Al pie del cañón (1) en El Trujamán del Instituto Cervantes

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Soldados en Afganistan, 2014. Foto: EFE

Ha coincidido en dos días seguidos la publicación de artículos míos en la página web del Instituto Cervantes. Hoy, sobre las muertes de traductores que trabajan con periodistas trasladados a territorio islámico. En otro momento comentaré el asunto del que me apetece hablar, sobre la llamada “crítica inepta”, un cliché que tiene mucha suerte.

Al pie del cañón (1)

Por María José  Furió

Empecé a traducir con asiduidad cuando trabajaba en un departamento algo extraterrestre de la Corporación Catalana de Radio y Televisión —por entonces solo TV3—, que llevaba un nombre algo pomposo y enigmático: Gabinete de Estudios y de la Prospectiva de Televisión. Traducía artículos y noticias sobre la actualidad audiovisual del francés, italiano y algo de inglés básico a catalán, que luego reunía y comentaba en la revista mensual News-News, destinada a los directivos de diferentes departamentos de la Corporación. La traducción me parecía, entonces y ahora, una actividad secundaria en relación con asuntos más interesantes. Allí se supeditaba al objeto de destacar acontecimientos significativos para el futuro de la televisión —la cadena autonómica catalana llevaba pocos años en activo de modo que aprovechar la experiencia de los canales punteros americanos y europeos le aportaría ventajas respecto a su gran competidora, TVE— y al fin de crear lo que debía ser una narración coherente, la revista en su conjunto. Desde sus inicios, la televisión catalana puso gran empeño en la calidad del área internacional de Informativos para lo cual desplazaba a corresponsales de alto nivel incluso a zonas en guerra. Por eso, la noticia de la muerte en Yugoslavia de dos reputados periodistas fue una conmoción, yo diría que inaugural. A partir de esas fechas, la figura del periodista o fotorreportero acompañado de un intérprete se ha convertido en un lugar común de las noticias, también de argumentos de películas —con la variante de la traductora como «objeto de interés amoroso» del chico—, aunque no suele subrayarse las veces que el traductor pierde la vida junto con el periodista o el fotógrafo, a bordo del coche que estalla en una emboscada o ejecutados en cualquier camino. Unos y otros han sido considerados «daños colaterales» según la terminología acuñada por los departamentos de comunicación de los países en guerra. Se supone que el pago que reciben estos intérpretes está en consonancia con los riesgos que asumen. En ocasiones, los informadores se acogen al paraguas que les brinda una organización no gubernamental que opera en el país, la cual suele contar con sus propios mediadores, intérpretes de confianza, etc. Traigo a colación este tema porque recientemente los periódicos han publicado dos noticias que tratan de los riesgos que asumen los traductores nativos al trabajar para el «enemigo», sea éste las fuerzas de pacificación internacionales o simples periodistas free lance.

La primera noticia hablaba del peligro en que se encontraban una veintena larga de traductores afganos contratados por el contingente español de la OTAN una vez que éste abandonó el país. España ha optado por dar asilo a una parte de esos traductores, en consonancia con una reclamación que se está generalizando en diferentes países. La segunda noticia refería que los talibanes del Emirato Islámico de Afganistán han decretado que en su ofensiva de verano su principal objetivo «serán los invasores extranjeros y sus partidarios bajo varios nombres como espías, militares y contratistas civiles y todos los que trabajan para ellos como traductores, administradores y personal de logística»; dentro de la misma declaración de intenciones, los métodos que se proponen emplear para acabar con ellos incluyen «ataques de martirio» y «atentados». A nadie se le escapa que el traductor es aquí algo más que un intérprete de frases y el puente de información entre dos culturas, y que los talibanes entienden que el conocimiento y desciframiento del idioma equivale a penetrar el alma de un país. Dentro de la reconsideración en términos religiosos de la realidad entera bajo su área de influencia, para la mentalidad y estrategia de los talibanes la traducción prácticamente equivale a la revelación de secretos nacionales, con la amenaza consiguiente para la integridad del Estado, una traición que justifica la pena de muerte.

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