Trabajar en televisión: concesiones intelectuales y de vanidad

Siempre me asombra la ingenuidad con que la gente contempla la televisión. La drogodependencia que genera y que ha llevado a tantas personas a poner sus esperanzas en un producto televisivo como Pablo Iglesias. Admito no haber seguido ningún debate o tertulia suya durante más de 10 minutos, y que no sigo tampoco las tesis de los grandes diarios. Oí su compadreo con Évole cuando se jacta de que las cadenas privadas lo programan porque su presencia sube la audiencia –es decir, da rédito publicitario a las cadenas privadas.

Lo que dice Pauls sobre el efecto contaminante de la programación que rodea a cualquier cápsula de cultura emitida por tv deberían inyectárselo en vena los que fielmente siguen el ascenso de Iglesias. Un amigo ya mayor me dice: “Necesitamos un líder”. Claro, pienso aquí, ven la televisión. Quieren un mesías, porque el altar ya lo tienen.

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