Los escritores pobres… y los pobres escritores

Casa-almeriense

Cabo de Gata, casa típica

Me llama  la atención en las últimas semanas la constante referencia de escritores relativamente establecidos –es decir, con varios  libros a sus espaldas en editoriales de primera fila– a la penuria económica que les acecha, si no es que están instalados ya en ella. No sólo en las entrevistas que ya he mencionado a Menéndez Salmón y a Elvira Navarro, también se alude a la “ruina” en el largo y denso artículo que Francisco Solano publicaba en Microrevista, con el título Sobre un tablón podrido o el caso del escritor rechazado (carta a una editora). Literariamente, por lo que tengo leído de ellos, no tengo afinidad con ninguno de los tres; ni animadversión, dicho sea de paso –al contrario de lo que expresaba P. Pron, quien confesaba en su blog no estar dispuesto a leer más a los dos primeros; mis medidas antitóxicas tienen otros objetivos.

Lo que me llama la atención es que se dé como un hecho natural lo que no lo es de ninguna manera, desde mi punto de vista. Menéndez Salmón y Navarro publican en dos grandes corporaciones, aunque sea bajo alguno de su sellos literarios, Seix-Barral y Literatura (Penguin-Random House?), respectivamente. Los dos grupos –Planeta y PenguinRH– tienen dinero a espuertas para pagar a un buen puñado de pequeños escritores literarios –pequeños en cuanto a tirada y ventas–. Si Juan Goytisolo presumía hace tiempo de no envidiar la posición de Pérez-Reverte asegurando que el dineral que el maestro de espadachines mueve servía para pagar las tiradas ruinosas de sus publicaciones literarias, éste es un momento perfecto para recordar esa máxima, de modo que el dinero que entra con María Dueñas, Zafón, Julia Navarro, etc., en Can Planeta, y el dineral de las 50 sombras de Grey bien puede servir para calmar la angustia de sus apuestas literarias. Evidentemente, no estoy diciendo cómo deben gastar estos grupos su dinero sino señalando que los mensajes que nos transmiten los escritores pierden su sentido inicial y adquieren otro en función del contexto.

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Las Presillas, Cabo de Gata

Uno de los hechos más llamativos del presente –entre tantos y tantos hechos llamativos– es la ingenuidad de las observaciones políticas de la mayoría de escritores (todavía) jóvenes, que deduzco están en la órbita de lo que se da en considerar izquierda, aunque ya casi no sabemos qué es “eso”. Hacer determinadas manifestaciones patéticas, sugiriendo que los escritores son como el común de los curritos y pasan apuros, pese a lo cual perseveran en su arte, es hacerle el juego al mismo sistema que creen denunciar. No sabemos si cuando se recupere un cierto nivel de prosperidad estos autores serán premiados de algún modo o, al contrario, serán relegados a las cunetas por esa condición misma de escritores de bajo coste y bajas ventas y sustituidos por perfiles acordes a las modas que vayan llegando. Es decir, que para ser prácticos, uno es consciente de que es utilizado por el sistema y calcula en qué medida como escritor usa al sistema a su favor. Pidiendo contrapartidas a cambio de adelantos bajos, supongo. Como doy por hecho que no son personas tan ingenuas como parecen, entiendo que desvían la reivindicación política que duele –el uso que hacen  las grandes editoriales de determinados perfiles de escritor– hacia un terreno más abstracto y convencionalmente fijado ya –el mercado, los lectores distraídos, la crítica inepta–.

En relación al enjundioso artículo de Francisco Solano, al margen de que me extraña que llegue a una conclusión “cataclísmica” –que diría Bowles– por lo que diga una editora –me imagino cuál–, por más importante que sea, vuelve a extrañarme que los escritores, incluso los buenos como Solano, caigan en  la trampa de considerar que algo definitivo y definitivamente fatal respecto de su futuro como escritor depende de un editor o de un agente. El plagio y el alzheimer son peores enemigos.

Como creo que la crisis que ahora está en su apogeo arranca de finales de los 90, cuando se produjo lo que yo llamo El Gran Desembarco Pijo en las editoriales –y no hace falta explicar en qué ha consistido porque es lo que comemos, también literalmente, desde entonces–, me sorprende que Francisco Solano exprese el mismo desconcierto o decepción que hace quince años. No conozco su situación, pero me figuro que al correr de los años todos los que no somos tontos –y especialmente los que no somos tan tontos como gusta al sistema editorial y literario de aquí– hemos entendido ya si nos van a dejar o no hacer lo que se entiende por “una carrera literaria” según creíamos al empezar. Y más cuando todos los días, todos los años, vemos cómo se promueve a éste o a aquella y se boicotea a ésta y al otro. No he podido evitar acordarme, al leer el artículo de Francisco Solano, de su novela, Rastros de nadie, que publicó Siruela en 2006, porque en el capítulo final el protagonista se esfuma y entonces me recordó a la escritora Mercedes Soriano, que hizo en la realidad ese mismo recorrido y, cortando con todo, se marchó a vivir al Cabo de Gata con su familia. Soriano fue en los 80, por lo visto, todo lo que se podía ser estando en la cresta de la ola y descontenta con la “traición” de los socialistas a sus principios –que les llevaron al gobierno arrasando en las urnas– se marchó. No llevó una vida de eremita como a algunos les gusta sugerir ni creo que ninguna decisión que se tome en respuesta a las premisas del “sistema” deje de ser favorable a ese sistema, que siempre ofrece espejos deformantes. Inútil y estúpido, pues, mirarse en ellos.

Ayer mismo, caminando por mi (todavía estupendo) barrio, me decía cómo puede ser que haya tantos escritores españoles que se plieguen al Dogma Lara, a la dictadura Planeta, cómo puede ser que alarguen la mano y tomen el dinero. Cómo puede ser. Pero es. Y es lo que hay. Que no hay escritores puros, que todo lleva su servidumbre, responderán otros. La penuria es una de esas servidumbres. La ansiedad, la falta de horizontes, de confianza. Sí, desde luego. Es el discurso de los cínicos. Los auténticos reyes del mambo.

Desierto-de-Almería-(satura

Desierto de Cabo de Gata, Almería

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