El macho alfa y la crítica literaria

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Desde hace ya largos años se ha convertido en un tópico afirmar que el nivel de la crítica literaria en España es muy bajo, bajo, mediano apenas, etc… Y cada vez que leo esta afirmación, lejos de sentirme ofendida o sorprendida siquiera, comprendo que quienes se quejan de ese déficit de calidad expresan el deseo oculto de que un macho alfa asuma el poder de calificar la relevancia y el interés de un libro. Esa queja, por parte de hombres treintañeros, que en un porcentaje mayoritario no han tenido la oportunidad ni la suerte de establecerse profesionalmente, sería, me parece, una forma de no sucumbir a la ira o a la melancolía que les provoca su descontento por la falta de perspectivas o desorientación profesional. Otros críticos, ya veteranos, que no tomaron la palabra cuando pudo establecerse un debate serio, por guardar los muebles y su precaria posición en los periódicos donde colaboraban, ahora discurren sobre la decadencia de la crítica literaria, delatando así una añoranza de una época heroica. Hablan todos de una “media de calidad” como si leyeran o hubiesen leído todas las reseñas que se publican y estuvieran entonces en condiciones de extraer esa media matemática de la calidad de la crítica española. También podría hablarse de las reseñas no publicadas por tener mayor nivel que las del crítico-estrella del suplemento, y que el editor guarda en la “nevera” hasta que pierde toda actualidad y ya no hay modo de encajarla o la tardanza resulta tan humillante que poco importa su pertinencia o su perspicacia… pero ahí estaríamos abriendo todo un planeta de ficciones y hay que volver sobre el asunto principal.

En esa querencia de una “autoridad” literaria se confunden demasiadas nostalgias irresueltas que, en la medida que el mensaje que el mundillo literario y editorial español difunde está dominado por varones, y el rasgo que parecen compartir la mayoría de ellos es la ausencia de un autoanálisis serio -no digamos ya de autocrítica audaz–, las neuras compartidas pasan a ser convicciones culturales. Y como hay mitos que por sus connotaciones perduran más que otros, el de la autoridad del crítico es de los que pueden seguir mareándonos -y aburriéndonos- durante varias décadas más. La nostalgia de esa solidez, de esa autoridad indiscutible, supuestamente perdidas en el mundo que vivimos sería, creo, más un síntoma del sentimiento de la propia irrelevancia que un diagnóstico lúcido del presente. No sería cierto lo que digo si las distintas iniciativas que surgen constantemente para “resistir” a la alienante información de cultura que ofrecen los grandes medios no se pareciesen tanto entre sí como una sardina a otra sardina. Los mismos nombres modernos, los mismos tótems, los mismos mesías, los mismos tópicos sobre las editoriales pequeñas, la misma disponibilidad de los escritores, los mismos idolatrados autores “insobornables”, la misma ingenua asimilación del “moderno canon literario independiente”.

Me siento más cercana a un deportista que a un escritor español, así que me compré un nuevo bañador de natación y a la piscina me fui. La crisis ha obligado al gimnasio a bajar precios, de forma que el domingo cuesta la mitad que el año pasado.
Supongo que cada una elige la crisis cultural que le conviene.
Y largo va, largo viene me di cuenta de que han pintado de blanco las vigas del techo y queda francamente bien.

natacion2

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