Respuestas a un cuestionario, en El Trujamán del Instituto Cervantes

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EL TRUJAMÁN – Instituto Cervantes

El año pasado se puso en contacto conmigo, a través de la lista de la asociación de traductores literarios de Francia, una estudiante de segundo curso de «Licence» de Español en la Universidad de Burdeos. Enviaba un cuestionario detallado con preguntas sobre el oficio de la traducción, de forma que si conseguía respuestas de al menos cinco profesionales obtendría un panorama verosímil.

Empezaba preguntando si trabajo como autónoma o bien como asalariada de alguna empresa pública o privada. Continuaba por los idiomas de los que traduzco y si tengo alguna especialidad. A continuación, pedía la descripción de un día típico de trabajo, pregunta a la que se sumaban más adelante otras sobre la viabilidad de organizar libremente la jornada de trabajo y la posible conciliación o no con la vida privada. Naturalmente, solicitaba algunos consejos destinados a un joven aspirante a traductor y quería conocer los aspectos negativos del oficio y sus principales alicientes. Curiosamente, dejaba para el final las preguntas personales: por qué elegí ser traductora; formación académica y cuántos años llevo en la brecha. Las preguntas de orden «técnico» aludían a herramientas, programas informáticos específicos u otros apoyos a los que recurro o no; si mantengo relación con el extranjero y el tipo de cliente que me confiaba sus textos.

No olvidaba preguntar por las cualidades que considero indispensables en un profesional y, por supuesto, traía LA pregunta sobre el volumen de ingresos percibido, conservando el pudor de no reclamar cifras precisas. Tal vez la pregunta más interesante fuese si mis expectativas acerca de esta profesión se han cumplido.

En mis respuestas, ofrecí mi punto de vista comparando la experiencia tan distinta que supone trabajar con editoriales españolas o extranjeras, francesas casi siempre.

Así, respondí que mis expectativas no se han visto cumplidas, no porque en algún momento soñara con tocar con los dedos algún tipo de gloria traductoril, sino, de un lado, por la pérdida de peso de la cultura francesa en España, que implica una reducción de títulos y la mayor competencia entre traductores de este idioma; de otro lado, porque la selección de autores se atiene a esa homogeneización del gusto, fruto en parte de la globalización económica, que ha conllevado un recorte del nivel de complejidad y de interés de los textos. Los grandes en lo literario —Pierre Michon, Patrick Modiano, Pascal Quignard, etc.— y los grandes en ventas —Houellebecq, Beigbeder, Nothomb, Gavalda— puede que no lleguen a veinte cada año, incluyendo los premios Femina o Goncourt, el revival de algún clásico tipo Boris Vian o el bombazo de la temporada. En ensayo, que es el género que prefiero traducir, ocurre otro tanto y, según veo, lo mismo sucede con la cultura italiana.

Sin embargo, la mayor decepción de mis expectativas resulta de ese romanticismo que nos lleva a creer, en la primera juventud, que la vida es un progreso continuo. Hablo sobre todo del nivel cultural en el sector. No comparto la convicción de tantos que aseguran que vivimos una especie de caída del Imperio romano y todo se ve devorado por la cultura del entretenimiento. La llamada burbuja literaria significó traducir y retraducir a decenas —¿cientos?— de autores interesantes y nos puso en contacto con prácticamente toda la literatura occidental, incluidos territorios minoritarios. En mi experiencia como traductora, con editoriales de Barcelona, el mayor nivel cultural de los lectores de profesiones ajenas al mundillo literario contrasta, por desgracia, con un drástico descenso del nivel intelectual de los editores. Como a menudo se trata de editoriales especializadas fagocitadas por un gran grupo, me encuentro con jóvenes editores sustituyendo al editor que vendió su empresa, cuya especialización es distinta de la que asumen en el departamento. Muchas veces tampoco conocen el idioma —francés, italiano— de los libros que encargan traducir y los nombres de los autores devienen marcas comerciales —un Foucault, un Barthes, un Touraine—, conocidos a lo sumo como respuestas para un Trivial Pursuit. Inútil entonces comentar nada acerca del texto traducido, pues ellos actúan de meros distribuidores de trabajo, obligados a cuadrar entregas y salidas de los títulos. Consideran que su autoridad reside en tener la última palabra y, alegando falta de tiempo, no permitirán revisar las correcciones. Toca cruzar los dedos y encomendarse a Dios o al diablo.

Podría decir que el cuestionario gira en torno a dos temas: cómo introducirse en la profesión y cómo mantenerse. Creo que la joven universitaria olvidaba la cuestión esencial: cómo salir. En el oficio de traducir, como en todo, parece imprescindible tener un plan B. Pues no tiene sentido entrar en un sitio sin conocer la puerta de salida.

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