La pared rosada, Marrakech (Paul Bowles)

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Hotel Kenzi Menara en Marrakech, Marruecos

Leyendo el fragmento que sigue me acordé de una de las fotografías que hice en Marrakech, hace muchos años, durante el viaje de 23 días por Marruecos en furgoneta. Era mediados de septiembre. Hacía una calor pesadísimo; a mediodía nos adentramos por un barrio fuera de la kasbah. Me llamó la atención el color de las paredes y saqué la Pentax K1000 para hacer una foto. Uno de los chicos del grupo exclamó al verme: “Pero ¿qué fotografías?” “La pared. Es de color rosa” contesté. Qué pensó, no lo sé, era de los que iban “a ojo descubierto”. El color era distinto del anaranjado ocre de las fortalezas del desierto, y del rojizo en las fachadas de Venezia. Acostumbrada a que me tomaran por chalada por fijarme en estos detalles, seguí con lo mío. Supongo que escanée la foto, pero no la tengo archivada en las carpetas (un poco cutre en cuanto a calidad de escaneado, es verdad); reproduzco entonces la de un típico hotel de lujo que adopta el “color local”, nunca mejor dicho.  Otras fotos, tomadas en las diferentes etapas de la ruta, presentan buena calidad una vez pasadas a papel desde la diapositiva. Abajo, en Volubilis, entre ruinas conservadas para el turismo. Menos que cara de éxtasis ante la belleza del paisaje y los restos de la civilización romana, recuerdo estar pensando si saldría bien la foto, pues el que la hizo no tenía ninguna traza con las cámaras -. Y así salieron deformadas las proporciones, perdida entre arcos y vías romanas, de arco de triunfo a arco de triunfo…

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Kasbah y oasis

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Mercado en la medina

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Volubilis

«Marrakech es una ciudad que cubre grandes distancias, plana como una mesa. Cuando sopla el viento, barre el polvo rosado del valle hasta el cielo y oscurece el sol, y toda la ciudad, que han pintado con una aguada hecha con la misma tierra rosada sobre la que descansa, brilla roja en la luz cataclísmica. Por la noche, desde la ventanilla de un automóvil, no es muy diferente de una de nuestras ciudades occidentales: las farolas se extienden varios kilómetros en líneas rectas por la llanura. Sólo de día puede verse que la mayoría de esas farolas no iluminan sino tramos vacíos de palmerales y desierto. Con los años, se ha dispuesto que los automóviles y los carruajes tirados por caballos, aún muy abundantes, puedan circular por la periferia de la medina, pero hay que ser valiente para entrar en coche en el laberinto de callejones sinuosos, repletos de porteadores, bicicletas, carros, burros y simples peatones. Además, la única forma de ver algo en la Medina es caminar. Para estar de verdad presente, hay que tener los pies en el polvo y ser consciente del olor caliente y polvoriento de las murallas de barro junto al rostro.» Desafío a la identidad, Paul Bowles, p. 149 (trad. de RR Rosa y Nicole D’Amonville)

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