“Por amor”, en El Trujamán del Instituto Cervantes (o “A chucho flaco todo son pulgas”)

keep calm and translateLa máxima de mínima probabilidad

Advertencia: un memo ha utilizado este post para asegurar en un foro que los psocialistas no pagan a sus trabajadores. Es una manera interesada y torticera de leer lo que aquí he escrito. 1) Si las correctoras no cobraron por este trabajo es porque debían de tener algún lazo de amistad con el editor, y supongo que él las compensó de algún modo. Dada la relación que tienen con instituciones, algún viaje internacional pagado con nuestros impuestos les caería. 2) Creo que esas correctoras se burlaron más del editor que de mí al hacerle creer que estaban cualificadas para la tarea y que no contaban con que yo me negaría a asumir gratis un trabajo que no me corresponde. 3) La crítica a la política del PSOE no puede resumirse en un artículo. 4) El uso que hacen del dinero las editoriales “de izquierdas” subvencionadas por el Estado o por fundaciones de partidos merece un análisis más serio del que yo podría hacer ahora. 5) Si creo, como tantos, que los socialistas españoles son una estafa, es porque hacen políticas burguesas: el memo de derechas que ha enlazado este artículo reconocerá, en definitiva, a sus iguales. 6) Los que me hicieron mobbing en el piso son catalanets de CiU y PP. 7) Soy yo quien decide dónde estoy políticamente, no cualquier desconocido que se asome por el blog

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El libro al que se refiere este artículo es La travesía del libro, la autobiografía del gran editor francés Jean-Jacques Pauvert;su editor en España, Manuel Ortuño. Resulta increíble que pueda ocurrir algo así, pero para mí se ha convertido en el hecho habitual: el elemento más débil de la cadena de producción, en este caso yo, ha de cargar con el peso de subsanar, gratis, el desaguisado que varias personas que no tienen conocimientos suficientes ni de corrección de estilo ni de gramática española ni del idioma original del que se ha traducido, cometen alegre, impunemente. En esta mésaventure  resultó todo bastante seco porque el texto traducido, de 500 y pico páginas, se dividió entre dos personas, que trabajaron según Ortuño dijo, “por amor”, es decir sin cobrar. Señal de que alguien les paga la comida y todo lo que nos convierte en personas civilizadas: alojamiento, vestido, etc…. y pueden jugar a ser correctoras y editoras. Lo que a estas alturas, gracias a las nuevas tecnologías, debiera ser sencillo –corregir, consultar dudas, acordar soluciones, tener una traducción solvente leída por al menos tres personas– se convirtió en un episodio más del desastre cotidiano por la intervención de dos petulantes incompetentes.

A la desfachatez en el desastre —mucho colorín de rotulador fluorescente y un texto vuelto ilegible— se unen las especiales circunstancias en las que llevo viviendo —infraviviendo es término más preciso–, y que puede resumirse en una larga pesadilla desde 1999: mobbing en el piso, con amenazas y acusaciones falsas, daños provocados en techos, humedades, burofaxes amenazantes de los administradores (TROPOLY)… luego, obras y más obras a precios inflados en la finca por decisión de mis enloquecidos vecinos, que creyeron subirse al carro de la especulación inmobiliaria, reclamaciones erróneas de la Agencia Tributaria; más burlas y desplantes, pagos retrasados y explotación de mis editores. Un detalle significativo: a los dos tasadores que tuvieron que intervenir –uno contratado por mí, es decir, privado, y otro, de la Agencia Tributaria– les bastó con entrar en el piso para ponerse a la tarea y rectificar todos los datos a mi favor, de modo que la Ag. Tributaria asumió el pago de la tasación (600 euros). [Si necesitáis información sobre “tasación pericial contradictoria”, aquí me tenéis 🙂 ]
Ortuño, en cambio, cuando reclamé que la ingente cantidad de tiempo dedicada a restaurar la traducción había que pagarla, alegando que por esto y aquello no puedo ir regalando mi tiempo, respondió “ése no es mi problema” y que no pagaba nada. Previamente, yo había consultado con varios expertos colegas –un desastre de este calibre era insólito para mí–: tres veteranos traductores, los tres son Premio de Traducción; la presidenta de Acett: todos me respondieron que había hecho de sobras con rectificar la mitad de la traducción. Me reprochó Ortuño haber pagado una parte (15%) de la traducción por adelantado. Parecía ignorar que en Francia se paga el 30% para empezar a trabajar y que la tarifa por este tipo de textos es de 25 € por 1800 espacios, más del doble de lo que percibí yo. El contrato que firmé con la editorial era simple y sin exigencias imposibles: ni royalties elevados ni tarifa alta. En la práctica, equivale a un “tanto alzado”.

Decepcionada por mi pésima suerte, le colgué el teléfono. No voy a repetir aquí la larga diatriba que merece el asunto, pero el detalle que más me fastidia es, precisamente, la trama de relaciones: Ortuño es director de la editorial Trama, que publica la revista Trama y Texturas (que trata en exclusiva de los problemas del mundo de la edición y de su incierto futuro), de Letra Internacional y presidente de Arce (Asoc. de revistas culturales). Letra Internacional funciona bajo el paraguas de los psocialistas (Fundación Pablo Iglesias). Nada del respeto a los derechos de los trabajadores se vio en esta peripecia. Una editorial menos con la que colaborar. Son ya tantas…

No, por favor, no comparéis mi fortuna con la de Amy Martin…

Por amor…

© Por María José Furió

Escribimos un memorial de agravios no (solo) como desahogo ante colegas de la profesión sino con la esperanza de alterar algunas inercias. Una de las circunstancias que rige la profesión de «traductor español» a la que no consigo acostumbrarme es nuestra casi completa indefensión legal. Resulta casi milagroso que el proceso que va desde que se recibe el texto por traducir hasta la publicación de la versión definitiva y el cobro de la factura no esté salpicado de inconvenientes. El aspecto que puede afectarnos a la mayoría es el de las correcciones imposibles que desbaratan un trabajo de meses, donde, junto con la esmerada versión en castellano propiamente dicha, habremos medido las «apariciones» de determinados adjetivos, suavizado la presencia de los cacofónicos adverbios terminados en -mente, verificado la pertinencia del uso de mayúsculas y comprobado datos históricos, notas bibliográficas, concordancias y hasta el nombre actual de ciertas leyes.

A un fotógrafo, curtido en batallas yugoslavas y conocedor de la miserable condición de los chavales africanos encarcelados, me extrañó oírle exclamar, al saber que soy traductora: «¡Qué trabajo ingrato! ¡Y todo el lío para cobrar! Al menos, los narcos cuando no les pagan lo solucionan con unos cuantos tiros, y ahí te quedas, tú te lo has buscado, pero un traductor tiene que esperar a que se dignen pagarle». Más factible que esta alternativa radical será pelear por que se cumplan los contratos y los flamantes editores salgan de los carísimos másteres de Edición enterados de las principales cláusulas de la Ley de Propiedad Intelectual.

Sabrán entonces que los máximos y mínimos de un contrato pasan por que el control final de las correcciones recae en el traductor. A nadie se le ocurre que, al dejar su coche en el taller, el dueño encargará la reparación a su hermano, que lo ignora todo de la mecánica, sólo porque es de la familia. Sin embargo, esto puede ocurrir cuando una editorial pequeña pretende recortar costes publicando una amenísima biografía de un personaje de referencia. Muchos son los estragos que puede causar un corrector que actúa «por amor» —es la expresión utilizada por algún editor, en una acepción falsamente romántica de «trabajar gratis», pues son varias las formas en que alguien puede ser remunerado sin que medie dinero—; enumerando una parte de los que hubo que enmendar en su día: cambiar las correctas comillas latinas tradicionales [«  »], por las tipográficas [“ ”] e incluso las tipográficas simples [‘ ’]; por ignorar el idioma de la versión original, se cambia a mayúsculas allá donde las reglas del francés imponen minúsculas; se cambian sustantivos caprichosamente sin cerciorarse luego de mantener la concordancia de género y número con el artículo y el adjetivo que los acompañan; no se utilizan diccionarios ni el buscador de Google para comprobar si los datos puestos en duda son correctos, pues corrigen guiándose por la intuición.

Por no tener el original delante, innecesario ya que ignoran el idioma original, dan por erróneas palabras en apariencia peculiares pero cuyo uso el mismo autor justifica en razón del registro —jurídico, histórico—.

Este tipo de corrección trata al traductor como «sospechoso», sin poner en ningún momento en duda su propia facultad para decidir la supresión de comas imprescindibles, el orden de las subordinadas, la fidelidad al sentido de sentencias judiciales. En un volumen de alrededor de quinientas páginas, el tiempo dedicado a subsanar los errores de un corrector incapaz fácilmente puede superar las ochenta horas. Incluso aquellos traductores que cuentan con los ingresos fijos de la enseñanza pública, jubilaciones o apoyos familiares, que están protegidos de los altibajos de las colaboraciones editoriales freelance, y que por eso aceptan tarifas bajas, han de entender que frente a correcciones tan desastradas sólo hay un antídoto: el contrato.

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