Identidades incluyentes, excluyentes… Oh, raza infame (española… o china)

Confieso mi rabia ante el montaje de la diada de hoy.  El repelús que siento me ha impedido salir de casa (es cierto que el bricolage y asuntos colaterales me tienen muy entretenida).

bricolero

Respecto al tema de las identidades, me fascinan estas personas tan convencidas de su identidad. Catalanes. Catalanes de socarrel. Tal vez porque he tenido que luchar a brazo partido para defender mi identidad, con una hermana gemela a la que me parezco físicamente pero absolutamente nada en el carácter –ella es, el colmo, favorable a la inmersión–, me da la risa floja con estas manifestaciones-espectáculo ante el mundo. Me da la risa porque, conociendo a la burguesía de CiU, y la batería de impuestos que tienen preparada para apenas abra el curso político, no sé si a los catalanes una vez independizados –y a nosotros, la basta plebe de segunda inferior– les va a quedar algo más que la puta identidad que llevarse a la boca. Me da asco todo, la tele catalana, la radio catalana, los periódicos catalanes, la universidad, los discursos de todos esos que sé bien cómo han llegado donde están. Me da asco el discurso victimista y cómo con nuestros impuestos se ha ido forjando esta generación de jóvenes que han mamado desprecio a lo español. Me pregunto también si cuando se haga la reclamación de pasta a Madrid se descontarán los pedazos de salarios que han cobrado tantos catalanes de la cultura instalados en la capital y haciendo lobby exclusivamente con catalanes.

Me da rabia porque soy de las personas que aprendió catalán por su cuenta, nadie me obligó ni habría obedecido yo a ninguna obligación. Llegábamos de París –tenía ocho años; nosotras apenas pasábamos los meses de vacaciones, pero ya con el oído puesto en el idioma– y me recuerdo abriendo cajones en el nuevo piso de Sant Cugat hasta dar en el tercer cajón con un cuadernillo impreso de tapas naranja con un señor gordo en portada. Empecé a leer –por entonces buscaba lecturas allá donde llegara, si nos llevaban de “visita” tenían que sacar tebeos para entretenernos de las aburridas sesiones de cotilleo. Supuse que era catalán porque parecía entre valenciano y francés. No entendí mucho, pero me convencí de que lo entendía. Muy pronto tuve que oír la frase de despectiva bienvenida que, interpretada por niñas, parodiza a la perfección el alma catalana: la sobrina de la directora del colegio a su amiga (amigas traicionables y traicionadas recíprocamente): “no hables con ella, que no es catalana”. Era muy poco desprecio para lo que ya vivía y me lo eché a los hombros. Hoy, ellas y su prole estarán dándose la mano con otros iguales que ellos, víctimas de la intolerancia española.

a los 14 a¤os

14 años – Instituto Montserrat. Foto: Juani Furió

Me da rabia este circo de payasos crueles porque aprendí catalán leyendo, y leyendo además mucha poesía luego, con 14, 15 y 16 años. Guardo todos esos libritos y recuerdo todos los nombres, desde Francesc Parcerisas a Papasseit, Vicent Estellés y Joan Vinyoli (me encantaban), con Sala-Valldaura, que fue mi profe de literatura catalana en 3º de BUP y que nos tenía arrobadas, Josep Elias, que murió demasiado joven. No todos los poetas catalanes se han convertido en funcionarios de la Generalitat, felizmente.
No me gustaba Maria Mercè Marçal aunque  sí la editorial donde publicaban la mayoría de ellos, Llibres del Mall. Estaban Ricard Creus, y Foix (si no los entendía, me parecían sofisticados: algo impregnaba, ya llegaría la universidad para profundizar en algunos). Me da rabia la mierda de hoy, que siento como una patada en la cara, porque el 23 de febrero, cuando Tejero se lanzó a interpretar una zarzuela en Madrid, yo me encontraba en una librería de la calle Balmes arañándome los bolsillos a ver si me alcanzaba para comprar un librito de la colección L’Escorpí. Alguien entre la clientela dijo entonces que habían dado un golpe de Estado. Cuando ya había decidido no comprarlo, volví sobre mi decisión. Me dije: cómpralo, que a lo mejor es el último. Era L’espai desert, de Pere Gimferrer.

Por supuesto, no podía imaginar que un día, más de diez años después, recibiría yo una llamada suya desde Seix Barral, que fue también la única llamada de respuesta a las decenas de cv enviados a editoriales tras salir de la CCRTV-TV3. Dejé de hablar catalán tan pronto salí de la Corporación, muy harta de catalanismo militante, de chanchullos económicos, de rollos cutres, de nepotismos descarados, de mafias, de ignorancia arrogante, de manipulación de la historia y de las masas… y, como dice el chiste, ya sólo hablo catalán en la intimidad… de los ascensores.

Somos pekeñas bombas de odio

“Somos pekeñas bombas de odio”, pintada anarcoide en el barrio de Gracia. Foto: MJ Furió

II

Hace unos días, en la biblioteca de Gracia, me hallaba yo extasiada por la nueva velocidad del wifi que lanzaba mis fotos a velocidades supersónicas rumbo a Londres cuando vino a ocupar el asiento a mi derecha una chica de facciones orientales. Sus aspavientos me distrajeron: por lo visto, su ordenador no le obedecía. Se vuelve para preguntarme si puede dejarme su pendrive y así le grabo tal información que no logra descargar. Objeto que no puedo arriesgarme a que me pase un virus. El fantasma de la madre Teresa de Calcuta, que rondaba por el sótano, me dio una colleja y así retrocedí en mi consistente actuación de adulta prudente y gilipollas y me encontré diciéndole que, muy bien, me diera la dirección de la página junto con su email y yo le enviaría el doc que intentaba descargarse. Resultó ser una página del Ministerio de Asuntos Exteriores con formularios para extranjeros y, oh divino agosto, no funcionaba el que necesitaba ni ningún otro. La apariencia de la chica era más moderna y su acento en español más nítido de lo habitual en los chinos, así que le pregunté de dónde era.

–De Italia, me dice.

–¿De la Italia de Singapur o de la Italia de China? –respondo. (Tengo un amigo de padre luxemburgués y madre de Singapur, muy europeizado.)

Tuerce el gesto. Como si no lo llevase grabado en el dibujo de los ojos y hasta en la complexión del cuerpo.

–Mi abuelo era chino –admite por fin.

–Tranquila -le digo–, mi bisabuelo también lo era.

Me extraña en ella lo que me parece vergüenza porque el “rollo chino” de mi familia siempre me lo he tomado como un punto de fuga, una invitación al viaje.

aguas cubanas2pais

Playa de Santa Clara

III.
Estando en Cuba, quise alquilar un taxi  para ir a la playa y me consiguieron un utilitario (un inutilitario) ilegal. El trasto más cochambroso con 4 ruedas en el que he montado nunca me llevaría por 14 dólares ida y vuelta fuera del caldero de la Habana Vieja. Por si nos detenía algún policía, el conductor –ingeniero, por supuesto– me aleccionó en la clase de vínculo que debíamos decir que nos unía: él era el marido de algo mío, no recuerdo si de una tía o similar. Mientras avanzábamos con rápido traqueteo hacia las playas de Santa Clara, cada tanto me pedía que recordáramos él mi nombre y yo el suyo. Yo me reía para mis adentros por el timo y por el favor que le había hecho el grandullón que me colocó en esa cafetera. Preguntó, como todos, de dónde era yo y respondí, como a todos, que española. Al rato, mirándome por el retrovisor preguntó “pero tú española no eres… ¿no?, tú eres…”. “Ay, señor, qué va a decir”, pensé. “Tú eres…” dudaba. “Tú eres… oriental”. Suspiré pensando que le había costado dar con la palabra fina, porque “china” allí se llama a las putas. En Cuba hubo una importante inmigración de chinos cuando la liberación de esclavos, pero los orientales resultaron flojos para el trabajo duro y el clima del trópico. Por supuesto, muchos se quedaron, dedicados a otros  oficios y se mezclaron. La clasificación de razas cubana distingue entre los diferentes “apareamientos”.

Razas, identidades.

«Los chinos no volaban ni querían ir para su tierra. Ellos sí se mataban. Lo hacían callados. Después que pasaban los días aparecían guindados a un árbol o tirados en el suelo. Todo lo que ellos hacían era en silencio. A los propios mayorales los mataban con palos y puñaladas. No creían en nadie los chinos. Eran rebeldes de nacimiento.» Cimarrón, de Miguel Barnet, pp.  46-47.

«Yo veía que los más aislados eran los chinos. Ésos no tenían oído para el tambor. Eran arrinconados. Es que pensaban mucho. Para mí que pensaban más que los negros.» Cimarrón, de Miguel Barnet, p. 34

al salir del colepais

al salir del colegio, Habana Vieja, 2004

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s