Inercias de la masculinidad, más o menos prepotente

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Marcel Proust joven, no muy masculino, no muy prepotente

No me asombra, solo tomo nota. Lo habitual es que los hombres ocupen todos los puestos de relevancia en cualquier sector y, naturalmente, en el de la literatura. Las mujeres ocupamos un lugar del todo marginal o somos excluidas por completo del circuito profesional, como es ahora mi caso. Ya he contado en otra ocasión que tuve que renunciar a continuar el doctorado de Literatura Comparada en la Universidad Pompeu Fabra por varios motivos, siendo el económico el último. Habían reclutado a bombo y platillo a Claudio Guillén, que prometía dedicar un trimestre o dos a la narrativa epistolar, un tema que me interesaba pues conocía algo a través de JL, especialista en el tema que ha dedicado varios libros y un sinfín de artículos al tema, con un tratamiento especialmente divertido de la correspondencia que Céline mantuvo con su editor, Gallimard, azuzado por la envidia y los celos que le causaban el tratamiento que se daba a Proust, su alter ego inverso. Total, Guillén se marchó como vino; los doctorandos nos quedamos con dos palmos de narices, excepto quienes traían ya su tesis semi-elaborada. El resto nos la pasábamos peleando con las fechas de entrega de los trabajos y rebuscando qué temas podrían interesarnos durante años. De no ser por mis compañeros más peleones, que lograron trasladar a septiembre las fechas de entrega y me convencieron para terminar al menos los cursos, lo habría dejado todo en el primer trimestre.

Fuimos a tal extremo los conejillos de indias de este nuevo doctorado que, pocos años después, el número de créditos se duplicó, y con ello el precio de los cursos, que era díficil convalidar suficientes créditos y que, a efectos prácticos, mis cursos carecen hoy de peso académicamente. Sirvió para comprobar cómo se hace carrera en la universidad y cómo no se hace de ningún modo. Cuando intenté, como suelo, rescatar la situación, me tocó hablar con Monegal –que dio un curso dedicado casi en exclusiva al tema de la écfrasis, un curso que según recuerdo empezó más tarde de lo previsto porque él andaba por tierras americanas. Al plantear que, por no haber especialistas en narrativa española, probablemente mi única opción sería tratar de las relaciones entre cine y literatura, me espetó que yo no tenía conocimientos para tratar ese tema. Lo que él podía saber de mis conocimientos se limitaba a las pocas clases que impartió. Cuando el pobre tonto pareció entender que yo no pretendía que me dirigiera tesina o tesis ninguna, sino que por ser el tutor del curso no me quedaba otra que hablar con él, para valorar opciones, cambió de tono. Para entonces, al considerar cuáles eran las especialidades de los profes de la Pompeu y el nulo morbo que me inspiraban ellos y sus especialidades, ya había decidido abandonarlo todo.

Podría explayarme sobre el asunto: dónde desarrolla la carrera la despierta sobrina de Monegal. El hijo de Fernández Buey. La hija de Izard, etc. Todos sabemos ya por qué sí y por qué no se hace carrera en la universidad. Y ya no quedan esquinas donde llorar.

Esto viene a cuento porque leía ayer, con perplejidad, una tesis dedicada a la figura del escritor como investigador, publicada por la Univ. de Valencia. Tiene el interés de tratar de novelas muy recientes y, en varios puntos sí esclarece una figura que se ha hecho tópica de la narrativa española. Sin embargo, la lectura que hace de El material humano, de Rodrigo Rey Rosa, es del todo errónea y demuestra no haber entendido nada, ya que excluye varios asuntos que son eje de cualquier novela: el peso que tiene la vida privada de los personajes; en este caso, además, la propia biografía del autor, y el contexto histórico en que se desarrolla la acción, que en la nouvelle de Rey Rosa es el de la transición a la democracia en Guatemala. Ignora, además, el vínculo que tiene este libro con obras que abordan la violencia en Guatemala, desde la crónica de Goldman hasta la obra de Castellanos Moya. Tampoco toma en consideración la figura del que yo llamo “hombre bueno” en la sombra, Benedicto Tun. Mi artículo se publicó en la revista de la Universidad venezolana de Zulia porque al comité le gustó y se adaptaba a los requisitos de admisión de textos. Todo gratis total.

No es raro que las lecturas que hacen los hombres de las novelas sean intencionales, es decir, exigiendo que el texto diga lo que ellos esperan. Pero pocas veces he visto tan claro como aquí que esa intencionalidad lleve a no entender la novela por despreciar aspectos de construcción del texto que dan en llamarse femeninos y, por tanto, menores, frívolos.

Gaston Gallimard - Correspondances - 2012

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