“¿Dónde está el mar?”… Amado mío

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Willem Dafoe como Pasolini, dirigido por Abel Ferrara

 

Después de algunos rumores catastrofistas sobre la película que Abel Ferrara ha dedicado a los últimos días de Pasolini, parece que no es espantosa como se presumía. La muerte de PPP ha consumido kilómetros de metraje cinematográfico con resultados muy variopintos. Tengo curiosidad por conocer el resultado. Si está Willem Dafoe, ya se ha ganado la mitad de mi interés. En España, aunque en el último minuto siempre surgen expertos de-toda-la-vida, la bibliografía del poeta presenta lagunas importantes. ¿Cuántas veces he preguntado en Seix Barral si tienen previsto republicar Petróleo –que solo he podido leer a cachos en italiano–, y a Anagrama la fascinante entrevista que PPPasolini concedió a Jean Duflot con traducción de Jordà?

De lo último publicado, Amado Mío, unos relatos que ya revelan la calidad, la valentía y la tendencia a manipular sentimientos en beneficio propio características de Pasolini, rescato el paseo rumbo al mar de las últimas páginas, donde conjuga mirada poética con sentido del ritmo que anticipa el buen pulso cinematográfico que define su obra.

«Caorle se encuentra cerca de la boca del Livenza, en el punto más septentrional del arco que forma el Adriático entre Trieste y Venecia. Su territorio interior es una franja de unos veinte kilómetros, pantanosa y desierta, cultivada desde hace pocos años; y está toda cruzada por canales, terraplenes, diques; los campos son inmensos, y el maíz es verde como la sandía.

            Después de Portogruaro se empieza a respirar el olor de la Bassa, la llanura, que se abre ilimitada más allá de Concordia. Gil, Desi, Iasìs y Mario entraron en Concordia hacia las seis de la mañana; el lugar estaba todavía mecido por el sueño y la niebla. Sobre el aceite verde del Lemene se reflejaban las luces de los faroles aún encendidos, desapareciendo y volviendo a aparecer bajo los cascos de las barcazas alquitranadas, amarradas al muro de contención. A lo largo del Lemene las viejas casas de Concordia, bajo el blanqueo de la luz, se volvían nuevamente grises, blancas y rosadas, con sus pérgolas venecianas y, en la gran plaza, dos o tres tiovivos envueltos en enormes lonas reflejaban en el azul de los mástiles las purpurinas y los caballitos negros de sus ornamentos, mientras algún hocico de caballito o alguna cadena relucían detrás de las lonas colgantes.

(…)

–¿Dónde está el mar? –preguntaba Iasìs a cada momento.

–Allá abajo, al otro lado del pantano –le indicaba Desi desde la balsa, que un muchacho impulsaba lentamente, cogiéndose a un alambre tendido de una orilla a la otra.

Detrás del pantano, verde y sombrío, se veía un azul, un azul de ensueño. Pasaron como flechas por San Gaetano, y no tardaron en ver el campanario de Caorle, pero el mar aún no.

Las casas de Caorle aparecen de repente, violentamente pintadas de azul, de negro, de rojo, de verde, de lila… Entre ellas discurre un canal lleno de barcas con velas colgantes y remendadas. Llegando desde el campo árido y sucio, apenas atravesado el canal, se entra enseguida en la plaza del mercado. Así Desi y los otros se internaron casi milagrosamente entre los puestos y el tráfago hasta el corazón de las callejas de Caorle, que olían a pescado, entre grupos de chicos con pendientes y ojos de perla, que cosían las redes en los portales de las casas; las puertas y los ventanucos estaban abiertos, y pasando por la calle se vislumbraban pequeños interiores maravillosos. Muebles del siglo dieciocho, finos y frágiles, encajes, cómodas; hasta las cocinas más pobres estaban llenas de esta gracia rústica y exquisita.

Llegaron por fin a los pies del dique, al otro lado del pueblo, subieron a la carrera los escalones y dieron con el mar.

Era la primera vez que Iasìs veía el mar, y mientras lo miraba, comiendo con apetito un trozo de pan, sus ojos parecían cambiar de color. Una especie de indiferencia, que era virilidad, escondía la sorpresa en una luz dulce, creciente e inexpresiva.

 

Pier Paolo Pasolini, “Amado mío”, Seix-Barral, 2014,
Biblioteca Formentor
pp.223-225. trad. de Jesús Pardo y Jorge Binaghi

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