Que va de seriu? (3) El sinsentido y la náusea

Blancanieves-espejo

El espejo mágico… a su manera

La semana pasada, al tener noticias de que Rajoy andaba eufórico por las cifras descendentes de desocupados, decidí desmaquillárselas un poco y me acerqué a la oficina del paro de mi distrito, en Lesseps, a renovar papeles. Me figuraba que, como en ocasiones anteriores, estaría a rebosar e iba preparada con bibliografía pesada. Pero la oficina estaba casi vacía. El guarda de seguridad, un hombre gordote y afable, de edad indefinida, con un cuerpo en forma de rombo, se acercó a resolver mi duda frente a las dos máquinas expendedoras de numeritos que han plantado en la entrada. En realidad, no es propiamente un guarda, es un maestro de ceremonias de una sala de espectáculos llamada Oficina del Paro. Ha convertido el espacio estrecho en un lugar vivo. Al ver mi cargamento de libros se mostró curioso. El primero le dejó entusiasmado: “Bricolage. Fontanería”. Se lo dejé y en voz alta preguntó: “¿Pero de qué año es esto? ¡las fotos son en blanco y negro! –De un año en que ya había grifos y bañeras, le respondí. Me atendieron enseguida y como sabemos que con mi currículum no hay nada que hacer en una oficina así, la funcionaria optó por premiarme por lo que llaman “búsqueda activa de empleo”. (Como si yo hubiese hecho otra cosa desde que soy free-lance, careciendo como carezco de talento para la adulación y para chupar culos). Me remitió a la responsable de “Orientación personalizada”. Estuvimos hablando; le dije que, hoy por hoy, sobre todo trabajo con empresas y agencias extranjeras, porque aquí no hay manera de sobrevivir, sin haber llegado aún al nivel de ingresos que me dejaría respirar. Le conté el episodio de la editora de Barcelona que me pidió que bajara mi tarifa de traducción porque para mí traducir “era fácil”. “Pero eso lo decidirás tú, si te es fácil o no.” No deja de sorprenderme lo pronto que se pone todo el mundo de mi lado… fuera de la profesión. Dentro, están muchos a la oportunidad que salta. Y si se trata de profesores con sueldo de funcionario, no les cuesta bajar tarifas porque los ingresos por traducciones son a menudo complementos de paga extra.

Tuve que volver unos días después a recoger los dossiers con información que había preparado ex-profeso –carpetas de direcciones de empresas, cursos para emprendedores, para mejorar habilidades informáticas, etc., etc.-. Todo me parece aire. La misma chica que me atendió, añade: “También hay que pensar que es mejor presentar personalmente el currículum. Si la gente te ve… Es más fácil. Se quedan con tu cara. Y además eso a ti te favorece.” ¿Ha dicho lo que me ha parecido oír? Entonces recordé la exclamación que solían repetir en Sant Pol para expresar asombro con cierto pitorreo: “Que va de seriu?“. Recogí los dossiers y me despedí. “Que va de seriu?“. Luego pensé varias cosas. Que si no puedes aportar un caro atrezzo de ropa de marca, y la marca de unos apellidos compuestos unidos por un guión, para ser tomada en consideración en nuestro mundo cultureta, te conviene más ser una chica regordita, lucir gafas de culo de pasta y pasear aires de listilla moderna o un aire de severa intelectual de los años sesenta. Desde luego pensé en el espejo de casa, que es muy cabroncete y más que reflejar, interpreta la realidad. Se dice que con los años uno logra domesticar los espejos. El mío no tiene rival. Seguro que lo hicieron con un añico del que rompió la madrastra de Blancanieves. Hace años me divertía viendo las caras de mis amigas al verse en ese espejo: a una le sacó un ojo más alto que el otro. A otra la convenció de que tenía celulitis avanzada y salió del baño apestando a una crema reductora viscosísima que corría por casa desde los tiempos en que casi me convenció a mí de lo mismo. La mayoría de hombres –incluidos lampistas o pintores– deben doblar mucho o algo las rodillas: una genuflexión me parece lo mínimo. No hay convento más eficaz que mi espejo en la renuncia a toda vanidad. También me pregunté en qué momento mi vida se había convertido en un absurdo sinsentido. Por desgracia, lo sé. Porque una cosa es ese absurdo cotidiano cómico, que todos mantenemos bajo control como un perro d’atura al rebaño desmandado y otra cosa este absurdo que yo creo es cultural y político. Pero me imagino que tienen espejos más blandos que el mío, espejos favorecedores, completamente domados.

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2 comments

  1. hypallage · agosto 5, 2014

    Aaliya, la grande, la septuagenaria traductora aficionada de An Unnecessary Woman de Rabih Alamaddine, habla también de las extrañas cualidades de su espejo. “Traducir para ti debe de ser fácil” es uno de los peores insultos que se le pueden hacer a un/a traductor/a profesional.

    • Liu · agosto 6, 2014

      Hola Jorge (?) gracias por el comentario. No sabía nada de esa novela –he curioseado vía Google–, parece un poco patético el argumento. Respecto a lo otro, no, que te digan “para ti traducir es fácil” no es lo peor. Lo peor es que se meen en tu currículum, como hicieron en Mondadori, después de haber traducido a Braudel y otros ensayos políticos para la editorial Crítica. Lo peor es que un par de bobas te destrocen la traducción de una biografía llena de referencias a leyes y a organismos oficiales franceses, de datos de historia de la segunda guerra mundial, y de extractos de obras de ficción y de ensayo, y que se de por hecho que has de tomar en serio sus barrabasadas porque no han cobrado y lo han hecho “por amor” –como me sucedió con la editorial Trama, y la biografía de Pauvert–. Lo peor es que un autor francés crea que posee competencia en español y destroce la traducción sin que la editora sea capaz de meterlo en cintura. Lo peor es que te digan que una traducción no ha gustado a la editora cuando sabes que te ha quedado mejor que bien y que se va a vender sin demasiado problema –como me ocurrió con El lienzo del Tintoretto. Lo peor es que un traductor proteste ante el autor francés al saber que otra traductora está ocupándose de algunos de sus textos de no ficción y le haga creer que el resultado es malo –cuando se han hecho cuatro ediciones de uno de los títulos (Las egipcias)–, que al cabo de un tiempo te llamen para corregir las traducciones de ese traductor protegido por el autor… y descubras que la traducción es obra de otra persona que no es capaz de disimular bien su insuficiente conocimiento de francés. Lo peor es que le pases a la editora el nombre de una colega para que se haga cargo de unos enjundiosos títulos en italiano y a esa colega le pague un 25% menos de la tarifa más corriente, yo pierda entonces la ocasión de traducir del italiano, por no poder permitirme tarifas de 9 euros/2100 caracteres, y que con un librito ya iniciado, me pida que baje mi tarifa a 10E. Lo peor es que, a continuación, hay al menos una decena de profesoras de universidad que van a ponerse a su servicio y aceptar retrasos en el pago porque el sueldo de funcionaria –2000 euros–llega religiosamente a principios de mes. Etcétera. Un cordial saludo

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