Sobre “La mentira” dice José Luis Moreno-Ruiz… Lo que sabe una escritora y no sabe y no quiere saber el lector

chico-BobiaFoto tomada en el Bar La Bobia, Madrid, a finales de los años ochenta

He dejado pasar unos días desde que José Luis Moreno Ruiz me escribiera para advertirme que había comentado en su blog Contradiarios sus impresiones sobre La mentira (que consiguió a través de Amazon) porque estaba buscando datos sobre su programa de radio. JL Moreno tiene  a sus espaldas una larga y ecléctica trayectoria, aunque yo sé de él por el blog de Ramón Buenaventura y no nos conocemos en persona.

Fue presentador de Rosa de sanatorio, en Radio 3 (alguien le ha homenajeado con un blog titulado igual que el programa y los versos de Valle Inclán: http://www.rosadesanatorio.com/), a finales de los 80 principios de los 90, un programa entre el  underground, la posvanguardia y la pura exaltación de la literatura. En su momento, considerando el contenido explosivo de su blog, le avisé de que la novela no iba a gustarle, que probablemente le parecería floja, pues no hay escenas subidas de tono. Sus comentarios me han sorprendido porque me he acostumbrado a que me traten como a una mierda, al ninguneo constante; ya he hablado de ello en otras ocasiones. Todo lo concerniente a la publicación de la novela me revuelve; de hecho, hace ya años que me levanto, teniendo que levantar el día con angustia, pensando que la lectura que se hizo de ella me arruinó no sólo la carrera literaria que podría haber hecho sino la vida.

En relación al programa de radio, cuya emisión coincide con el momento en que me fui a vivir por mi cuenta –trabajaba en el Departamento de medición de la Audiencia de TV3, en la sede de Barcelona, donde ahora, casualidades de la vida, tiene su despacho el suplemento Culturas de La Vanguardia, con el que colaboré durante años–, me hizo recordar que el tono del relato era, precisamente, una respuesta instintiva a lo que se andaba diciendo entonces en voz demasiado alta. La inesperada sofisticación de mi trabajo –despachos de dirección de la CCRTV, altos ejecutivos, mucho –realmente mucho– dinero circulando, ordenadores, gente muy consciente de sus apellidos y de su poder, el propio apetito de poder y la cantidad de notas confidenciales para tal director de departamento o tal otro– sacó a la luz los recuerdos de mi infancia, que marcaba además un brutal contraste con el contexto de los veinteañeros de mi edad.
Dejé de escribir durante un tiempo, y la retomé hasta terminarla cuando se complicó mi situación. La lectura que hace José Luis Moreno, la que en su momento hizo José Ángel Cilleruelo, contrasta, y de qué manera, con las lecturas chatas y estúpidas que hicieron en prensa unas cuantas reseñistas.

Días atrás Ignacio Echevarria escribía que lee ya con la distancia de saber más que el escritor, que le rebasa en experiencia. Hay algo más importante que la edad, me parece, y es la edad mental, la edad marcada por la propia biografía. La mía es tan distinta de cualquiera que no pude dejar de sentir como una afrenta que dieran el libro a leer a un tipo de mujer en mis antípodas y que parece encontrarse exclusivamente en el medio editorial, de una pulcritud mental, de una corrección política, de una inopia y de una hipocresía monumentales.

Sobre lo que sé yo como escritora, y sabía a los 25 años, aunque no pudiera expresarlo como lo hace Didier Anzieu en Crear, Destruir (habla, por ejemplo, del piscoanálisis que ayudó a Beckett a salir de la depresión y a escribir), es que en un entorno familiar en que la figura paterna está ocupada por un impostor, y ese entorno está altamente sexualizado en presencia  de niños, existen varias respuestas posibles por parte de los menores, que en buena medida dan forma a los deseos inconscientes del adulto al que están vinculados afectivamente, la madre la mayoría de veces. Uno de los menores puede replegarse en un rechazo total de la sexualidad, otro puede responder con la hipersexualización de su conducta, pero buscando el “objeto bueno”. El objeto bueno será un profesor, o un novio de ocasión, la promiscuidad… en todo caso, alguien que se usa como pared de frontón. En la novela de Marguerite Duras, El amante –y en sus secuelas y precuelas– esta mecánica está muy clara. Los tres hijos de la madre sola se reparten los papeles; la niña, en lugar de sucumbir al incesto con el hermano más débil, que implicaría una devoración, se lanza a la aventura con el amante chino. Aunque se trata de autoficción, con la consiguiente manipulación de hechos, subrayado esto, edulcorado aquello, el proceso señala el abandono del regazo materno. En realidad, no se trata de una emancipación auténtica, pues ha sido dictada por el deseo de la madre, que la niña interpreta inconscientemente. Convirtiéndose en un objeto de valor, pero un valor degradado, bien por la prostitución, bien por el abuso sexual, la niña asume una función mesiánica en relación al grupo familiar (sale en busca de ayuda; traerá dinero) y a la vez rinde pleitesía a la madre humillada no siendo más que ella. La mancha de la prostitución de la niña en El amante, o los abusos sexuales nunca castigados funcionarían como prenda familiar.

Este tipo de conocimiento estorba a cierto tipo de lector porque necesita poder leer historias de violaciones y regocijarse impunemente en los detalles sórdidos, en lugar de leer con distanciamiento y reconocer la mecánica que subyace en estos comportamientos que, aunque afecten a los genitales, no son historias sexuales. Son, pura y simplemente, una manifestación más de la tensión amo-esclavo, de su inculcación.
José Luis Moreno se asombra de que no tuviera yo mejor suerte y se pregunta por qué. Basta con ver qué tipo de mujer escritora se ha promocionado en los últimos quince años para tener la respuesta.  En unas notas de mi diario de aquellos años escribía que me preocupaba que se me leyera literalmente. Es lo que se hizo. Desde entonces, se me ha tratado como una paria y repercutió en el tipo de trabajo que se me ha encargado. Se me ha hecho insoportable, sobre todo viendo el ascenso de Claudio López o el tipo de escritor español que se promociona. Salgo del círculo y, literariamente, de España.
Evidentemente, doy las gracias a los que tanto daño me han hecho. De tenerlo mal a tenerlo imposible. Conmigo se hace verdad eso de entre todos lo mataron y él solito se murió. Contentos estarán.
Jose-23-bJose. Foto de RR, hacia 1985
DE UN LIBRO EXTRAORDINARIAMENTE LÚCIDO –© JL Moreno
En su día se me pasó la novela La mentira, de María José Furió (Mondadori, 1997), y sólo hace muy poco, tras saber de la autora por su blog De la Habana ha venido un barco cargado de…, en el que pueden leerse notables aportaciones críticas de MJF a la literatura de nuestros días, y luego de conocer sus trabajos fotográficos, y de leer que Ramón Buenaventura la define como mujer de letras (en el buen sentido de la palabra, digo yo, pues los hay muy malos: baste con observar lo que de común editan por aquí a las mujeres, incluidas no pocas letraheridas y todo eso, pues no hablamos sólo de maripuris y/o suripantas de las que ganan premios); sólo hace muy poco tiempo, decía, he podido leer La mentira. De entrada digo que es una gran novela, una narración extraordinaria –literariamente hablando y todo eso–, tanto como sobrecogedora. Más que conmovedora, pues la autora no concede a su narración ni un ápice de esa sentimentalidad tan habitual en las letras, de pretensiones ejemplarizantes. Es una novela que conmociona, precisamente, por su carencia de ambages.
La primera impresión que tuve fue la de estar viendo a una niña primorosamente vestida de blanco, que observa desasosegada la mancha de aceite que se lo ha manchado. Con que se lo han manchado, más bien.
La mentira es una novela de iniciación a la vida real; mejor dicho, la crónica de una iniciación a la vida sin cuentos. Realmente. Iniciación a la vida como castigo impuesto por una madre víctima a su vez y en cierto modo victimaria. Es también la historia de una lucha por sacar la cabeza de esa fosa séptica a la que con frecuencia condenan los padres a los hijos, tanto consciente como inconscientemente, eso da igual, y así hacer el más exacto correlato de la condena a que han sido arrojados ellos por el ambiente en el que un día creyeron ser libres y hasta los felices protagonistas de su existencia.
Durísimo relato, La mentira, pero nada lloriqueante. Terror de verdad. La prosa de María José Furió es tajante y seca, potente y suficientemente rica como para dar una dimensión exacta y constante de la tristeza, sin fluctuaciones estilísticas. Del existir sin asideros. De lo pánico cotidiano. Sin teatritos ni refritaciones estilísticas. Ni Robert Burton describió tan bien, y con tan pocas páginas, la inducción melancólica como una de las maneras más frecuentes y eficaces con que hieren los adultos a los niños.
Iba a decir que sorprende que una narración tan sobresaliente haya tenido poco recorrido, y que su autora no esté entre la gente de mayor importancia de cuanta hace literatura en lengua española. Pero no es sorprendente, no. Los episodios más duros, los del abuso sexual de una menor, los del trato despectivo a que es sometida por un ni siquiera padrastro o por un ni siquiera profesor, carecen por completo de esa cosa así como de charcutería con lacitos a la que tanto propenden los mandamases (y las mandamases, desde luego) del verraco –y hasta verraquero– mundillo editorial español.
Tiene uno que aferrarse, al final del relato, a la leve esperanza de que la protagonista, ya adulta, ha conseguido ser valiente, una persona fuerte y digna. Al menos a mí eso me sirvió para librarme de la angustia, de la desazón y del dolor que me produjo la narración, insólita en España e insólita en la literatura española de mujeres.
Pero, me da que eso no le ha valido para nada a María José Furió.
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