Filmoteca para una crisis, 11: la crisis del romance, Les choses de la vie, de Claude Sautet

Les choses de la vie

Excepto en poesía, parece imposible encontrar una obra literaria reciente que no haga escarnio de las relaciones hombre-mujer. En el mejor-peor de los casos, la pareja estable es el premio que logra la heroína al final de un calvario personal que es el objeto de la narración o un telón de fondo liso para un argumento policiaco, de acción… Dejando al margen las novelas rosas con sus toques histórico-culturales con que creo sueñan todas las agentes literarias del orbe, la narración de una historia de amor en que lo político no conste o no tenga relevancia en la trama solo provoca un fruncimiento de ceño, un gesto de desdén. Eh, somos importantes. El romance es materia menor. Háblame de política, háblame de la guerra, háblame, una vez más, de la Transición española. Uuuuuuuuuuuuuufff.

Les choses de la vie, del francés Claude Sautet fue un éxito inesperado en 1970. Relata el dilema de un atractivo arquitecto, interpretado por Piccoli, de unos 40 años que no logra decidirse entre dos mujeres: su amante, interpretada por Romy Schneider, y su mujer, Lea Massari, con la que tiene un hijo ya veinteañero. La película era conocida como “la del accidente” porque el desarrollo de la acción se vertebra en torno al accidente automovilístico que sufre Piccoli en una carretera secundaria mientras se dirige a toda velocidad a cumplir con una cita de trabajo. Semiconsciente, recuerda los principales hechos en torno a ese dilema que no ha sabido resolver.

Si nos ponemos a buscar los cinco pies al gato de la interpretación sociopolítica, podría decirse que el enfoque de la relación extramatrimonial corresponde al mundo del consumismo, inaugurado en los sesenta, y que, como es habitual en las películas, la posición acomodada de los personajes soslaya enojosas subtramas y conflictos que llevarían a una película “social”. El protagonista, sin embargo, no carece de principios, como subraya el director al incluir una escena en que se encoleriza cuando los promotores de las viviendas que ha diseñado le informan de la construcción de garages en la zona que él había diseñado como jardín común. También cabe preguntarse si hay algo más burgués que el adulterio con sus tiempos de encuentro medidos.

Pero aquí cabría responder: ¿qué menos burgués que el derroche personal? Porque los personajes están más allá de la contabilidad: las dos mujeres son bellas (y todos, hasta el último extra, fuman como carreteros), son interesantes a su manera y podrían encontrar un galán de recambio el mismo día en que recibieran el finiquito amoroso (tradúzcase: la carta del amante o marido detallando con pudor y buena letra los motivos del adieu). Los recuerdos evocan momentos de felicidad, el don gratuito de un gesto, de unas palabras escritas a escondidas, de una reconciliación decidida en un instante, o el orgullo por las habilidades del hijo. No ha de pesar la opinión pública, pues en el medio acomodado el escándalo requiere otros ingredientes. La película hace un recorrido por los afectos del protagonista, y con escuetos apuntes dialogados sugiere su reticencia a provocar un dolor irrevocable… así lo sugiere el diálogo puntilloso con el padre que le visita para pedirle algo de dinero.

Como señala el guionista, en uno de los extras del video, las productoras rechazaban la adaptación de la novela original arguyendo que un protagonista accidentado iba a deprimir al personal. De modo que fue la identificación del director con el nudo gordiano del guión, el dilema entre dos mujeres a las que estimaba por igual, lo que produjo un resultado tan preciso y que encajó con el gusto del público francés.

Contra tantas películas en que los personajes masculinos son afásicos y solo son elocuentes con los puños, las películas de la nouvelle vague y de los contemporáneos exploran las formas del discurso amoroso. Mientras en las películas contemporáneas, el motivo de análisis era el conflicto entre la necesidad de libertad personal y de contar con figuras de apego estables, lo que llegó a convertirse en un leit-motiv que sirve para identificar con precisión el año de realización de una película –pienso en El coloso en llamas, film gran público que no obvia la escena entre el chico, Paul Newman, que encuentra tiempo para meterse en la cama con la chica, Faye Dunaway y, cuando la torre está a punto de incendiarse, discursear sobre el grado de proximidad afectiva que mantienen–, en Les choses de la vie el conflicto surge del exceso, del amar de más, del desborde del ser y de la conciencia cabal que el protagonista tiene de sí mismo.

La película de Sautet opone sin estridencias –así el éxito de la banda sonora de Philippe Sarde– la opulencia del sentimiento sin otra producción que momentos de dicha a la contabilidad ruin de los amores que sucumben al conflicto de clase, político, social…

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