La vida interior de las plantas de interior, de Patricio Pron… o las múltiples formas de censura literaria

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Rescato esta reseña que en principio debía publicarse en abril de 2013 en el Culturas de La Vanguardia, pero que Sergio Vila-Sanjuán rechazó con el argumento de que era “muy muy indulgente” –cuando quería decir, supongo, “condescendiente”–. Vale decir que esperaba cobrar el importe de la reseña para pagar la factura, no muy abultada, del teléfono para evitar la “suspensión del servicio”… Y como a perro flaco todo son pulgas, así sigo, sin teléfono en casa. Lo cómico del asunto es que no hace mucho Pron lanzaba desde su blog una pulla compadeciéndose de ciertos editores –ah, hipócrita editor–, los cuales andaban lloriqueando por las esquinas por tener que editar las novelas de los “directores de suplementos de diarios”. ¿Moraleja de la historia? Conviene tener críticos literarios que hagan crítica literaria y no sólo relaciones públicas.

La rescato porque me ha llamado la atención la arrogancia de Pron en su respuesta a la periodista Karina Sainz de Vozpopuli, al preguntarle ella por Alberto Olmos. Me ha sorprendido, sí, que ella no lo pusiera contra las cuerdas:

«-Alberto Olmos plantea en su más reciente novela, publicada en su sello además, la muerte de la literatura tal y como la habíamos conocido, incluso hasta hace desaparecer a los críticos literarios. ¿Qué piensa? ¿Siente que coinciden?

«-El autor que mencionas no es un interlocutor mío.»

Confieso que no he podido terminar de leer la entrevista. Si yo tuviera la opción de elegir, y sobre todo hubiese tenido la opción de elegir, a mis interlocutores, literarios, profesionales, seguro que no habría tragado tanta basura como no me ha quedado más remedio que tragar para ganarme la vida.

Aquí va la reseña:

Camino de perfección

Siempre me extraña la fascinación que parecen sentir los escritores de la última generación posmoderna –suelen ser profesores universitarios o doctores en ciencias o en literatura– por narrar las peripecias de personajes poco inteligentes o que parecen incapaces de racionalizar los dramas en los que están inmersos, y que son el objeto de la narración. Pero al retirar la reflexión de la trama y poner en su lugar una especie de evocación poética de hechos más bien crueles, un escritor como Patricio Pron (Argentina, 1975) puede jugar con aspectos como la temporalidad, el punto de vista, y discutir la jerarquía entre temas elevados y temas triviales. Así, los personajes de estos cuentos son una actriz y un actor porno, un escritor joven fascinado por los pasos de un reconocido colega que vive en el piso superior, una pareja que necesita un músico para su grupo, una florista obsesionada con un cliente, el novio de una chica dedicada al modelaje, el parlanchín perro de Picasso, una gaviota perdida en ese continente de basura que flota en el océano y del que preferimos no saber nada, un niño que se cubre de sangre, varios escritores diletantes, etc. Si se leen estos relatos sin conocer obras previas de Pron podemos pensar que sus personajes conforman el elenco habitual de la literatura pop, y que hay mucho de escritura de taller –derivar todo un cuento de un objeto, sea una peluca, una cartera…; alterar el tiempo de la narración; focalizarse en el personaje más irrelevante–, además de cierta vanidad como escritor profesional, pero en su novela El comienzo de la primavera, aparece un filósofo alemán que, en medio de la segunda guerra mundial nada menos, defiende la tesis de la irrelevancia del acontecimiento histórico, tesis que ilustran de algún modo estos relatos. Con Pron estamos en el universo Bolaño, son sus temas, pero sin lo que el escritor chileno decía en 2666 del enigmático Benno von Archimboldi, es decir sin su “visión dionisíaca, festiva, exégesis de último carnaval”. A cambio, Pron aporta, y es la gracia de estos cuentos, una seriedad estoica, una erudición con toques absurdos y lleva a sus personajes –como el niño que escenifica las heridas internas de su madre, o la modelo que solo come puré o el joven actor porno—, a unas experiencias límite, como por cierto hace el artista chino Zhang Huan en sus performances, y entregándose a ellas, parecen culminar una ascesis que los convierte en los santos de nuestra época.

En fin, dejaré que Roberto Fonseca me levante el ánimo:

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