EJERCICIO PARA COMPARATISTAS: BÉRTOLO versus ROJAS o… ¿Cuba padentro o pafuera?

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Compárese el artículo que Constantino Bértolo, editor literario que acaba de apearse del grupo Patapám-House (cambia tan a menudo de nombre y de socios este mega-grupo que no me atrevo a poner ninguno, por si entretanto termino de escribir este post vuelve a casarse con otros socios y cambia de nuevo) publicaba en el diario cubano y castrista La Jiribilla, “Acerca de la edición sin editores y el capitalismo sin capitalistas” con el ensayo que publicó en Anagrama el historiador cubano Rafael Rojas, El estante vacío. Rojas, del que ya he hablado aquí, es, no podía ser de otro modo, un disidente, un exiliado que lleva años en México.
Por resumir al máximo, el artículo de Bértolo describe el funcionamiento del mundo editorial dentro del sistema capitalista, haciendo especial hincapié en todos aquellos elementos en los que no se repara y forman parte del perverso funcionamiento del sistema en cuestión. El párrafo clave sería:

«Desaparecido el poder de los púlpitos, generalizada una enseñanza ideológicamente neutral (es decir, afín a la ideología dominante) y derrotados y amordazados (económica e ideológicamente) los proyectos anticapitalistas, la producción de necesidades es hoy controlada por el poder directo o delegado de los mercaderes que ha logrado insuflar su alma mercantil hasta lo más profundo de las subjetividades colectivas: la existencia es el mercado, solo el que consume existe. Agradecidos al sistema que nos concede el privilegio de ser acogidos dentro de él (explotados se decía antes) producimos las mercancías que dan sentido a nuestras vidas: objetos, enseres, viviendas, programas, músicas, viajes, libros. Toda una cultura.»

Anoto al paso que este diagnóstico difiere apenas del que hacían los intelectuales italianos en los años 70. Como atribuyo no a los gobiernos sino a las decisiones personales de individuos adultos el estado de la enseñanza media y universitaria, de la recepción de la cultura, también del entretenimiento –es decir, a la desidia de grandes grupos de personas básicamente interesadas en su propio confort–, me parece un planteamiento erróneo y erróneamente pesimista la realidad que describe C.B. en párrafos como este:

«Sin enemigo a la vista, el sistema se siente lo suficientemente fuerte para no necesitar más legitimidad que la que él mismo genera y vértebra. Al tiempo, su propia lógica de expansión le lleva a uniformar todos los mercados posibles, a saltar todas las aduanas y a imponer a los estados las regulaciones que beneficien a su lógica dominante: todo es susceptible de comercio, todo es para ser comercio. Desde esta perspectiva el asalto a los reductos de la cultura no es ni lamentable ni condenable: es inevitable. La industria cultural invade el campo de la cultura que se había hecho la illuso de estar viviendo otra vida, y, de la integración resultante, se desprende un nuevo sistema de actividades: la industria del entretenimiento y el ocio.»

Mi objeción va en el sentido de no aceptar ni esa perspectiva ni esos diagnósticos. Creo también que mezcla conceptos que deberían definirse antes (humanista…). Me pareció hace ya unos 10 años que la crisis estaba en las personas, gente de letras, profesionales treintañeros, cuarentañeros, que estaban esperando que llegara de fuera el cambio sin dar, por su parte, respuestas radicales a una situación que, según aseguraban, les descontentaba. Hipnotizados, además, por imágenes publicitarias para la construcción del yo, so so cool; la mayoría no vacilaron nunca en elegir, en hacer notar, su (pequeño) poder en toda ocasión posible. Aparte, como es tan grande la contradicción entre los discursos y los hechos de la mayoría de analistas –incluida la contradicción de Bértolo construyendo una editorial pobre dentro de una editorial megarrica para devolverle el servicio alimentándola a continuación con sus mejores “jóvenes presas”–, el análisis debería incluir justamente esa coherencia entre los hechos y los dichos.

El estante vacío, análisis de lo que se lee y no se deja leer en la Cuba castrista, publicada por Anagrama, también recoge, como es habitual en Rojas, el testigo de la literatura del exilio creada por las sucesivas generaciones de la diáspora. Es una relación del vacío histórico e intelectual creado por la dictadura castrista en contraste con esa cultura desubicada y sin territorio del exilio. Por supuesto, que cada cual podría señalar los estantes vacíos de este país y, sin embargo, más discutible me parece lo que se dice y qué opiniones se consideran legítimas para hablar de lo dicho y publicado.

No sé por qué, en un ataque de fastidio e ironía al leer algunos de los discursos de Bértolo abundando en sus consideraciones fatales sobre el sistema que le va a pagar la pensión, me lo imaginé instalándose en Cuba. Maldades. Por cierto, atentos a la réplica de Iturbe, director de Queleer, o al artículo de Rafael Reig (que justifican por sí solos todos los discursos antisistema).  Vi la luz mientras seguía uno de los capítulos de la tercera temporada de The Wire, cuando un viejo y rozagante policía que está a pocos meses de su jubilación pone patas arriba su zona, legalizando prácticamente el comercio de droga, dice algo que me hizo pensar que la mayoría de gente desgrana discursos que nada o muy poco tienen que ver con su realidad, y que las palabras de ese policía decepcionado por su derrota al cabo de los años contra el gran e imparable mercado de la droga son las que debería haber pronunciado Bértolo en su despedida: aceptar el fracaso pero celebrar al terminar el día –al terminar su carrera en su lucha contra el tráfico de estupefacientes del entretenimiento– que ninguno de sus hombres –de sus escritores– hubiera muerto. Prudencia y humildad antes que el hara-kiri en barriga ajena (la del empobrecido escritor).

Pensadlo. A esta alturas, cuando veo a tantos veteranos editores me digo que su carrera está construida sobre los cadáveres de cientos de auténticas vocaciones de escritores, no siempre malos. Sus pasos afelpados sobre todos esos discursos que por tantas razones no llegaron a cuajar. Y la cháchara de los editores, y los viejos editores coronando a escritores cuyos libros escribió otro.

Hace más de diez años que el discurso y las figuras del discurso deberían ser otras. Y no lo permiten.

cuba-malecon

copyright: Dan Hallman – El Malecón, La Habana

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