Justicia doblemente poética: Lezama Lima y Cabrera Infante

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Estaba releyendo Cuerpos divinos, libro póstumo de Guillermo Cabrera Infante, y volví a detenerme en este encuentro entre los dos grandes y muy dispares literatos, que me pareció extraordinario. Me pregunté si se daría entre nuestros escritores “oficiales” la misma elegancia en el reconocimiento del mejor en la tesitura de cortarle o no la cabeza

«A los dos días habían quitado al Chino Romualdo y me habían nombrado a mí delegado del ministro de Educación ante el Consejo Nacional de Cultura. Flamante burócrata, sin darme por enterado de que lo era aunque fuera para un gobierno revolucionario, me dirigía todas las mañanas temprano hasta el Palacio de Bellas Artes, donde estaban las oficinas del Consejo de Cultura. Me tocó al principio la ingrata tarea de suprimir las sinecuras batistianas en el Consejo, labor espinosa porque se trataba de escritores más o menos conocidos que eran empleados del Ministerio de Educación adscritos a Cultura. Por supuesto, ninguno de ellos daba un golpe: eran clásicos botelleros y había que terminar con sus botellas. Así conseguí no pocos enemigos (había colaboradores de Carteles entre los enchufados), pero logré restablecer el equilibrio al venir a verme, a la segunda o tercera mañana, el poeta Lezama Lima (a quien Silvio Rigor llamaba el Dalai Lama, atendiendo a su rango de maestro poético, casi gurú cultural), quien se sentó frente a mi buró con sus trescientas libras de peso y su jadeo de asmático para decirme:

-Yo quiero que usted sepa que yo todo lo que gano en el mundo son los noventa pesos que me paga Cultura y me hacían venir todos los días aunque no tenía nada que hacer aquí.

Yo ya había visto el nombre de Lezama en la lista de empleados y había remitido una carta al ministro diciendo que el poeta era una gloria nacional (claro, ésos fueron los términos para que los entendiera Armando Hart) y no sólo se debía mantener en su puesto sino aumentarle el sueldoa ciento cincuenta pesos mensuales. Cuando le dije lo que había hecho y decidido en su caso, Lezama casi no pudo contener su alegría ante mis palabras: él sabía bien que estábamos en las antípodas estéticas y, temiendo lo peor de mi parte, esperaba de mí una cesantía, así no estaba preparado para mi decisión. Este gesto justiciero me valió la eterna gratitud del poeta.» Galaxia Gutenberg editorial, pp. 483-484.

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