Al pie del cañón (2) en El Trujamán del Instituto Cervantes

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Un intérprete habla con habitantes kurdos de Irak -Foto: GettyImages

El Trujamán, 20 noviembre 2014

No es tangencial al contexto de las guerras y otras enormidades el informar a la opinión pública del trabajo que desarrollan en países en conflicto o en riesgo sanitario las organizaciones no gubernamentales —pese a su nombre, no todas se financian sin ayuda de los gobiernos—. Dicha información supone una ingente cantidad de documentación, de procedencia diversa aunque en gran medida redactada originalmente en inglés y en los idiomas donde tienen su sede central las principales ONG: francés, italiano, alemán, holandés. Esa información se vierte a los idiomas donde desarrollan sus misiones.

Antes de la eclosión de las facultades de Traducción, las grandes ONG españolas solían recurrir a agencias o a profesionales independientes para traducir los textos destinados a la prensa y algunos documentos de uso interno —boletines, memorias, entrevistas, programas de sensibilización destinados a las escuelas, instrucciones de uso y mantenimiento de automóviles en el terreno, guiones de documentales, etc.—. Las agencias no vacilaban en cobrar las desorbitadas tarifas que permitía la falta de competencia y de profesionales expertos —la ayuda humanitaria tiene su propia jerga, que incorpora asimismo otros léxicos especializados como son los del derecho internacional, periodismo, ingeniería, transportes, medicina, etc., y no siempre se dispone de glosarios actualizados—, hasta que una sucesión de catástrofes ampliamente publicitadas a finales de los años noventa hizo célebres a algunas ONG y colaborar puntualmente con ellas empezó a aportar un prestigio instantáneo. Si bien los sueldos que pagan a sus empleados en plantilla están dentro de los márgenes del mercado, como puede constatar cualquiera que consulte las ofertas de trabajo en sus páginas web, la etiqueta «sin ánimo de lucro» que ostentan favorece el recurso a voluntarios para tareas específicas, incluida la traducción. En el plazo de una década, esta combinación de factores —la proliferación de ONG, su prestigio y la multiplicación de estudiantes de Traducción que desean abrirse un hueco profesional o adquirir experiencia— ha conllevado un cambio drástico en las relaciones entre ONG y traductores, al menos según yo las conocía.

El desequilibrio de fuerzas permite —repito que en las organizaciones que conozco— jugar con dos barajas a la vez: operar según la lógica del mercado (cómo responder al aumento de la oferta de profesionales) y la lógica del sin-ánimo-de-lucro (minimizar costes), lo que en ambos casos supone pagar menos de lo que solía pagarse.

Así, apenas hace dos años una importante ONG con sede en Barcelona ofrecía cinco céntimos de euro por palabra y exigía además que el traductor estuviese dado de alta en la Seguridad Social como autónomo. Si consideramos que cada libro publicado en España vende una media de mil ejemplares, por restringida que sea la difusión de los documentos de una ONG, su número de lectores siempre supera esta cantidad, por lo que no puede justificarse la reducción del pago con el escaso número de lectores.

Era fácil deducir que la ONG, una vez externalizado el servicio de traducción y revisión de textos, pagaría a la coordinadora del servicio una tarifa de mercado ya fijada —seguramente no inferior a 0,10 / palabra—; la diferencia con lo que ella pagaba al traductor rondaría el 50 %, un margen de beneficio nada ridículo aun cuando dedicase unos minutos a revisar cada traducción.

Algunas grandes ONG aspiran a no depender de subvenciones gubernamentales en aras de una mayor libertad de maniobra y de decisión, en vista también de garantizarse una continuidad operativa en países «difíciles» que no sucumba a los vaivenes y simpatías de los partidos en el Gobierno o a las imprevisibles alianzas entre países. Para ello buscan donaciones de socios y de grandes o pequeñas empresas, promueven los testamentos solidarios, la venta de objetos con sus logotipos, etc. Está justificado que donantes y gestores se preocupen por el buen uso de sus aportaciones, que desgravan fiscalmente, pero es el traductor free lance el único que en esta operación sufre una pérdida neta sin mayor contrapartida que el plus simbólico de la marca ONG.

Entre el intérprete como héroe de guerra en zona de conflicto y el traductor buenista en las grandes ciudades occidentales hay un punto medio que hoy cuesta encontrar.

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