Dos islas o más

virgilio piñera

Virgilio Piñera

Días atrás el ensayista cubano, exiliado en México, Rafael Rojas publicaba en las páginas de Opinión de El País un interesante artículo, titulado Historia de dos islas, comentando otro firmado por el célebre cronista Jon Lee Anderson, para el New Yorker. Letter from Havana es el artículo de Lee Anderson y la reflexión de Rojas viene a cuento de  que aquel, al referirse a la literatura cubana, señala a Leonardo Padura como el autor más representativo de la Cuba actual –“Anderson personaliza el estado actual de la literatura cubana en Leonardo Padura”, dice Rojas, antes de pasar a discutir esa premisa y, de manera tácita, lo peligroso que resulta para la formación de una opinión sobre la Cuba si no actual, sí moderna es decir, futura, señalar a Leonardo Padura, autor de la serie policiaca Mario  Conde, como el autor a tomar en consideración. Añade Rojas: “Dice que Padura se ha quedado sin pares en la isla y sólo menciona como antecedente suyo a Eliseo Alberto, un escritor con el que no contrae deudas estéticas, y como interlocutores a Pedro Juan Gutiérrez y Wendy Guerra, dos autores muy disímiles y sin mayor parentesco estilístico. Por suerte, como sabemos, la literatura cubana es desde los 90 mucho más inapresable.”

El argumento de Rojas es bastante obvio desde una perspectiva hispanoamericana, es decir, familiarizada con su narrativa, pero es necesario por ser Nueva York, con su capacidad de irradiación cultural, por su propia tradición, la que con más facilidad puede introducir y consolidar ideas. Rojas no hace aspavientos, sabedor, me figuro, de que lo harán sus compatriotas de la diáspora, y no sólo autores concernidos por la omisión de Lee Anderson –buen conocedor del país–, sino a pie de blog en incendiados comentarios.

Y es que resultan muy significativos los tres nombres elegidos para “representar” la narrativa actual de Cuba. Rojas se apresura a nombrar, siquiera nombrar, a autores de lo más interesante, que por supuesto escaparon de la isla, para paliar el daño:

“La literatura cubana es un territorio diseminado por la experimentación y el exilio, el vanguardismo y la errancia. Una constelación transnacional de autores de todas las edades y estilos, memorias y duelos, de la isla o la diáspora, como José Kozer y Nivaria Tejera, Reina María Rodríguez y Legna Rodríguez Iglesias, Abilio Estévez y Antonio José Ponte, Ena Lucía Portela y Jorge Enrique Lage, José Manuel Prieto y Rolando Sánchez Mejías, Iván de la Nuez y Gerardo Fernández Fe. Para leer la nueva Cuba hay que leer a todos sus buenos escritores, vivan donde vivan.”

No sé si Padura (La Habana, 1955) es muy leído en España, pero es una figura de muy interesante. Aunque suene displicente, puede decirse que no es un escritor exactamente malo pero tampoco es exactamente bueno. El único libro que no he leído de él es, parece, el mejor, el dedicado a Trotsky, El hombre que amaba a los perros. Digo que no es exactamente bueno porque, de hecho, da igual, porque cumple una función de bisagra entre dos realidades, la de la isla y la de la diáspora, pero también entre la gran literatura del pasado y la literatura comercial. En Letter from Havana se dice que él es el indicador que marca lo que está permitido decir en Cuba: la frontera para la censura estaría en sus temas y comentarios. En la serie de Mario Conde, éste es un teniente de policía que ha vivido el descalabro de la revolución sin haber estado nunca encandilado por su utopía. Melancólico pero sin llegar a ser paralizado por la decepción, el tipo evoluciona no hacia la resignación sino hacia un pragmatismo sensualoide, fuera del cuerpo policial. El pintoresquismo, determinado por la singular situación política y económica del país, se complementa con altas dosis de erotismo lujurioso, descrito siempre con detalle se diría que pedagógico, con un homenaje a Vázquez Montalbán y los infaltables festines de gourmets entre amigos –con la gracia añadida de que la escasez de todo en Cuba convierte en un milagro el simple hecho de conseguir los ingredientes para elaborar el plato–, y la presencia de varios personajes fijos en los que el protagonista se apoya emocionalmente; sobresalen, claro está, la madre-milagrosa-cocinera y el amigo inválido tras combatir en la guerra de Angola.

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Lo interesante es cómo Padura juega precisamente con lo que se puede y no se puede decir. El mismo hecho de que su protagonista no sea muy beligerante, ni muy teórico en su alejamiento, con el régimen cubano porque prevalece el apego al país y a su historia, no impide que esa historia censurada aflore de maneras distintas. Una de las novelas más resultonas en este sentido es Máscaras, donde la investigación de la muerte de un travesti, que resulta ser hijo de un miembro importante de la “nomenklatura” cubana, lleva a conocer la cara oculta de la luna de Cuba, es decir a un “insiliado”, un hombre de teatro, homosexual, el apestado por antonomasia. Padura enlaza de forma hábil y (casi) desenfadada la Cuba reciente, de turismo y desorientación politica, con la de los años 50 y 60, con un homenaje implícito a grandes poetas, como Virgilio Piñera. Al leerlo, tuve la impresión de que no dejaba de ser una literatura de catástrofe, una literatura de la ruina y de las ruinas, en cierta forma como los platos que cocina la madre del detective, quien, con ingredientes no siempre ortodoxos, consigue que el sabor corresponda al plato inspirador.

Es una literatura de transición, de resistencia. Pero lo cierto es que los escritores que no menciona Jon Lee Anderson son más interesantes desde cualquier punto de vista, pero sobre todo porque el exilio es un gesto de valor y una apuesta arriesgada. Por  lo que sé de su trayectoria, no creo que su selección sea sesgada políticamente, aunque sin duda Padura, Pedro Juan Gutiérrez y Wendy Guerra (a ella no la he leído) son, ¿casualmente?, figuras muy tolerables para Estados Unidos. Representan bien la desideologización de finales del siglo XX, el desencanto de las ideologías y este detalle parece muy bien venido en los USA.

No sé tampoco si Abilio Estévez ha sido traducido en Estados Unidos, pero se trata de uno de los autores paradigmáticos de la diáspora y, a la vez, heredero de grandes escritores, como el propio Piñera. Al leer la narrativa de Estévez (también en Tusquets, como Padura), y las entrevistas que se le han hecho, impresiona saber que asistió a las tertulias de los grandes poetas. Y que cada uno de estos exiliados es un fragmento de memoria ambulante de una Cuba que ya no es (la de los 70, los 80, etc).

No he empezado a escribir esto por evocar las distintas declinaciones de la nostalgia –dentro y fuera de la isla, dentro y fuera de alguna revolución–, sino porque creo que Cuba no es más que una variación de la realidad occidental, española. El propio Rafael Rojas en Tumbas sin sosiego y El estante vacío, ensayos dedicados a la “posición” de la literatura cubana frente al mundo capitalista y cómo el régimen castrista juega a los naipes para determinar el canon literario, reflexionaba sobre qué Cuba surgiría del poscastrismo. Pero lo que hemos visto, al paso de los últimos diez años, es que la misma pregunta debe hacerse sobre Europa, España, Estados Unidos.

La trampa de tomar la situación cubana como un régimen político que  ha de evolucionar hacia otro “de libertades políticas”, al gusto europeo o norteamericano –y que tiene en la narrativa “en libertad” de sus autores exiliados un testimonio de la urgencia del cambio–, sirve para opacar lo que la globalización ha hecho culturalmente con ellos y con nosotros. La peripecia anual del premio Planeta, de casi todos los premios comerciales, el tiovivo de modas y aniversarios, y la actitud blasé que terminamos adoptando con el “régimen cultural Planeta” y el régimen “cultural” mainstream, es uno de los síntomas de nuestra opacidad, nada involuntaria.

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