Llega La Tempestad… con Sobrevivir a Bolaño o las angustias de la posteridad

SOBREVIVIR A BOLAÑO O LAS ANGUSTIAS DE LA POSTERIDAD

Diatriba a dos voces –

Dedicada a los bolañistas de segunda generación

Ulises y el canto de las sirenas

(Voz I-escritor español / Voz 2-Penélope)

Voz I

Siempre he creído que Roberto Bolaño era un farsante. Siempre, desde el primer día en que lo vi aparecer por la editorial cuando ya estaba decidido que le publicarían su colección de cuentos. Yo había hecho un informe de lectura ni duro ni condescendiente ni entusiasta. El editor me entregó el mazo de folios sin firmar, con solo el título, y me pidió una valoración, un orden de más a menos, más calidad o menos interés. No me había gustado, no me gustan los hombres que lloran sobre el papel. Y aquellos cuentos estaban llenos de lágrimas, vale decir de exilios, de mujeres desquiciadas, de ruinas, de paisajes añorados, y de putas, de militares orientales, de ecos borgeanos, de sabidurías plagiadas. Ecos, exilios, lágrimas, tantas cosas que no soporto ver por escrito. Con esto no quiero decir que lo considere un mal escritor ni que haya dado gato por liebre –de ese tipo de farsantes surgen varias decenas todos los años, para comparar y atragantarse–, ni tampoco que tal día descubrirá que es filfa todo lo que escribió y que los que siempre lo supimos nos reiremos al ver, una vez más, otro más, pasar el cadáver de nuestros enemigos por delante de la puerta.

No. Yo, con tres novelas a mis espaldas, aplaudidas por un público cosmopolita y disconforme, fabulo con otra idea, aunque nunca hasta este momento me he entretenido en considerarla en serio. Pero siempre estuvo ahí; surgió, supongo, tan pronto le vi esa cara de ratón risueño, al oírle esa voz queda capaz de portentosas maldades de jesuita, esos ojos, mejor dicho, lo que esos ojos proyectaban protegidos por unas gafas de chiquillo alborotador y despistado. Siempre pensé, pero ya digo que sin gastar el tiempo en pensarlo, que empleó todos sus recursos para conseguir un fin, el que a día de hoy es un hecho consolidado, ganarse el prestigio como autor de rango internacional, indiscutible, icono beat, traducido a todas las lenguas del mundo, inmortal a la manera que él gustaba describir en sus cuentos, en sus novelas. Ese éxito que coquetamente se consigue negándolo. Actuaba como esas mujeres que aseguran con un tufo a soflama feminista que ellas no quieren compromisos y sí por lo menos tanta libertad como el hombre al que se están cepillando, palabras de independencia para atraparlos. Siempre creí que todo lo que Bolaño hizo desde el momento en que vio la puerta abierta, entreabierta siquiera, a una publicación continuada en una editorial de renombre, iba en la dirección que le permitiera lograr su propósito. Que supo cómo seducir, conquistar, aliar o enfrentar a unos con otros, a todos los que podían ayudarle a cumplir un destino y un proyecto de bonanza económica y prestigio literario.

Este proyecto incluía conquistar el bastión español, por más provinciano que lo consideraran en América, y que ya a mediados de los ´90 se encallaba en estilos que no daban más de sí, con escritores como Javier Marías a punto de colapsarse en las ficciones del yo, con Muñoz Molina encajando los adjetivos más pedestres junto a los sustantivos más lacios para invocar la inocencia de una culpabilidad participada por ambos bandos en la vomitiva guerra civil, con Rafael Chirbes, Lorenzo Silva, con tantos recios mocetones de poblado bigote y ojos fieros poniendo sobre papel ñoños sentimientos de monja, con Esther Tusquets, Rosa Montero, Martín Gaite, Soledad Puértolas, Vila-Matas, Eduardo Mendoza, Riera de Leyva, Javier Cercas, Juan Marsé, Pérez Reverte, Umbral, Cela, JM. Guelbenzu, Pedro Zarraluki, Pisón, Laura Freixas, Jesús Ferrero, Javier Tomeo, Prada, Francisco Solano, Luis Magrinya, Luis Goytisolo, medio siglo de  literatura española, todos precipitándose ya por un pozo de complacencias y de socioburguesas gratificaciones. De esos cínicos amaestrados esperaba reírse. Se sumaba a la fiesta española un rebaño de mansos novelistas jóvenes capaces solo de inventariar reproches, Ray Loriga, José Ángel Mañas, Lucía Etxebarria, Espido Freire, María José Furió, Lola Beccaria, Paula Izquierdo y… la lista es inacabable. Una narrativa de papás y mamás, de desencantos políticos, de rebeldes de diseño, de malotes de peluche que devoraban a dos carrillos el pastel del éxito socialista.

En un territorio, encima, como era entonces Barcelona, que añoraba su gloriosa década anarcoide, cuando el boom latinoamericano señoreó tonificante en toda la ciudad. Había que volver a arrebatarle a Madrid la capitalidad del buen vivir. Hacer diana en el campo literario. Un Mesías de Chile no estaba del todo mal.

Buen amigo de los juegos de estrategia, Bolaño trazó la suya, eligió no sé si a sus reyes, alfiles y peones o a sus mamporreros, guerreros y secuaces –no estoy muy ducho en juegos así–, y se dispuso a ganar a toda costa y a cualquier precio. El premio era él, siempre él. Él se entregaba en premio para los demás y para sí mismo. Quería dinero y fama y fue a buscarlos al cogollito cultural de Barcelona. Tiró, como Romeo, piedrecitas a los cristales de los dormitorios de todas sus Julietas: editores, periodistas, críticos, jóvenes discípulos, críticos de fuste y mujeres de letras castigadas por el ingrato desprecio, recibieron sus chinas. Y respondieron mal o bien, mucho o del todo. Al reclamo de Bolaño, se descolgaron desde sus ventanas para vivir la Gran Aventura del despilfarro de sí, para deshonrar sus orígenes. Fue zalamero u hosco, deslenguado y leal y adulador, locuaz, vertiginoso, hábil, genial, pícaro, delirante, enciclopédico, abismal. Introdujo a estos nuevos seguidores –que vivían en su mayoría de las rentas de familia, en dinero líquido o simbólicas, que sentían un cierto hastío de lo ya conocido, incluidos sus propios afanes, que sentían deshacerse la juventud como arena entre unos dedos distraídos–, en el culto a los gloriosos destinos fracasados. Uno por uno los convirtió a la religión de la Posteridad. La suya, que iluminaría la de sus seguidores, o acólitos o monaguillos, o valedores o editores, ya lo he dicho, con la promesa de pasar a la Historia de la Literatura. No dijo, empero, que como caca de hormiga, simple nota a pie de página.

Siempre actuaba en la excesiva dosis que convenía para apuntalar el personaje. Construyó una historia, la del exiliado, poeta a un paso del hoyo, tumba u ojo de un puente sobre un cauce seco que iba a albergar su vida desmedrada si la poesía le daba la espalda. El hambre hablaba en su boca, o la huida de Chile donde pasó unos pocos  días en una celda cuando quiso salvar al mundo, al país, al pueblo, de las botas milicas. ¡De donde fue rescatado por amigos del colegio! O hablaba el odio al padre inepto y vivo. Ladrón de historias ajenas, saqueador de tumbas de poetas, prestidigitador de exilios. Voraz Bolaño.

Penélope:

–Algunas mujeres, algunos escritores, sentimos que habíamos perdido a nuestros novios, a nuestros amantes, la inminencia de un amor, y a nuestros editores, a nuestros críticos, a nuestros amigos. Nuestro futuro. Todos arrastrados en el torbellino, en la lava del volcán Bolaño.

VOZ I

Cuando leímos 2666, entendimos el mensaje: que todos los años que vendrían desde el 2000 iban a ser para nosotros, destinados al olvido, el año de la Bestia. La Bestia Bolaño. Reclutas para una guerra de guerrillas, aterrorizados por la gloria arrebatada, algunos se sumaron a las filas del enemigo, se largaron a hacer la revolución contra nosotros, contra sí mismos. Adiós a todo lo nuestro y a nuestra inocencia. No muchos saldrían con vida de esa rabia de la naturaleza.

Penélope

–Pero, ay, rencorosos, tampoco queríamos que salieran indemnes de la devastación. Como si nada hubiese pasado, no. Tal vez queremos lamer sus heridas.

guerrilleros-por-la-selva

VOZ I

–Después de todo, vimos impotentes cómo esa pulga hacía bailar al elefante de la literatura en español mordiéndole en el culo, vimos cómo azuzaba un fuego escueto con dos sabios resoplidos –y no lo haría mejor ningún gitano–, de forma que solo le calentaba a él y a quién él quisiera.

 Penélope

Todo eso lo vimos, y su éxito, y sus grandes novelas, y su glorificación, y los cantos y las lágrimas. Y el desconsuelo de sus viudas, huérfanos, amantes.

VOZ I

-Tuvimos que prosperar en otras esquinas, en otros quehaceres, solos, mudos y furiosos, helados los pies, las lenguas dormidas. Nuestras pobres palabras asustadas por el olvido. ¡Eran tiza, eran universidad, eran rancias, nos dijeron! Más pobres de futuro que un yonki en los años ochenta. Así quedamos.

En el fragor de la batalla, murió el Líder Carismático. La talla del caído, afilada como la sombra de dieciocho dioses sobre un coliseo a mediodía. A estas alturas del Juego, el botín era enorme: premios, conferencias, prólogos, ediciones autorizadas, congresos, giras internacionales, polémicas, etiquetas rutilantes. Largos años podrían vivir todos de la fortuna y los hechos y bravatas del bienamado Roberto Bolaño.

Los rebeldes prosiguieron entonces la guerra por el Destino de uno solo. Extenuados, sedientos de gloria y de tequila, cruzaban territorios ganados a la causa, donde los pobladores salían a recibirles coreando las consignas del poeta, “También nosotros somos los perros románticos”. Y en las altas brumas que ceñían las montañas se perdían los ecos dóciles: “Románticos, Románticos, Románticos”.

¿En qué momento se rompió el hechizo? ¿En qué momento las botas de los combatientes se pusieron a buscar solas el camino de regreso a casa? ¿Qué espejo de qué río les mostró sus ojos irreconocibles, turbios de celos, de codicia y tedio, añoranzas de risas tontas y libres de la hipoteca de una grandeza póstuma? ¿Qué día creyeron perder los dientes al pronunciar el nombre y los hechos de Bolaño? ¿En qué quebrada los vítores de los indígenas los avergonzaron al descubrir que habían ganado la guerra, que la habían perdido? ¿Cuándo fue insoportable la voz de las mujeres de Bolaño, el interminable hallazgo de más poemas, más versos, más diatribas, más legado, y escucharon el silencio de sus mujeres, Penélope desconsolada, y supieron que todos ellos eran personajes dentro de una ficción de un hombre muerto? No saben la fecha, recuerdan el calambre de los músculos, la vuelta, las heridas, los sarcasmos, el alivio. Sobrevivir a Bolaño.

Penélope:

–Como Penélope te acojo. Las heridas abiertas, que habrá que lamer. Empiezo por tu boca, por tu lengua, por tus palabras. Nosotros somos los perros románticos.

María José Furió. 2o11-2o13

 
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4 comments

  1. Liu · febrero 13, 2011

    Desde el correo electrónico
    María,
    Felicidades por tu artículo. Eres endiabladamente inteligente. Hace mucho pienso lo mismo. Has visto en la raíz de este asunto. Elocuentemente escrito, además.
    Gracias por enviármelo
    Jose

    • Liu · febrero 13, 2011

      Respondo desde aquí. Espero que se entienda que se trata de ficción. Aunque también hay que reírse de quien se ríe de nosotros, claro. Y no me refiero a Bolaño.

      (El autor oculto es… Rafael Chirbes, y tomo inspiración del narrador de una de sus primeras novelas, En la lucha final, de 1991 ;-))

  2. José Luis Moreno · septiembre 14, 2013

    Espero que no sea ficción, sinceramente. Y conste que me lo paso mejor leyendo a Bolaño que leyendo a Vila-Matas o a Chirbes.
    Saludos y felicitaciones,
    JL

    • Liu · septiembre 14, 2013

      Hola José Luis,
      gracias por el comentario. Esta diatriba es una respuesta a Herralde, que se extraña de la poca influencia que tenía Bolaño sobre los escritores españoles. Me hizo pensar en la poca gracia que tuvo que hacerle a escritores a punto de consolidarse que de pronto bolaño ocupara todo el espacio de interés. Chirbes, justamente, no ha logrado el cetro de “gran escritor español” hasta que a Herralde no le ha quedado nadie para sustituir a Bolaño 😉
      También yo prefiero Los detectives salvajes a Vila-Matas o a, desde luego, Chirbes.

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