De la crítica inepta

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Georges Perec con gato al hombro

El asunto da para mucho, empezando por la que sería la obligación de quien pronuncia deleitosamente el cliché acusador — “la crítica literaria de hoy es inepta“–: definir antes qué entiende por crítica literaria y a qué llamaría ineptitud. Porque ese predicado implica que atribuye a la crítica literaria una función. A partir de esa premisa nunca definida ni despejada, se entra en el quisquilloso territorio de las consideraciones subjetivas. ¿No cumple una función moral, informativa, pedagógica, orientativa, política,…? Etc.

Lo que deduzco, considerando quién y desde dónde pronuncia la maldita frase, es una falta de centro propio. Porque da por supuesto que la crítica la emite otro y que si ese otro no ejerce la crítica literaria de modo “apto” o cualificado queda un vacío imposible de colmar. Una orfandad, un pathos de ausencia de autoridad. Falta el padre. Damos por sobreentendido que la crítica literaria ha de ejercerse desde la experiencia –sin concretar la experiencia de qué–, pero sin incurrir del todo en los vicios de la profesionalización –qué vicios, qué profesionalización.

Precisamente porque me pareció que la crítica literaria que se hacía a finales de los 90 era muy boba –no solo inepta, sino deliberadamente boba, aunque perfectamente apta para mantener el sistema reaccionario y de alienación en que se sostiene la institución literaria–, y que por esa bobería resultamos perjudicadas las mujeres, decidí dedicar tiempo a hacer crítica –gracias, también, claro, a que Sergio Vilasanjuán me dio la oportunidad de proponer libros y publicar las reseñas en el Culturas de La Vanguardia; se publicaron siempre sin censura, excepto la reseña última, no publicada, de los relatos de Pron: cuando yo me he convertido en persona non grata para tutti quanti (quanti cortan el bacalao, se entiende), la única redención contemplada para mí pasa por ser sumisa a todas las jerarquías (canon, mercados, patriarcado, nacionalidades).

Desdiciendo, desde otro punto de vista, la obligación de la experiencia –de qué–, sigo creyendo que la mejor reseña que he leído del primer volumen de los Diarios de Susan Sontag es la de Luna Miguel, porque acertó a situarse en la posición más fértil para extraer un sentido que no explotara el renombre de la Sontag sino el vacío en torno a la intimidad desde donde Susan Sontag escribía sus diarios. Lecturas más profesionales pueden –o pudimos– destacar aspectos como la mayor o menos coherencia del volumen, momentos, sorpresas del personaje, lecturas muchas veces viciadas por lo que ha llegado a ser el ambiente literario español. Pero la que estableció una comunicación con esos diarios y acertó a transmitirla, en horizontal, fue Luna Miguel.

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Susan Sontag a la edad del primer diario

Es solo un ejemplo.

Otro es el de la última novela de J.M. Coetzee. En el último boletín de Random House, para publicitar la edición de bolsillo de La infancia de Jesús traían a colación los nombres de Javier Marías y Muñoz Molina, dos nuevos reclutas del grupo desde la compra de Santillana. La publicidad afirmaba que “grandes escritores” como los dos mencionados habían elogiado a Coetzee. Vaya, pensé cuando leí la nota, que no se les ocurra utilizar las frases con que Muñoz Molina se cargaba la última del sudafricano: “me ha producido un tedio difícil de traspasar” y la traca de cierre: “yo me he acordado de la ciencia-ficción barata y filosófica que leía en mi adolescencia y me hacía sentirme muy profundo y hasta algunas veces intentaba imitar”. Estas frases, firmadas por el premio Príncipe de Asturias de las Letras 2013, en la faja de la edición de bolsillo de La infancia de Jesús, lograrán que se venda como churros…

No sé si las afirmaciones dogmáticas tienen sentido si tratamos de crítica literaria. Lo que sí tengo claro es que la crítica literaria moderna no puede ser el aliado de las instituciones: universidad, parlamento, policías varias, patriarcado, mercados, etc.

El principal rasgo de ineptitud de la crítica profesional –la que escribe y publica con regularidad y recibe una compensación económica por hacerlo, o la que habla desde la universidad— es, para mi gusto, la incapacidad de identificar la filiación de una obra.

Así, me digo que la crítica literaria solvente debería detectar:

  • Que Black black black, de Marta Sanz, se inspira directamente en la novela francesa, best-seller de Muriel Barbery, La elegancia del erizo, novela de la que aprovecha no solo elementos temáticos y estructurales sino también algunos recursos estilísticos con fines cómicos. Prefiero la novela de Sanz, pero la filiación me parece evidente.
  • Que la figura del coro de la novela de Gopegui, Lo real, así como los versos que salpican el relato, proceden del teatro de Bertolt Bretch. Algunos de los versos de Gopegui son reescrituras fieles de los del alemán.
  • Que el ambiente profesional de la televisión según lo describe Gopegui, también en Lo real, no tiene la más ligera conexión con las auténticas relaciones entre los distintos rangos profesionales del medio, en los años en que ambienta la acción (que da la casualidad que son los mismos años en que trabajé en la tv). Gopegui es una escritora idealista, no realista, y aquí lo demuestra. Como también en El lado frío de la almohada: escribe desde la biblioteca (Greene) antes que desde la experiencia del país. Luego se pasea enarbolando la bandera cubana junto al ministro de Educación. Son opciones personales, discutibles o no, pero los textos inevitablemente se enfrentan a la realidad. Lo que hace escurridiza a Gopegui frente a la crítica literaria voluntariosamente izquierdista es que quienes la ejercen vienen exclusivamente de la academia y carecen de datos para analizar la obra desde los escenarios que Gopegui pone en juego en sus libros. Deben someterse al pacto de verosimilitud que ella plantea.
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Jean Baudrillard

 

  • Que el arranque de El padre de Blancanieves, de la misma autora, donde un inmigrante se presenta en casa de la mujer a la que hacer responsable de haber perdido el empleo, es el mismo que utilizó Saul Bellow en una de sus narraciones.
  • Que Bajo este sol tremendo, de Carlos Busqued, es una alegoría de los desaparecidos en la dictadura argentina antes que un homenaje a la literatura de Cormac McCarthy.
  • Que no es cierto que, como asegura Luis Vicente Mora en su blog*, la obra de Mercedes Cebrián no busque o no aproveche la obra de los maestros antiguos. Puede que a los antiguos no, pero desde luego que sí a los contemporáneos: El malestar al alcance de todos, primera recopilación de relatos de M.C., no existiría sin Vida instrucciones de uso, del francés Georges Perec, un autor al que Cebrián ha traducido. De Perec procede la erudición apabullante al límite de lo absurdo (“Retóricos anónimos”). Pero, a diferencia de lo que ocurre en la novela de Perec, la función de esa erudición prolija en El malestar… es a la vez un rasgo humorístico y posmoderno, porque entiende la literatura como un archivo desordenado, donde convive sin distinción jerárquica la alta y baja cultura. En El malestar… el desenfadado humor histriónico a lo Woody Allen es un ingrediente más de cultura popular. De entrada, la presencia latente de Perec restaría ingenuidad a la propuesta de Cebrián. Sin embargo, me parece que El malestar… carece de alma. Me parece un texto vacío y autoindulgente. Es ocurrente, muy gracioso a ratos, bien escrito pero que guarda las distancias, está escrito desde una posición de infalibilidad; la escritora no se mancha con los temas que aborda. Publicado en 2004, en la apoteosis del aznarato, me sorprende que se lo considerara corrosivo. La erudición de Cebrián tiene aquí una función ornamental mientras en la novela de Perec su enciclopedismo –su capacidad para nombrarlo todo– es el instrumento para exhumar un mundo, para hacer existir lo que pudo perder definitivamente (perdió a sus padres en el Holocausto). Los elementos narrativos que un autor emplea dicen algo de él. Cuando supe que Perec era un superviviente, y escuché la interpretación que Boris Cyrulnic, neuropsiquiatra y escritor, amigo íntimo de Perec, y, sobre todo, padre del concepto de resiliencia, hace de La desaparición –una novela de más de 300 páginas en la que G.P. no utiliza nunca la vocal “e”–, el sentido de su erudición enciclopédica en Vida instrucciones de uso me pareció diáfano.
  • Dentro de la misma consideración –si Cebrián aprovecha o no la obra de los maestros— que hace Vicente Luis Mora, basta leer las frases que entresaca de la última novela de Mercedes Cebrián, El genuino sabor, para pensar en los franceses Pierre Bourdieu y en Jean Baudrillard, en las mitologías barthesianas, con sus teorías sobre cultura y simulacro y las tensiones del yo en la sociedad ultraliberal y globalizada. Es decir, para evocar unos planteamientos expuestos con vigor y no como una vaga intuición. Es que me pregunto qué sentido tiene escribir como lo hace Mercedes Cebrián, como si aún tuviera que simular un desenfado juvenil, o evocar la figura de la eterna estudiante, cuando ya se han cumplido los 40 años, y cuando Bourdieu, Baudrillard y Barthes ya abrieron la brecha.
  • Que El año que viene en Tánger (1998), de Ramón Buenaventura, está emparentada con Femmes (1983), de Philippe Sollers. En las dos novelas tiene un papel importante la larga lista donjuanesca de mujeres conquistadas por el protagonista, con las anotaciones y valoraciones –¿cómo habría que definir esta re-posesión de las mujeres? ¿una apuesta por la memoria o una apuesta por la objetualización del cuerpo femenino?, mariposa muerta sujeta con alfileres–.
  • Cuánto le debe Providence, de Juan Francisco Ferré, a El año que viene en Tánger, la misma serialización de las mujeres, el mismo  gozoso canibalismo sexual.

Y con todo y con eso, antes y por encima de la perspicacia de una crítica solvente siempre estará la fantasía, el deseo, la potencia del escritor, el mundo secreto inaccesible a la interpretación.

 * [V. L. M. no me parece inepto, no hay ni que decirlo].

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