El profesor del deseo: Roland Barthes (una respuesta a Andreu Jaume)

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Roland Barthes, el profesor del Deseo

Es verdad, no tiene mucho sentido intervenir en una discusión de la que estamos previamente excluidos, pero me apetece responder a Andreu Jaume en relación al artículo que publica Letras Libres bajo el título “El sentido del canon”.

Confieso que pensaba titular este post “El desmantelamiento de la decencia”, y acompañarlo con una catarata de argumentos no solo tomados de autores y de reseñas publicadas por críticos más o menos respetados de nuestro panorama -español, se quiera o no–, sino también con una relación de las afrentas que soporto en lo profesional desde que trabajé con Llovet, pero sé que iba a arrepentirme.
Aparco entonces las respuestas viscerales y la bilis para preguntarle a Jaume en qué año fecha él el “desmantelamiento” de la crítica en España. Porque cuando en el año 2000 –¡trece años ya!– envió a La Vanguardia el dossier de prensa junto con las novelas de Martin Walser, La guerra de Fink y La fuente inagotable— cabe suponer que aún creía que solicitar una reseña ayudaría a la difusión y venta de las obras publicadas por la firma, Lumen RHM, para la que trabaja. Reseñé las dos novelas, y no sé que se publicaran muchos artículos sobre este Walser.

Es abusiva la generalización que él y sus amigos hacen. Según ésta, todos los críticos en España son nefastos, excepto ellos mismos, últimos baluartes en la defensa de la inteligencia crítica. El artículo en Letras Libres es banal, pese a su tono solemne, a su pompa y boato.  Recorre siglos de historia a toda velocidad y toma la cultura grecolatina como un todo positivo, como si en el remoto pasado los “sabios” acertasen de entrada a encajar la creación literaria y artística con el que también debió de ser un torbellino y confuso presente. Sobre el pasado más reciente, con la referencia al “caso Echevarría” también se le puede responder, por ceñirnos a la sensatez, si cree que un solo hombre podría, pudo o puede cargar sobre sus hombros con la responsabilidad de construir una Crítica literaria española, igual que se erige un templo. La mística en torno a la crítica literaria que destilan los artículos de Andreu Jaume, Llovet y demás corresponde más a un pathos personal -la búsqueda, quizá, de una trascendencia personal– que a una exigencia natural del género.

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Penélope Cruz con Isabel Coixet, presentación de Elegy

Sus afirmaciones en contra de los estudios culturales son poco sólidas, y repite la ridiculización que ya hace Llovet en otros textos. Los nombres de lo que llama “periferia” –Naipaul y Coetzee– también aparecen utilizados de forma oportunista y poco rigurosa por la falta de contexto. Parece dar por sentado que el lector del artículo es profano tanto en crítica literaria, entendida en su sentido más amplio, como en Estudios culturales, de forma que salpicar las páginas con el nombre de autores prestigiosos pero poco leídos, como el mismo Naipaul, aportan un barniz de seriedad y de rigor.  Me extraña que no cite ni mencione a Edward W. Said, siquiera para fustigarlo.

La crítica a la cultura de la Transición española que hace es ya rutinaria, un mero eco de los lugares comunes que IE y Guillem Martínez establecieron tiempo atrás. Personalmente, no estoy de acuerdo con que la cultura de la Transición española se construyese exclusivamente en torno a la “fiesta”. Yo creo que la banalidad que impera desde los 90 en la literatura española se fraguó en los ochenta, y forma parte de la colonización económica norteamericana. El modelo de negocio editorial que ahora parece estallar nació en esos años (era Reagan-Thatcher, yuppies al apoyo).  La fiesta, la movida,  fue una de sus facetas, como revulsivo contra el pasado represivo franquista y contra la solemnidad de la cultura progre. Sin embargo, hubo bastante más y, entre todo, la construcción de un poder que ha establecido no solo un canon de objetos culturales sino también una economía que continúa vigente –de las finanzas y de la cultura, pero también de legitimación y deslegitimación del conjunto de elementos que podían considerarse “sustantivos” mientras se anulaban o escondían otros. Entre los “objetos ocultos”, la lucha de clases, la crítica que introdujeron Kristeva, Foucault, etc. (porque no soy experta en ellos, porque ningún profe de Comparada los incluyó en su programa, los leo como necesidad.)

Con todo, la réplica que considero definitiva a los plantemientos de Andreu Jaume los ofrece, a quién le extrañaría, Roland Barthes.

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Ben Kingsley y Penélope Cruz, en Elegy

Vi la semana pasada Elegy, película de Isabel Coixet, basada en El animal moribundo, de Philip Roth. Y además ahora ando leyendo las “Notas de cursos y seminarios en el Collège de France” de Barthes, con el título La preparación de la novela. Muy al principio de la película, cuando el profesor protagonista de Elegy recuerda la primera vez que vio a Consuela en sus clases, la directora lo presenta tópicamente sentado en la mesa, hablándole informalmente a sus alumnos (como si la pasión de la materia de estudio poseyera su cuerpo entero deshaciendo la rigidez académica y la rigidez de la postura),  en la pizarra que queda a su espalda se lee escrito con grandes letras el nombre de Barthes. No sé cuántos espectadores de esta película, bastante melocotona, saben quién es RB, pero seguro que los que los conocen lo asocian inmediatamente a algún tipo de argumento sexy vinculado a la revolución del 68. Y lo cierto es que en las notas del Collège, Barthes da vueltas en torno a la idea del Deseo de escribir, reflexiona sobre las imágenes del yo que entran y salen de ese deseo de crear una “obra”, de planear un libro e incluso de renuncia a escribir.

De golpe, y como ya lo sabíamos, Barthes va a lo más íntimo de la escritura, que es el deseo, la pulsión de escribir, la organización de una experiencia, su decantación, a través de la interacción entre memoria y fantasía (fantasma, etc.). No será a RB a quien pillaremos en el renuncio de sacar a escritores pop o de segunda fila. Ni siquiera comete la torpeza, tan habitual en Jaume y sus amigos, de atribuir a la vanidad, o al mero deseo de figurar o de abandonar un destino de clase media baja, de ser el motor de la escritura.

Lo cierto es que conforme avanzaba en la lectura del artículo de Andreu Jaume, tenía la impresión de presenciar cómo un hombre se castraba en público, cómo mutilaba párrafo a párrafo sus posibilidades como crítico moderno.  Me niego a preguntarme qué placer le procura esa mutilación.

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