El síndrome Milli Vanilli y la basurización del escritor

milli_vanilliDúo Mili Vanilli

Estaba dándole vueltas al lamento de Ramón Buenaventura sobre la escasa repercusión de su obra poética, y a mi propio malestar, que me lleva a hacer un recuento cotidiano de los desaires recibidos y a repasar cómo fastidian nuestro trabajo de traductores, colaboradores en prensa o escritores, y me vino a la mente también el episodio de La trabajadora, donde la protagonista de la tercera parte se encuentra ocupada en corregir las memorias de la viuda de un importante escritor español. En su momento me pareció de lo más significativo que se tratara de una persona vinculada a la literatura por vía marital y que, además, no lograba poner en orden su memoria porque la edad no le daba para rescatar demasiado. Me pareció toda una metáfora de lo que se empeñan en darnos las grandes corporaciones editoriales españolas. Recuérdese cómo la muerte de Hassel le fastidió a Destino el lanzamiento del libro que preparaba, supuestamente obra del autor francés, pero que en realidad era una selección de sus textos pergeñadas desde la propia editorial. Recuérdese también Los días azules, de Joan Didion, donde la otrora brillante cronista lucha a brazo partido por llevar a algún puerto su texto, sin conseguirlo a causa de su declive vital, del que ella misma da cuenta con  detalle. El resultado, por emotivo que pueda parecerle a algún lector, es involuntariamente distinto del que apunta en las primeras páginas. Entiéndase: escritores jóvenes, con toda la vida por delante, tuvimos que ocuparnos de remendar la basura de famosos con vocación de respetabilidad intelectual, mientras a yayos con un pie en la tumba se les alarga innecesariamente la trayectoria literaria. Puede que llegue no el reconocimiento sino la posibilidad de tener interlocutores de calidad, pero tan quemados y con una vida tan desastrada que ya nos importe un higo.

Y es que el sistema editorial español está ya casi del todo convertido en un escenario abierto a los Mili Vanilli de la “literatura” (pónganse muuuchas comillas, no vaya a confundirse con lo que históricamente se entiende por literatura). Como recordaréis, el dúo MIli Vanilli lo conformaba un par de tíos negros con rastas y atuendos modernos, jóvenes y fotogénicos, que escalaron puestos en el hit-parade musical, con grandes ventas y algún premio, hasta que se reveló que ellos no cantaban, que se limitaban a poner el tipo y a hacer mohínes mientras dos negratas menos agraciados y con mejor voz les salvaban el culo.

En España, y dado que gran parte del cotarro se mueve en Barcelona, habría que decir en el sistema literario barcelonés, hay un porcentaje alto de publicaciones  que no son obra de quienes las firman. Los escritores, por razones diversas, nos vemos (o nos hemos visto) obligados a trabajar en la escritura  o reescritura de los bodrios de figurones con nombre en periódicos o en televisión, mientras esos analfabetos funcionales que, por razones diversas a veces inexplicables, han llegado a puestos de relieve, pasean “sus” libros por cuanto escenario se les brinde. Algunos editores jetas tratan esa reescritura y edición de “corrección en profundidad” para soslayar el asunto de pago justo y porcentaje. En definitiva, para reivindicar la autoría del trabajo realizado (tanto más porque de publicarle el engendro como el “autor” lo lleva a la editorial sería el hazmerreír de sus devotos, aun de los analfabetos).

Que negros de escritor, catedrático, político, luminaria de la televisión, etc., ha habido siempre no hay quien lo niegue. Algunos han llegado a cobrar cantidades tan desorbitadas que han terminado en la cárcel. Pero como en los últimos veinte años se ha dado simultáneamente al abaratamiento de la edición, una devaluación de la figura del escritor –a la que no es ajena la sospecha que inspiran algunos de no ser los autores de los libros que firman ni que el tipo de editor que prosperó desde los noventa carece de talento y de pathos literario–, más el conjunto de factores vinculados al auge de la prensa cultural “ligera”, se ha provocado una basurización de la que la mayoría somos víctimas. Generalmente, cuando algunos se quejan de la disolución de las jerarquías, lo hacen para protestar por la pérdida de su capacidad de influencia sobre una masa lectora a la que tachan de idiotizada o distraída. A mí me parece peor esa familiaridad que han instituido algunos editores, y desde ahí hacia abajo todos los empleados, que tratan al colaborador o al escritor como ser débil o como al antiguo chico de los recados.

Todo esto no da, me temo, ni pálida idea de lo que me digo a diario cuando observo la “moderna construcción del canon”. Sin embargo, creo que lo ilustra bien la noticia que ayer leí en Facebook sobre la demanda que se proponía hacer la viuda de Roberto Bolaño contra todo aquel que presentara como pareja sentimental a la conocida como “amante del escritor”.

El periódico (la noticia es de febrero) escribía:

«Pérez de Vega, que ha mantenido un discreto papel frente a los medios -apenas un par de entrevistas en diarios latinoamericanos y declaraciones puntuales a este periódico-, fue una de las participantes del Congreso Estrella Distante que se celebró en Viña del Mar, Chile, el pasado julio, en conmemoración de los 10 años de la muerte de Bolaño. Allí fue presentada como pareja sentimental del escritor y más concretamente como «su novia y amiga». Pérez de Vega, una de las presencias más esperadas en el encuentro -fue ella la que trasladó al escritor al Hospital de la Vall d’Hebron tras la crisis hepática de la que fallecería 15 días más tarde-, orilló en su intervención los aspectos más íntimos y se mantuvo como testigo del estricto quehacer literario del autor

La periodista apunta que “la vida íntima del escritor chileno” despierta enorme interés en Latinoamérica. Asombro. Perplejidad. What? Why? Con lo cual, el Congreso que conmemoraba los diez años de su muerte, opta por llevar de trofeo a una de las viudas. A mí me da, cada vez que leo algo de esta controversia, que más de una y más de diez harían bien en hablar con un psicoanalista serio y rescatar su historia y asumirla y dejar que el muerto reviva como escritor cada vez que se lo lee. No se me ocurre ningún motivo que haga interesante o necesaria la presencia de la amante de un escritor muerto… salvo que todos los congresistas y devotos del chileno se sientan la amante del escritor y necesiten mirarse en su espejo.

La mitificación de Bolaño –de Foster Wallace, etc.– es el paradigma de la basurización del escritor. La estrella del rock contra el autor que existe en su texto. No digo que R.B. sea víctima de nada, sino cómo el tratamiento espectacularizante de su figura –ya desde que ganó el Herralde en 1998–, las formulaciones publicitarias sobre el personaje, han dejado una marca indeleble en el imaginario literario español y latinoamericano –paradójicamente, hace poco, distintos escritores afirmaban a la vez considerarle un genio y no haber sido capaces de terminar Los detectives salvajes o 2666–.

Entretanto, se divulgaba que la novela española no tenía la calidad de décadas atrás. De todo esto se ha hablado de sobras. Pero esto es una gran patraña. Cuando a mí me convirtieron, vía desprecio, vía desaires, vía insultos, en un fantasma de mí misma –leyendo el artículo de la Guerriero sobre el duelo me dije que si tuviese que escribir mi “historia del duelo”, debería titularse La aniquilación– y tuve que renunciar al doctorado de Humanidades y contentarme con corregir mierda y cobrar lo que me dieran, cuando ya tenía textos publicados y artículos sobre Bernhard, Duras, Brechet o Conrad, me basurizaron.  Como yo, tantos escritores que prefieren publicar poco o que no terminan de escribir nada porque, como bien demostró desde el principio la Operación Bolaño (como demuestra la visibilidad irresistible de todos los escritores que surgen acompañados de un padrino), el hambre del escritor es un mito, un mito del pasado, un adorno de la figura. Una fantasía de editor, de periodista falaz. Con hambre, sin dignidad, proletarizados, insultados, mangoneados, plagiados, postergados, mal leídos y ninguneados –añádele ser mujer en España-, no se escribe o se escribe algo que no puede publicarse aquí.

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