Cómo arruinar a una profesional solvente: “¿Adiós a todo esto?” en El Trujamán

foucaultFoucault, que estás en los cielos, líbrame de tanto mal

* Los expertos opinan (sobre errores de valoración catastral):

Algo que descubrí cuando me publicaron en Mondadori era que se me consideraba una mercancía de ínfimo valor y que nadie estaba dispuesto a dar la cara por mí. Querían mantenerme como subordinada y así uno me pidió que le corrigiera su memoria de cátedra, la otra su tesis doctoral (una tesis sin tesis alguna), el otro que le asesorara porque también iba a escribir una novela. Etc. etc.

Afortunadamente, tenía ya un bagaje personal y de lecturas, y unos pocos interlocutores con quienes había tenido la suerte de compartir un tiempo, de modo que al menos he quedado a salvo de contaminarme o dejarme fascinar por las  modas y figuras que se han impuesto en los últimos 15 años. Lo paradójico es que, habiéndome independizado muy joven, desde la publicación de Mondadori con el ninguneo general consiguiente, los que cortan el bacalao me toman como si lo único que hubiese vivido es lo que allí narraba. Recuerdo la cara de una profesora especialmente pija, que lo debe todo al nombre de su padre y que pese a las mejores condiciones profesionales no le llega a su padre ni a las rodillas, cuando, al día siguiente de publicar los diarios las reseñas, fui a la universidad: me miró como si hubiese robado el limosnero de la iglesia. Me hizo gracia la transparencia de su disgusto, su escándalo, su clasismo. Me hace más gracia aún cuando pienso que la mayoría hicieron su carrera bajo el paraguas del gobierno socialista catalán. No preguntéis qué ha sido de la izquierda. Estos acabaron con ella.

Muy recientemente las quejas sobre la profesión de traductor se han hecho unánimes, pero las tropelías que se sufren como free-lance casi solo pueden enfrentarse si dispones de una hucha propia –llámese marido con buen sueldo, sueldo propio de funcionaria o patrimonio familiar–. Incluyo aquí entre paréntesis los nombres de las editoriales sabiendo que no trabajaré nunca más con ellos y aun a riesgo de que se me considere “persona conflictiva”. De “conflictiva” me tachó Munné luego de toda la peripecia en que hice lo imposible por torearlo y mantener la cara y mi trabajo.

En los meses pasados me enteré de que se ha reeditado la traducción que Paul Veyne dedicó a Foucault. No se han tomado la molestia de enviarme el ejemplar justificativo de rigor. El caso de esta editora de Paidós, Elisabet Navarro, ha sido especialmente nefasto para mí. No sólo nunca envían informes de venta, tiran siempre a la baja en cualquier negociación –sea ejemplares para el traductor (que viene bien tener cuando se solicita una beca en el extranjero y debemos mostrar ejemplos de obra publicada]–, racanean la tarifa y pasan por alto el mínimo respeto que merece una persona adulta. Todo lo que tuve que batallar para que me dejaran ver las correcciones, y cuántas veces se escaqueó con la excusa de la falta de tiempo. Muchas veces son libros complejos, con jerga propia, pero los pagan como si fuese castellano neutro. Al principio de aterrizar ella en la editorial –yo colaboraba ya a través del editor cuando aún no lo había fagocitado Planeta–, transmití a la lista de correos de Acett su petición de traductores de alemán. En un momento en que necesitaba traductor de italiano, la puse en contacto con mi hermana, a la que advertí que probablemente le pagaría menos por ser una primera colaboración. No sólo le pagó menos, le pagó alrededor de 9,50 euros (brutos por 2100 espacios) por textos que no puede resolver un principiante. La colaboración prosiguió y aun tuve yo que oír cómo mi propia hermana me echaba en cara que yo “no aporto nada a la sociedad”. Mundo de taradas que me hacen pasar a mí por tarada.

Lo siguiente –además de quedarme sin la opción “italiano”– ya fue pedirme que bajara mi tarifa so pretexto de la crisis. (Hay que añadir que mi hermana cobra un sueldo nada precario como profesora de enseñanza media). Aún tenía yo dificultades para caminar normalmente tras la operación del pie y estaba agotada por años de precariedad y falta de perspectivas. Cuando un ensayista francés que creía saber más español del que en realidad sabe se puso a corregir de cualquier manera mi traducción, nadie en Paidós fue capaz de hacer valer las leyes de propiedad intelectual ni de la gramática española y el resultado es una barrabasada antológica. Cuando Touraine ganó el Príncipe de Asturias no recibí ni un aviso de la editorial ni ejemplares que podían utilizarse para hacer una doble promoción en las revistas donde yo colaboraba. Touraine se tradujo solo, en el aire. En otro momento hubo no sé qué problemas con la editorial Oniro y los traductores dejamos de cobrar en la fecha prevista sin explicaciones. Según me contó tiempo después una traductora que tiene estómago para colaborar aún con ellos, la editora-jefe fue despedida a resultas de su mala gestión de esa editorial y se le pagó un generoso finiquito.

Esta “editora” era o es la mujer del editor que permitió que un “traductor-estrella” me vetara para traducir a otro escritor de bestsellers para luego tomarles el pelo a todos –al autor-estrella, al editor y a los correctores– dando el texto a traducir alguien con un nivel de español muy pobre. Guardo fotocopias de varias páginas de esa traducción. El mismo editor me encargó una corrección dificílisma y luego escamoteó un mes el pago de la factura en castigo a algo que yo dije… o le pareció que dije. Junto con su pareja, fue despedido con una generosa indemnización. Montaron una editorial y, ¡la monda!… dan clases de edición. Los traductores no recibimos compensación ni una palabra de disculpa.

A algunos les parecerán nimiedades y gajes del oficio, pero yo no me acostumbro.

¿Adiós a todo esto?

Hoy en el litoral mediterráneo el tiempo está muy muy desapacible y andamos algo malhumorados, pero sabemos que es provisional e intentamos tomarnos con humor el grrrrrrrrrrrrrr pendenciero que nos sale apenas abrimos la boca. No sé si deberíamos hacer lo mismo ante la Gran Crisis Económica y de la Cultura o si, al menos, debemos tomar perspectiva para ver qué soluciones serias tiene a mano la profesión de traductor. Recientemente, dos veteranos escritores y traductores señalaban aquí el peligro de adoptar el estilo profesional norteamericano, donde prima la rentabilidad, los números, la idea de negocio, la transformación de la figura del traductor profesional en un usuario avanzado de tecnologías ultramodernas, que encima desdeña ampararse en leyes de propiedad intelectual o en sindicatos (ya se sabe, ¡comunistas!). Desde luego que la generación de traductores que puso en pie la profesión sin contar con facultades especializadas tiene razón al mostrarse pesimista por la pérdida de terreno de la cultura.

Diría que en internet hay más páginas dedicadas a discutir la eficacia de las distintas herramientas de traducción asistida y a mejorar el marketing personal que a la reflexión sobre la traducción literaria y a la teoría de la traducción, que queda localizada en portales universitarios y en revistas especializadas, algunas de pago.

Sin embargo, mi experiencia durante los que hoy se consideran «años buenos» y de burbuja literaria ha sido por lo menos catastrófica en cuanto a protección de derechos —laborales,  de propiedad intelectual, económicos y hasta de respeto personal—. Algunas de las que se consideran malas prácticas son, me temo, el pan cotidiano: traducciones de pésima calidad realizadas por una persona distinta de la que firma (Planeta-No Ficción); traducciones divididas entre padre e hija, en que hay que corregir de arriba abajo la versión de ella (Planeta No-Ficción); correcciones caóticas obra del autor que presume de conocer nuestro idioma, ignorando que carece de lo que la teoría de la lengua llama «criterio lingüístico» (Paidós); editoras que corrigen cuatro palabras de un texto y se apuntan como cotraductoras (Editorial Juventud); colegas que te ofrecen participar en una larga traducción, que firmarán ellos (una colega de Acett); editoras convencidas de que al publicar un libro infantil sin contrato son libres de hacer con él lo que les plazca e ignoran que están sometidas por defecto a unas leyes (Oniro); correcciones de textos muy complejos realizadas sin ningún criterio y con resultados pasmosamente absurdos por un pariente del editor (Trama); exigencia de rebajas de tarifa con el texto a punto de entrega (Paidós); retrasos del pago de las facturas para señalar quién manda aquí (Planeta No-Ficción); editores que exigen que pases gratis a limpio las correcciones que han hecho sobre tu traducción de 350 páginas (Alba Editorial), exigencia que ni el grupo editorial más rácano se ha atrevido a imponer… la lista es interminable.

Estas pataditas que terminan dejándonos machacados y decepcionados a los traductores de a pie —que no sufren los premios nacionales de traducción, habitantes de otra galaxia— pueden darlas y repetirlas con impunidad porque no hay un organismo que vele por la protección de nuestros derechos. Es decir, sí, existen asociaciones de traductores, pero nunca he visto que los cargos elegidos para representarnos escribieran cartas en nombre de los asociados recordando a este, aquel y aquel otro editor que sus prácticas son contrarias al código de usos y a la ley de la propiedad intelectual, como sí hacen otros representantes de traductores fuera de España. Tampoco hay un sindicato al que se pueda acudir cuando corresponde reclamar y, por lo que he visto, las demandas ganadoras en tribunales son aquellas en que un número alto de profesionales ha sido perjudicado y al abogado le renta la demanda.

Me pregunto entonces si el afán de los jóvenes traductores de pertrecharse de maquinitas y afinar su marketing personal no es el recurso más realista donde hace mucho que prima el «sálvese quien pueda». En conclusión: ¿despejarán estos nubarrones o tenemos para un largo grrrrrrrrrrrr?

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