La infancia de Jesús, de J.M. Coetzee en La Tempestad

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Sebastiao Salgado – Brasil

Está prevista para el mes de marzo la publicación de la reseña sobre La infancia de Jesús, la última novela de J.M. Coetzee en La Tempestad, revista mexicana que dirige Nicolás Cabral. Es significativo -y sintomático– que ni siquiera sus editores hayan sabido defenderla desde premisas literarias. Le habría venido bien una corrección de estilo más esmerada, que evitara errores como confundir “desecho” con “deshecho”. Pero bien, así llegan y pasan las modas. Al pobre Coetzee le toca ahora el desprecio de quienes ya no necesitan de su renombre para cortarse un traje de escritor o crítico serio. Y es que, como escribió Edith Warton en Literatura y crítica: «En cuestión de crítica literaria las modas cambian con la misma rapidez que en el vestir. No hace muchos años los críticos estaban dispuestos a considerar grande cualquier novela que fuese deprimente: ahora insisten en que ninguna novela que sea deprimente puede ser grande. Este último punto de vista es acertado en un sentido: para el lector reflexivo ninguna obra literaria de calidad puede ser deprimente». (Criticar ficción, p. 25).

Lo cierto es que al poco de empezar a leer la novela, me pareció que Coetzee me estaba explicando en qué se ha convertido mi vida desde que Mondadori me publicó La mentira, con la peripecia de ninguneo y humillación consiguiente. Porque, según dijo Wittgenstein (y me apunta en Facebook I. Antonelli), “El saber y la risa se confunden”, varios episodios me sacaron la carcajada –de un lado porque me parece una brillante reescritura de los Evangelios; de otro, porque vi mi vida de los últimos años muy lúcida y cruelmente expuesta–. El principal es ése en que Simón debe desatascar la mierda del wáter en casa de la madre de David y elucubra sobre la materialidad específica de la mierda, que no es más que mierda y en un momento dado se ve con las manos cubiertas de unos excrementos que ni siquiera son suyos. Del mismo modo, en un mundo de absurda precariedad, como lo define Simón, y rodeada de desconocidos que se expresan en un español rudimentario –ah, las nuevas generaciones de profesionales de la edición en español, catalanoparlantes y con un castellano cada vez más pobre–, que parecen aceptar dócilmente un presente sin expectativas de grandes pasiones ni entusiasmos, he tenido que ocuparme de limpiar la mierda de todos esos que un día se levantan diciendo quiero ser escritor y tienen un nombre labrado en algún tipo de farándula y los contactos para entrar por la puerta grande. Ese momento en que te descubres cubierta de mierda y sin ningún horizonte capaz de sublimar un presente de mierda. “¡Quién habría pensado, el primer día que vio a aquella joven tan serena y lozana, que llegaría un día en que tendría que limpiarse su mierda del cuerpo!” escribe Coetzee . De hecho, toda la maquinaria editorial con su nuevo star-system de especialistas en la miseria vital de hoy sí han logrado elaborar un teoría de “la caquidad de la caca”, y legitimar así el despropósito y el atropello.

Como Simón, me pregunto: «¿De qué sirve una vida nueva (la vida de escritora) si no nos transforma ni nos transfigura?».

Enlace a la reseña según se publicó en La Tempestad. Aquí

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