Desde La Habana Chica (Vilanova i la Geltrú)

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Playa de Ribes Roges en Vilanova i la Geltrú, Barcelona, España

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Pasifae, escultura de Óscar Estruga en la playa de Ribes Roges, Vilanova y la Geltrú, Barcelona España

Para info turística sobre la Habana Chica-Vilanova i la Geltrú, mejor aquí

Aquí estoy pasando unos días, como un geranio a la espera de un rayo de sol. Vilanova i la Geltrú es conocida como La Habana Chica por la huella que dejaron los indianos –comerciantes catalanes que regresaron enriquecidos de las Américas, y especialmente de Cuba*–. A lo largo de la costa catalana se encuentran sus huellas en forma de grandes casonas –algunas de ellas han logrado sobrevivir a los tiempos de desprecio al patrimonio arquitectónico, y florecen restauradas; no todas siguen en manos privadas, y los diferentes ayuntamientos las destinan a escuelas, geriátricos, casales, ateneos, etc.–. Vilanova está eclipsada por Sitges, el pueblo de al lado — que vive volcado en el turismo, con toda la parafernalia añadida del turismo gay–, pero tiene un centro histórico lleno de rincones inesperados, con sus placitas a la italiana, que en pleno verano, a mediodía, cuando no hay un alma en las calles, surgen a la vuelta de una esquina como una alucinación, un espejismo.

No estoy de vacaciones: es solo parte de mi programa de supervivencia económica a corto, cortísimo, plazo. Doy un paseo internetero –aprovechando que aquí tengo wifi las 24 horas del días– por los diarios y suplementos y resurge el mal humor, el sarcasmo. No por la exageración en el homenaje a Gabriel García Márquez, previsible por el perfil del escritor, sino por algunos artículos literarios. Leo a Marta Sanz, que hace el elogio de un escritor al parecer excelente y menos desconocido que orillado por las modas literarias españolas (es verdad que ese Viaje por las Hurdes es bastante conocido entre los aficionados a la fotografía por la firma de Oriol Maspons). Hasta ahí bien, pero luego llega el sermón de la montaña, que a estas alturas resulta cargante: “López Salinas fue un hombre político, un militante, que instrumentalizó la literatura con el propósito de cambiar el mundo. Una posición tan legítima -o más- como la de los que escriben pensando que los libros son un juego, que no sirven para nada y que cualquier otra opción resulta un acto de mesianismo.”  Dejando al margen al escritor al que se refiere, no deja de chocarme el tópico que asocia “viejo comunista” o “veterano comunista” a personalidad íntegra e insobornable. Olvidemos todos los gulag, olvidemos el papel de los comunistas durante la guerra civil española, olvidemos a los Castro, las purgas, las persecuciones a homosexuales por desviacionistas, también las decepciones de quienes fueron fervorosos pro-comunistas (de Gide a Camus pasando por Edmund Wilson, John DosPassos, Octavio Paz…), borremos de la mente a Enver Hoxha de la Albania comunista, la Rumanía de Ceaucescu, a Corea del Norte y quedémonos con ese yo ideal que ha quedado solidificado en la imagen de un viejo luchador. Esperemos –como yo espero ese rayo de sol que no llega mirando por la ventana de un cuartito de hostal que da a un triste patio de luces de paredes blancas con las huellas grises de ventanas clausuradas– el advenimiento del comunismo para resucitar todos, transfigurados en personas íntegras, dignas e insobornables. Siempre me pregunto, cuando leo a quienes se declaran comunistas publicando en editoriales dirigidas por vástagos de la burguesía, o en diarios financiados por tiburones americanos, cuánto tiempo iban a tardar en declararse disidentes y huir al exilio denunciando, escandalizados y con mucho estrépito, la encarnizada censura y los “atentados continuos a la libertad de expresión”.

Luego leo la Papelera de Juan Palomo, pero como nunca cazo qué tiene de interesante su rumorología, lo dejo correr y paso a IE, que termina hablando del mérito del escritor en términos no sé si bélicos o de seducción: “riesgo y conquista”. Y, claro, desde aquí, a la espera de ese rayo de sol, también metafórico, me da por preguntarme qué riesgo han corrido nunca esos escritores e intelectuales españoles a los que elogia o cita recurrentemente –Torné, Jordi Llovet, Gopegui, Magrinyá– y añado de mi cosecha otros, desde Laura Freixas a Jordi Carrión, Menéndez Salmón, Antonio Monegal, Vicente Luis Mora, Cristina Fallarás, etc. Siento verdadera curiosidad por saber qué riesgo ha corrido en sus vidas cualquiera de ellos que justificaría presentarlos como referencia sistemática de nuestras letras.

Al hilo de este escepticismo, leí en La Vanguardia un artículo de Laura Freixas insistiendo –con el pretexto de la ley del aborto de Gallardón– en la carencia de… en este último caso, falta de novelas españolas que hablaran de la maternidad. Si leyera más a sus coetáneas, habría dado con Algo se ha roto, de Eugenia Kléber, con la primera de Paula Izquierdo, La vida sin secreto, las dos del 97 y en editoriales conocidas y un largo etcétera. Claro que considerada la solidez del “armamento teórico” que utiliza y lo restringido de su “campo de investigación”, lo mismo da que las lea (que nos lea) o que no.

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Jose. around 18 años. Foto: Ros Ribas

Y es que ese artículo precisamente, donde se habla de buenas y malas madres, y de mujeres sin hijos –pero no de madres que tienen hijos de los que se ocupan canguros y criadas–, me trajo a la memoria un episodio del todo olvidado. A los 16 o 17 años, siempre en pro de mi independencia económica, solía poner anuncios en La Vanguardia ofreciéndome a cuidar niños (lo curioso es que eso lo hacía yo y no mi gemela). Por supuesto, siempre llamaba algún depravado que sacaba a relucir su niño interior, y al que bastaba con colgarle el teléfono para torear el disgusto. De ahí me salió un trabajo de un par de semanas o tres en un cámping de Castelldefels –el más caro, que no sé si era La Ballena Alegre o La Tortuga ligera, me río solo con recordar los nombres–. Se trataba de ocuparme de un niño de dos o tres años, pasar el día con él, pues los padres, sudamericanos, hacían vida de noche y recuperaban fuerzas durante el día. Era una tienda de campaña tipo casa mediana con sus piezas separadas, etc., y mi difícil tarea consistía en pasar el día en la piscina con el niño, un encanto todo sonrisas y abrazos, procurar no pillar una insolación, alimentarnos regularmente, mantener aseada la zona común de la tienda (6 m2), hacer las siestas pertinentes y no trasnochar para darle la leche a sus horas. La pareja –en los 30– me explicó que vivían en Castelldefels durante el año pero necesitaban algo de aire en pleno verano. Él tenía una beca poslicenciatura de ciencias que era claramente insuficiente –como me tocó saber cuando fui a la universidad– por lo que la mujer –de esas que pasan por guapas más por el carácter que por el físico– trabajaba de noche en un bar. Con los días, como no era yo una chica que se chupara el dedo, detalle a detalle llegué a estar segura de que trabajaba en un bar de alterne, cualquiera de los que puntuaban la carretera a Barcelona. Hacia las cuatro de la tarde, se preparaba para marcharse y yo la veía dudar ante el perchero atestado de ropa. ¿Qué me pongo? ¿Qué me pongo?, hasta elegir cualquier trapo vulgar y muy colorido; una de esas tardes, convencida ya de que mi intuición no fallaba, me levanté de la silla-cámping y le señalé un vestido más elegante que la mayoría. “Ponte este”, le dije. Dudó primero pero  terminó poniéndoselo. Se dio cuenta de que yo había entendido de qué iba la historia pero no añadimos nada. Al día siguiente, me dijo que le había ido muy bien con el vestido. A esas alturas, por libros y por películas, yo suponía que un hombre que paga a una mujer bien por beber con él o por irse al catre, prefiere no darse cuenta de lo que está haciendo y que el atuendo más elegante que menos de la mujer ayuda a mantener el “despiste” y favorece el cambalache. Dentro del mismo argumento, me figuro que ese sacrificio por un futuro mejor de la familia jugaba a favor del marido, del buen sueño del marido. Supongo que las preguntas que suele introducir Freixas: ¿Era una buena madre? ¿él era un buen padre?, ¿qué clase de madre es la que…?– se ven desbordadas aquí por un sinfín de preguntas, más pertinentes cuanto más nos alejamos del canon de la burguesía progre-bienpensante.

Y como hay sol, salgo rauda.

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2 comments

  1. José Luis Moreno · abril 22, 2014

    La historia del camping es magnífica. En tus manos podría transformarse en un gran relato.
    Y, sí… La playa es preciosa, pero no se te ve…
    JL Moreno-Ruiz

    • Liu · abril 22, 2014

      hola, José Luis,
      aquí, nublado pero me tratan muy bien… algo es algo.
      Curiosa historia, sí… me acordé hace nada, también al ver un álbum de fotos, donde salía el niño con su sonrisita. Parece mentira cómo mientras estamos empeñados en mirar hacia adelante, por trabajo y demás, olvidamos episodios significativos, incluido el de los fotógrafos y la actriz porno, que sin embargo determinan muchas de las decisiones que tomamos visceralmente. Que tengas buena Resurrección!

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