre que parece que se ríe en no sé qué cascabeleo ideal…
–Claro, que me he enterado –respondió con su vocecilla de burrillo andaluz–.
–Pareces tranquilo, ¿cómo te sientes? ¿qué vas a hacer?
–Calma, calma. Pues me siento halagado…
–Ejem ejem –carraspeé.
–Perdona, son tantos años de fingirme inofensivo: pues me siento aliviado. Ya me cansaba la impostura.
–¿Vas a responder al reto que te plantea? Fíjate de qué te acusa: “¿Teme que le culpen por desmarcarse de la Transición, justo ahora que el mito ha caído? ¿Cómo es posible que acuse a todos los españoles de mentir sobre su pasado para adaptarse a la democracia y no sea capaz de responder si este país podría haberse reconstruido a partir de la verdad? ¿Es esta acusación popular una manera de justificar su propia mentira, su propia impostura? ¿No ha utilizado la imagen y el relato del mentiroso Enric Marco para salvar su participación en “la normalización de la mentira”? Por cierto, ¿prefiere desmarcarse o desenmascararse?
–Nooo, no pienso responder. Ya sabes, estas acusaciones formalizan un retrato del impostor, no quieren respuesta. De todos modos, admite que son guapas las preguntas. Casi te diría que me extraña que haya tardado tanto. Mira que he sembrado pistas en todos mis libros… Ay, una florecilla –Platero se zampó la flor–.
–Ejem, ejem –carraspeé llamándole al (nuevo) orden (mental).
–Perdona, Jose, son tantos años que la impostura ya es una segunda piel …
–Sé de qué estás hablando.
–Sin embargo, a ti nunca pude engañarte. Bien se ve que los impostores somos como los millonarios: nos reconocemos entre la multitud.
–Es cierto. A mí, Soldados de Salamina no me gustó nada de nada, y no tragué el anzuelo. Y fíjate que fue Mercedes Soriano la primera persona a la que oí hablar maravillas de tu novela… ella, que rompió con el espíritu de la Transición y se largó al desierto y abandonó cargos y honores feministas.
Platero lanzó un suspiro melancólico, no exento de orgullo, al cálido aire andaluz.
–Sí, Mercedes fue una gran cómplice de mi impostura. He tenido muchos cómplices que me han ayudado a parecer el escritor bueno, centrista y progre y conciliador que hasta ayer mismo fui.
–Un fantoche, un calzonazos, un medio hombre –respondí yo con la fría circunspección del secreto compartido.
–Pues sí, un fantoche a la moda. Porque el mal ya estaba hecho. Definitivo y sin paliativos.
–¡Figúrate! –exclamé mientras pensaba cómo ha podido engañar a nadie si a cada frase le salen espantosas rimas internas.
–Un asesino del futuro. Eso es lo que soy, eso es lo que he sido. Eso es lo que somos, yo y todos mis cómplices, todos mis lectores. Bueno, no todos. Algunos me leéis por curiosidad.
–O por casualidad –repliqué, guardando mi espalda, como suelo.
–Que sí, que sí, a cada cual su impostura.
–Fíjate que, después de leer “¿No le parece maniqueo insinuar sólo dos vías para resolver una democracia en aquellos días: o la Transición, es decir, la mentira (¿y el recuerdo?) de nuestros padres, o repetir una sangrienta guerra civil de nuestros abuelos?“, ya estoy temiendo que la próxima en ser descubierta sea yo.
–Noooo. A ti tardarán en descubrirte. Tú el personaje de traductora buena chica en precario, zarandeada por editores canallas, rodeada de amigos peores que tiburones hambrientos y que por no tener un céntimo no puede escribir el Ulisses de Joyce lo bordas.
–Gracias –respondí emocionada con mi habitual humildad fingida.
–Ejem ejem –carraspeó Platero.
–¿Lo ves? Estoy como tú. Que llevo ya el personaje conmigo a todas horas y a cualquier lugar.
–Pues a disfrutarlo, qué vamos a hacer.
–Es lo que hago. El otro día me detuvo la policía…
–¡Caramba! –exclamó Platero en tono “tierno y mimoso igual que un niño, que una niña“.
–No es lo que crees… Andaban buscando a una chica que, aprovechando la oscuridad de la noche, se dedicaba a rayar las carrocerías de los coches del barrio. Una chica antisistema total.
–Chapeau –aplaudió Platero con las orejas.
–Eso pensé yo. Para qué un partido y cambiarlo todo, para qué Podemos y para qué El capital de Marx y El lado frío de la almohada, si el proleta de piel lleva el anticapitalismo en la sangre… Y como soy pequeña y anónima y me parezco a todo el mundo y andaba sola por la noche de camino a casa –salía de ver una peli con un amigo al que pedí me dejara sola, que no cogería taxi, que me apetecía caminar–, la poli me paró.
–¡Te morirías de miedo! ¡Te cagaste en los pantalones!
–¡Platero, caramba, casi te prefiero de cuento para niños! No. Pero pensé: ya está. Estos tienen el olfato adiestrado. ¡Enseguida se darán cuenta de que soy una homicida, borrachuza, heroinómana, puta barata, adúltera, robamaridos, abusada, promiscua y crítica literaria!
–Perdona que te diga –me interrumpió Platero en tono fuerte y seco–, pero tu perfil real es mucho más interesante que el de traductora arruinada, que es hasta vulgar y prosaico.
–¡Demasiado interesante para que la realidad lo soporte! ¡A fuer de contradictorio! Además, mi impostura se da de bofetadas con las imposturas que me imputan.
–Ejem, ejem.
–Perdona, Platero, sé que estos juegos de palabras quedan fatal. Pero ya me dirás cómo consigo ser todo lo que de mí se dice a la vez. Si intento expresar todas las emociones que supuestamente coinciden con mi dramático ser real –por ejemplo, mirada intensa y profunda, mirada en lontananza, mirada perdida en el vacío–, ¡solo consigo que Diego me pregunte por mi miopía!
–Entonces, los policías se dieron cuenta de todo…
–¡Qué va! Si yo como tú, ya soy espontánea en la mentira. Me dijo uno: póngase aquí, y me señaló un punto a su lado. Yo corrí a guarecerme a la sombra de la gorra de la autoridad, pues suponía que era que se caían los ornamentos de las fachadas o revestimientos, sabes que en mi barrio los edificios están a medio caer. A partir de ahí, como la seda.
–No quiero saber cómo terminó.
–Sí quieres. Llevé mi impostura hasta el final: sumisa, dócil, dándoles la razón en todo, despistando en todo… terminaron la velada en casa. Les dije que, como yo ponía la casa, ellos ponían el alcohol. Luego, lo de siempre, streap-tease, uniformes que caen al suelo, pectorales al descubierto, calzones y gorras volando por los aires, aterrizando en las lámparas y en las estanterías colmadas de libros, casi todos sin leer, caderas cimbreándose, porras fingiendo castigos imperdonables… Los walkie-talkies de los agentes no dejaron de sonar… parece que el barrio estaba lleno de chicos y chicas rayando los coches aparcados y se desplomaban los ornamentos de la ciudad entera, pero dejamos que el mundo y el sistema se derrumbara sin nosotros… que estábamos…
–¡Living la vida loca!

–Hasta el final. Todo por mantener la ficción.
–A ella nos debemos –repuso Platero, ya nos quitábamos la palabra de la boca el uno al otro.
–Hasta que dure. ¿Qué vas a hacer tú ahora que has sido descubierto? ¿Qué plan tienes?
–Pues como todos los días, comer florecillas y pasear a los niños.
–Ejem, ejem.
–Perdona. Tengo que acostumbrarme a sacar mi verdadero yo. Cabalgaré por las praderas.
–Ejem, ejem.
–Cabalgar hacia el Salvaje Oeste, reunirme con mis iguales y preñar a todas las hembras.
–Pinta fenomenal. Recuperar el tiempo perdido.
–Maté el futuro de los españoles, pero aún puedo recuperar el mío.
–Frase memorable, Platero. No te olvides de escribirme.
–No creo que vuelva a escribir una sola línea en lo que me resta de vida. –respondió Platero mientras me enseñaba la grupa y se perdía en el horizonte resplandeciente del crepúsculo (postal por cortesía de la Consejería de Turismo Andaluz).
–Pues envíame señales de humo. Sabré interpretarlas. ¡Recuerda que soy traductora!

Bueno, ¡más o menos!

caballo mustang

Platero entre sus iguales

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