El sistema (literario) garantiza la supervivencia de los suyos: Care Santos se lleva el Llull

El-presidente-de-la-Generalita_Care Santos

El sistema Planeta

Ya es difícil saber si el sistema del Grupo Planeta  no es en realidad un agujero negro –no, por supuesto que no lo es, si ahora Stephen Hawking asegura que no existen; ya sólo son metáforas– que engulle todo lo que se acerca a su campo gravitatorio. Pero ahí está: 60.000 euros del ala que van al bolsillo de Care Santos (y Montoro, sí). Hace pocos días el escritor Ricardo Menéndez Salmón –que publica en Seix Barral, del grupo Planeta– decía, según el diario El Confidencial, que se ofrecía a hacer de negro buscando garantizarse la subsistencia de un año; de la biografía de Messi, sugería él, pensando en un producto con las ventas aseguradas. Por preguntarme si haría de “negra” dejé de dirigirle la palabra a un editor soidisant independiente. En el mismo diario, la presentación de La trabajadora, la nueva novela de Elvira Navarro –escritora literaria, que publica en la también multinacional Penguin Random House (antes Mondadori)– venía con un patético titular: “Hay meses en que no puedo pagar los autónomos”. (querida Elvira, yo hay años en que no puedo pagar autónomos).

No, no me estoy burlando de Elvira Navarro, al contrario –tiene un blog muy bueno, Periferia, dedicado al tema de las afueras, que no le va a  la zaga en interés y calidad a Periferias Urbanas, del Instituto Catalán de Antropología, que no visito demasiado para no ponerme de peor humor–. Pero pienso en cómo los editores del grupo esquilman a los colaboradores: hace tres años, la editora de Paidós, Elisabet Navarro me reclamaba que bajara la tarifa de traducción –que es menos de la mitad de la tarifa vigente en Francia– con el pretexto de que para mí traducir “era fácil”.  Llegas a una edad en que has adquirido oficio, y encima tienes conocimientos de uno o varios temas, y en lugar de premiarte garantizándote trabajo, o mejorando el contrato, te piden que rebajes la tarifa. Y te lo pide la que tiene contrato, vacaciones pagadas y fines de semanas libres y durante años ha demostrado no tener, ni querer tener, idea de la ley de Propiedad Intelectual. En ese momento, hice cuentas y respondí que muy probablemente el señor Lara no iba a echar de menos los 50 euros de diferencia que suponían la rebaja de la tarifa –en un libro cortísimo– que me reclamaba, cuando la traducción estaba ya a punto de entrega. El imperio de la usura. El imperio de la banalización de la cultura (ni alta ni baja, cultura a secas).

Elvira Navarro, una escritora treintañera, refiere en la entrevista que la protagonista, por lo que parece alter ego suyo, sufre de ataques de pánico a causa de la precariedad laboral, que estrecha de manera angustiosa su horizonte personal, al tiempo que la expulsa más y más del centro urbano. Sinceramente, creía que eso de los ataques de pánico –recurrentes desde que trabajé con Antoni Munné, precisamente en Planeta No Ficción– sólo me ocurría a mí.

Antes de esa etapa, es decir desde que empecé a trabajar “en serio” a los 19 años, y trabajando en relación con otra gente, dentro de un ambiente vagamente familiar, la angustia se traducía en anemias, amenorreas que duraban un curso entero, en bajadas de tensión –la primera vez que me tomé la tensión, ya con 30 años, estaba a 4 y a 8–. El cuerpo, que suele traducir lo que no nos atrevemos a decir, manifestaba a  las claras un “me están chupando la sangre”.

Desde el 96, como ya he señalado en el último año en este blog, lo que tengo son ataques de angustia. Uno de tantos –y sólo he caído en que lo era hace unos días, al pensar en la entrevista de E. Navarro– tuvo que soportármelo Claudio López,  cuando le llamé a casa y me trató con cajas destempladas, antes de devolverme él la llamada y encontrarme en pleno ataque de angustia –comento esto porque la personas implicadas en aquel derrumbe aparecen, también recientemente, firmando artículos perorando sobre la salud mental de los ciudadanos, o prólogos y ediciones de escritores de primera fila–. Ni recuerdo por qué llamé, pues me quedé en blanco por su tono. Él, en cambio, podía llamar un primero de año a casa a felicitarme el año nuevo. La angustia tiene que ver sobre todo con lo que el sistema literario español –editoriales, prensa, medios de comunicación, autores– hace con las mujeres y cómo un determinado grupo de mujeres, de rasgos socioculturales muy similares, se presentan –y se las usa– como representantes del mundo de las mujeres en su conjunto. Para éstas, las que no formamos parte del grupo asimilable por el sistema, sólo tenemos un valor instrumental. Yo les sirvo si hago una reseña de sus libros. A aquella, demasiado guapa, se la omite escriba lo que escriba. Entre sí suelen utilizarse para hacerse eco de sus publicaciones recientes. Yo las veo como extrañas, cada vez más extrañas e incomprensibles.

El último ataque de angustia tuvo lugar este verano. Cuando me dije que no iba a poder soportar otro año como el anterior, como los diez anteriores. Que no iba a soportar la entronización como papa de las letras españolas de Chirbes, la consagración de Gonzalo Torné (qué fácil se lo han puesto!), las declaraciones de éste y aquel sobre los escritores jóvenes, etc. La angustia, dentro de un lugar cerrado, se tradujo en vómitos. Me dirigía hacia un  lugar donde hacía casi 20 años había sido, por usar una palabra fácil, “feliz” y la idea de todo lo que llevo aguantando y tragando desde hace tantos años, la perspectiva de más años soportando lo mismo de los mismos, y a los mismos, el hecho de aparecer yo como la paria, la loca, la delirante, la fracasada, la hospiciana, la explotada, la pobretona, cuando en los últimos cinco años he estado dedicada en lo fundamental a resolver asuntos prácticos y legales, me hizo vomitar y vomitar.

Algo de purgativo tuvo aquello, pues es cierto que se van confirmando mis pronósticos –¡Chirbes, el mejor escritor español! jajajajjaaja–, pero ahora me río –lástima que no haya porras, algo ganaría– pero salí de  la órbita de influencia del mundo editorial español, y miro, desde otra galaxia, este movimiento de los que quedan, tan parecidos entre sí y apareándose entre ellos para crear esta cultura oligofrénica, con fascinación, perplejidad, y asco.

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