¿Está la crítica española obsoleta?: La infancia de Jesús, de J.M. Coetzee

The Childhood Of Jesus - J M Coetzee

Podría decir “no salgo de mi asombro” al leer los artículos que sobre la última novela de J.M. Coetzee han publicado los diarios y suplementos de mayor circulación, firmados por popes como Muñoz Molina o Robert Saladrigas, pero en realidad no me asombra porque ya ocurrió algo parecido con Foe.

Empecé a leer partiendo, justamente, de la reticencia frente a lo que pudiera decir la crítica mainstream por las bobadas que se publicaron años atrás acerca de aquella novela, que a mí me sorprendió mucho. Las páginas finales son de una belleza no muy usual en Coetzee. Como aquí se desdeñan los Cultural Studies, y los lectores de teoría de crítica poscolonial son cuatro gatos –la editora de la estupenda colección de Crítica, Letras de Humanidad, Silvia Iriso, me decía que en conjunto los lectores de este tipo de obras no somos más de 2.000–, el 99% de los críticos, con contrato o free-lances, ignoran que existe lo que podría llamarse “subgénero” de la reescritura de clásicos europeos y que esa reescritura, de autores africanos o descendientes de africanos y otras minorías, tiene una voluntad de impugnación política del discurso de la metrópolis.

Por poner varios ejemplos, la célebre novela de Jean Rhys, Ancho mar de los sargazos, reescribe la novela de Emily Brontë Jane Eyre, interesándose por la mujer que el señor Rochester mantiene encerrada en su casa, y que se descubre ha enloquecido, y, dato relevante, es antillana. Carnival, de Robert Antoni, realiza, por su parte, una reescritura de la mítica novela de Hemingway, Fiesta. La “plantilla” de trabajo no es obvia pero, curiosamente, cuando se compara con el original americano, se advierte que establece con ella un diálogo crítico.

Foe, publicada originalmente en 1986, hace lo propio con las aventuras de Robinson y sólo un tonto no es capaz de interpretar que el criado negro al que le han cortado la lengua encarna y evoca, en una de las novelas mas metaliterarias de Coetzee, el discurso silenciado de su raza dentro de la cultura europea de la época. Que nuestra crítica en prensa es penosamente patriarcal y misógina también se deja ver en la escasa atención dedicada a subrayar que el protagonismo de Susan Barton se inscribe en un contexto -fuera del libro–  de reivindicaciones feministas. Que un personaje femenino vaya en busca de su autor, como el huérfano que sale en busca del padre, es una inversión de uno de los grandes temas de la narrativa universal.

Llevo leída apenas una cuarta parte de La infancia de Jesús y desde las primeras páginas su sentido me parece obvio. ¿Por qué Muñoz Molina dice que es como una mala imitación de películas de ciencia-ficción? Y el otro confiesa que su sentido se le escapa. Y el crítico joven al que quieren aupar en otro suplemento tiene la inteligencia de admitir que seguramente Coetzee quiere decir algo pero él no lo capta. Aunque no sea ésa la definitiva explicación del ambiente y las circunstancias de la novela, si uno lee que los personajes no recuerdan casi nada de su vida anterior a la llegada a este territorio, ¿en qué otra novela o película reciente piensa? Vamos, rápido, piensa un poco. Ellos no caerán, pero ¿tú? Lo que ocurre es que los escritores-pope y los críticos de referencia sólo comen filetes literarios, nombres consagrados, primeras espadas como si fuesen los únicos espejos que los reflejan, así que Los muertos, la opera prima de J. Carrión ni les pasa por las mientes. Ni Lost.

Extrañada porque a mí me parece muy claro de qué habla, escribí a mi amigo en la punta sur de África pidiéndole su opinión.  También le ha gustado mucho –“no puedo decir cuánto me ha gustado” escribe– y sabe, dice, que en español no se ha entendido, pese a que es el idioma de los personajes de la novela.

Llego a la conclusión de que nuestros críticos están demasiado aburguesados, o tienen mucho dinero en el banco, y nunca han pasado apuros, o son demasiado mayores o están demasiado distraídos para entender La infancia de Jesús, pese a que lo que cuenta está ante nuestros propios ojos.

Incluido el ojo de la televisión, que todo lo ve.

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