Y tú, ¿qué clase de adicto eres?

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Paul Bowles

Escribo este post al hilo de la lectura del  libro de viajes de Paul Bowles, Desafío a la identidad (en Galaxia Gutenberg) y de la muerte por sobredosis de heroína del actor Philip Seymour Hoffman, pero  no sólo. Bowles plantea una muy interesante oposición entre las culturas del alcohol, como las occidentales, y las culturas del kif, las árabes y africanas. El alcohol, dice, dispone a la excitación, a un tipo de euforia y a un sentimiento de extraversión y de “masa colectiva” mientras que el kif provoca el aislamiento, el repliegue. Un sistema político y económico basado en el comercio y en cierta compulsión se siente inclinado naturalmente a rechazar el kif pues resulta más fácil manejar a una masa que a un grupo de individualidades aisladas. Existe, entonces, un interés en demonizar el consumo del cannabis y a considerar inocuo y de carácter social el consumo de alcohol.

Lamentablemente, no puedo hablar en nombre de ninguna de estas dos culturas en apariencia opuestas pues, aunque, como sabéis los que me leéis con alguna asiduidad, existían ciertas expectativas de que yo terminara convertida en una borrachuza en muy breve plazo de tiempo, dada mi irrefrenable afición a tomar aperitivos con alcohol, he defraudado tan halagüeñas ilusiones sobre mí y ahora se me recrimina que mis adicciones oficiales –café y alcohol– son de tan baja intensidad que, también en este punto, no soy  más que una impostora… (¡señor, señor, lo que hay que aguantar!)


I’m drinking again… with Dinah Washington

Años atrás tenía un amigo modelo de agencia que, para obtener masa muscular y mantener el peso sin perjudicarse la salud, según exigían los cánones del modelaje, se sometía a unas dietas estrictas y extravagantes, que en mi opinión harían las delicias de cualquier santo medieval –la dieta de la piña y el pollo, o arroz blanco con esto pero no con aquello– y que me hacían sentir sórdidamente despreocupada, por lo que yo meditaba mi sospecha en voz alta: «Tanta salud es perversión».

Estos días, con la muerte de Seymour Hoffman me han llamado la atención las noticias –traducidas de diarios americanos– sobre el repunte del consumo de heroína. Explican que a falta de determinados opiáceos muchos se han decantado por consumir heroína, pues se ha abaratado, etc. Surgen preguntas al leer estas noticias: si no entiendo mal, los médicos recetan menos qué, ¿menos antidepresivos? y eso ¿por qué?, ¿porque la gente no puede pagarlos? Y después de crear la adicción a esos medicamentos de precios artificialmente altos, se retiran del mercado y la gente se lanza a consumir sustitutivos ilegales pero accesibles… como la heroína, como este y aquel derivado. Se nos informa en un tono de aplomo y naturalidad que han entrado en el país tales cantidades de heroína, que las aprehensiones de cocaína han alcanzado no sé qué nivel récord… En definitiva, parcelas de información, parcelas mínimas de realidad.

Al morir en tales circunstancias Seymour Hoffman, parece que queda al descubierto el lado oscuro del personaje (sorprende cuánta gente lo vio hecho polvo, le sacaron fotos con móvil y nadie le preguntó ¿cómo estás?)  Al respecto, me acuerdo de que mi amigo el modelo  sentía que no encajaba en Milán, cuando se marchó a vivir su aventura italiana, porque en las fiestas organizadas por la agencia se negaba a consumir cocaína y todo lo que ponían en circulación. Entrar en el rollo del consumo era el santo y seña del grupo–. No parece que sea tan siniestro que los médicos de cabecera hayan estado durante años recetando antidepresivos como si se tratara de caramelos con avellana, o que ahora la seguridad social no tenga pasta para dar prozac a todo el mundo y los médicos estén recomendando –a buenas horas mangas verdes– al personal que camine, ¡que haga deporte! ¡que medite!

Lo maravilloso de este asunto –que si el cannabis, que si la cocaína, que si el alcohol, el prozac o la heroína– es que viene envuelto en un festival de consideraciones ideológicas más o menos camufladas, casi siempre vinculadas a una idea de fracaso individual, a una necesidad de controlar nuestra imagen social, por lo que es preciso paralizar, neutralizar y anestesiar en nuestro organismo aquello que nos desnude en nuestra vulnerabilidad.  Por eso, no dejo de recordar últimamente que en ese periodo en que se me llamó “bastarda”, o se insinuó que era anoréxica… “hasta que te he visto comer, pensaba…”, lesbiana… “no va con hombres”, pero también se dijo que todo lo conseguía “gracias a los hombres” —aquí, Mata-Hari, de Gracia Town, al servicio de su graciosa majestad–, también, el inefable Munné me preguntó ¡si me pinchaba!, en pasado, claro, por haber utilizado yo la palabra  “subidón” en referencia a no recuerdo qué tema de trabajo. Asombrada por que alguien pudiera pensar que yo había sido o era heroinómana, repliqué que a qué venía semejante pregunta. Porque estaba muy delgada, respondió.

¿Tan delgada como Philip Seymour Hoffman? preguntaréis. Un poco más delgada que él…

Al margen de que si me preguntaran algo así hoy, respondería que de tener la destreza manual que exige (supongo) manejar una jeringuilla y todo el potingue, los grifos de mi casa los habría arreglado yo, podría ahora añadir consideraciones, dudas, pues me parece incompatible con el consumo de heroína practicar deporte y realizar un trabajo que exige precisión, concentración y memoria. La cosa es que al no estar familiarizada con el “sector heroína”, de esa pregunta me fascina cómo lo raro  –el estrés agudo– en ciertas personas –entiéndase, no pijas, sin el pedigrí de presumir de ser ex de tal escuela progresista, de tal apellido conocido, y sin un vínculo familiar tranquilizador– se asocia a la degradación, a lo abyecto (aunque habría que adjudicar los adjetivos a la inversa). Al mismo tiempo que se contempla con regocijo el disfrute deseado-indeseado de esa degradación: puedo asaltar e insultar ese cuerpo porque ya está degradado. Una degradación que es, por supuesto, social. Pero, claro, una heroinómana secreta… qué se supone que sería mi adicción: ¿una manera de superar y ocultar la vulnerabilidad o su origen? No consigo entender por qué no aseguraron también que era yo judía y negra …

Para conectar el tema con lo literario, me he acordado de un ensayo, La expresividad del cuerpo, de Shigehisa Kuriyama, cuyo epígrafe dice todo de su asunto: “y la divergencia de la medicina griega y china” (en Siruela), donde se reflexiona sobre las consecuencias de la mirada que estas culturas dedican al cuerpo: como un todo conectado, la escuela china, por partes, la griega.

También esa diferencia explica, me parece, la necesidad que se da en nuestra “cultura” de histerizar los comportamientos, la necesidad del aspaviento: esconder el dolor y la duda (Seymour Hoffman) para terminar exhibiéndolo; prohibir para traficar, con la droga y con los sentimientos; denigrar para gozar clandestinamente de lo denigrado… es nuestro pan cotidiano.

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Philip Seymour Hoffman

Lo abyecto es aquello que perturba una identidad, un sistema, un orden. Aquello que no respeta los límites, los lugares, las reglas. La complicidad, lo ambiguo, lo mixto. Todo crimen, porque señala la fragilidad de la ley, es abyecto, pero el crimen premeditado, la muerte solapada, la venganza hipócrita lo son aún más porque aumentan esta exhibición de la fragilidad legal. Aquel que rechaza la moral no es abyecto – puede haber grandeza en lo amoral […]. La abyección es inmoral, tenebrosa, amiga de rodeos, turbia: un terror que disimula, un odio que sonríe, una pasión por un cuerpo cuando lo comercia en lugar de abrazarlo, un deudor que estafa, un amigo que nos clave un puñal por la espalda…»[Julia Kristeva, Pouvoirs de l’horreur;  traducción castellana de Nicolás Rosa // edición original en francés: Seuil, París, 1980.]


 

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