Estoy leyendo… Federico García Lorca en Nueva York y La Habana, de Maurer & Anderson

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Es el sueño de todo estudiante de Filología Hispánica en sus últimos cursos contar con una edición primorosa que recoja y comente la experiencia de (alg)uno de los grandes poetas de la generación del 27. Las clases dedicadas a este grupo coincidían con los albores del verano y por eso eran clases precipitadas, insatisfactorias en parte, pero luminosas, como la memoria de ese tiempo espléndido antes de la gran catástrofe de la guerra, los exilios y la vuelta imposible a una España nunca más republicana.
Empiezo a leer esta recopilación exhaustiva de la correspondencia de Lorca, que en su extensa primera parte refiere su viaje al Nueva York  de 1929, comentado al detalle en cartas a la familia. Se leen bien las cartas de Lorca, en su tono “alegría de la huerta” de Granada para los padres que envían algo de dinero para su estancia, y sensatos consejos, al hijo que saborea ya la fama y el reconocimiento internacional. Un Lorca muy consciente, además, de la necesidad de refundar el teatro español, para lo cual busca ansioso, dice, empaparse del teatro norteamericano moderno. Todo eso está muy bien. Pero es una nota a pie de página, con un sardónico comentario de Pedro Salinas en su correspondencia con otro poeta “americano”, Jorge Guillén, el que alumbra una imagen que, probablemente, me empeñaba en reprimir mientras leía, por darle cancha a mi propia nostalgia de estudiante aplicada: recibí carta de Lorca en Nueva York, en plan estudiante de bachillerato, se mofa Salinas: Nueva York está muy bien y aprendo mucho inglés. Gran Pedro Salinas.
Luego ha de llegar el viaje a La Habana.

Sin embargo, contiene, además de observaciones lúcidas sobre la cultura negra, una descripción del crack del 29 en Nueva York con su sobrecogedor impacto: amigos que se han arruinado de la noche a la mañana y banqueros que se arrojan de los mismos rascacielos que días atrás Lorca admiraba envueltos en luces rutilantes.

El comentario de Salinas me ha hecho pensar en las cartas a la madre que Arthur Rimbaud escribía desde Abisinia. Si algo tienen en común, me digo, es que a las madres siempre se les cuenta una buena porción de mentiras, las mismas que ellas instigan para componer el retrato de sus retoños. El diálogo entre padres e hijos es, pues, una ficción pactada que se agrieta con el tiempo en verdades inaceptables.
Rimbaud-au-hararRimbaud en Harar (Abisinia)

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