Estoy leyendo… Moreno Fraginals, Castoldi, Cabral

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Tres libros estupendos, cada uno por motivos propios. La primera novela de Nicolás Cabral, Catálogo de formas, ha sido una sorpresa. Nicolás Cabral es el editor de la revista mexicana de arte contemporáneo La Tempestad y desde mi primera colaboración el trato ha sido cordial y pragmático: propuesta de texto, se acepta, se publica y, atravesando el océano Atlántico, la primorosa revista que prueba mi colaboración llega al cabo de varios meses a casa. Me picó la curiosidad al leer alguna reseña -en América- y la noticia de la editorial Periférica, donde se resumía la trama con una mención al “Arquitecto”. Así, en mayúscula. Considerando el papel que la arquitectura desarrollista, o “ladrillista”, tiene en la novela de E. Navarro que he comentado estos días, y también el que en los últimos años me he dedicado a fotografiar la nueva arquitectura de Barcelona –y algo de Valencia–, me dije que me apetecía saber qué se pensaba desde un punto distante de aquí como es México, del papel que la arquitectura de autor ha adquirido en (yo diría que) todo el mundo. Lo que no esperaba era la impresión que me causó ya la primera página. El tono, el aplomo, la conciencia de saber qué se está contando y qué se quiere contar. Sentí que toda la cháchara se detenía, esa cháchara que nos rodea y que nos hemos acostumbrado a llamar “literatura moderna”. Espero comentarla con detalle más adelante. A su modo calmo y firme, creo que Nicolás Cabral ha encontrado su manera de ofrecer un punto de resistencia a la mascarada de la arquitectura de autor que conforma nuestro paisaje urbano.
Pienso en el nuevo mercado de las Glorias, en el edificio DHUB Disseny de Barcelona, en esa formidable estructura que es la reurbanización de las Glorias mientras cada mes se ejecutan no sé cuántos desahucios que llevan a personas anónimas a perder sus casas. El renombre de unos, la vergüenza social de tantos. No puedo no pensar en ese contraste cuando paso por determinadas plazas de Barcelona, o cuando veo el gasto en las “esculturas efímeras” para conmemorar 1714.

Me parece que define bien el ambiente de despecho y hartazgo que se respira entre los profesionales rozando la cuarentena ante esa apoteosis del arte de autor –desde la cocina hasta lo que se te ocurra– una conversación entre amigos y conocidos al salir de una exposición de fotografía en una galería especializada. Se trataba de una serie de fotos en blanco y negro de un autor ¿mesetario? de los años sesenta. Escuela Cualladó, Maspons, etc. En la segunda década del siglo XXI, esas imágenes –en venta– de la posguerra española, de la primera modernidad. Bien positivadas, lo que quieras, pero qué déjà vu… Y la gente de siempre, amigos, galeristas, los viejos veteranos, buen currículum, sus exposiciones institucionales, gente que ha llegado a ganar cantidades de dinero extraordinarias, relatándose las dificultades de ahora… hablaban sin echarle una sola mirada a las fotos, sin pensar (me temo) en las generaciones que les siguen. Para qué mirar las imágenes. Mil veces vistas, si no ésas, otras como ésas…

Escapé con otro fotógrafo, joven, alborotador y dicharachero. Protestamos. Con tanta gente joven con proyectos estimulantes y vivos que solo publican en revistas digitales. Se encontró con unos amigos, de treintay largos, y salió, cómo no, el tema de la ocupación. Eran arquitectos, uno de ellos le dio un completo repaso a los arquitectos y artistas de la gauche divine, esos que lo copan todo, bohigas, tagliabue, miralles, etc. Relató las barrabasadas de un arquitecto muy famoso, explotando a los becarios –¡los hay que incluso pagan por trabajar con él!–, lo poco que duró él al pedir que le pagaran al terminar el mes. Luego atacó el nuevo diseño del mercado de las Glorias: en vísperas de la inauguración, una tormenta dejó con el culo al aire a los arquitectos:  ¡tenía goteras! Arreciaron de todas  las bocas las críticas a la gauche divine. “Bueno”, dije yo contemporizando, “ya son viejos, están a punto de jubilarse”. El arquitecto me respondió: “¡No quiero que se jubilen! ¡Quiero que se mueran!”. Había algo orgiástico en la forma como lo dijo. Se le llenó la boca de risas y de rabia y lo repitió: “¡No quiero que se jubilen! ¡Quiero que se mueran! ¡Quiero que se mueran!”.

…Cuando pienso en los nombres resabidos –resabiados– de la literatura de la gauche divine… una y otra vez ellos, y otra vez ellos, y otra vez los premios para ellos, las antologías, los nombramientos para cargos con bonitos sueldos, las entrevistas rancias en las nuevas revistas digitales, ufff, me temo que repito en silencio el mantra del arquitecto.

Difícilmente nadie pudo albergar tal deseo de eliminación al leer cualquier libro del historiador cubano Manuel Moreno Fraginals. El ingenio es su ensayo más conocido, centrado en la economía del azúcar en Cuba. Por supuesto, habla de la esclavitud y del peso en la deriva política del  Caribe. Este Cuba-España, España-Cuba + también habla de lo que su título sugiere; de las relaciones entre la España imperial y post-imperial y la isla, hasta la independencia. Muy ameno, bien escrito, abunda el tipo de datos que mantiene atento al lector no especializado. Mientras lo leía estaba en el ambiente el tema de la ley regresiva de Gallardón sobre el aborto. Al explicar el escaso índice de natalidad en los ingenios, porque las negras se resistían a tener hijos, dadas las condiciones que a ellas y a sus vástagos les estaban reservadas, ofrece inesperadas perspectivas. Era tan lógico que el estrés se convierta en un método anticonceptivo natural, que me llevó a preguntarme en qué medida el bajo índice de natalidad de la mujer española desde la llegada de la democracia tiene que ver con factores que ponen en muy segundo término la libertad sexual y se explica por un visceral instinto de autoconservación. Puede sonar a catarata de obviedades, pero si una mira a su alrededor enseguida se da cuenta de que el feminismo, y las leyes más liberales de conciliación han beneficiado sobre todo a las pijas. Mirad a vuestro alrededor.

El texto drogado * debería incluirse en la bibliografía de literaturas europeas de la universidad. Todas las sustancias —opio, éter, mescalina, cocaína, hachís, lsd–, auge y caída, adictos y menos, con los textos que ilustran la experiencia y los efectos. Desde Baudelaire a Musset, De Quincey y Poe, Nerval, Balzac (gracioso como él solo), pero, claro, claro, Freud, Trackl, y Don Juan y Castaneda, Ginsberg y Borroughs. Me encanta que con su imagen de profesor discreto y erudito, el italiano Alberto Castoldi escribiera un ensayo tan poco prejuiciado.


* Traducción del italiano de Francisco Martín.  Ed. Anaya & Mario Muchnik, 1997.
+Biblioteca de Bolsillo, 2002.

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