Absolución, de Patrick Flanery en la revista Turia

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Revista cultural Turia, 107

Ahora que Madiba Mandela se encuentra hospitalizado y al final de su vida, vale la pena considerar el peso de los distintos discursos, políticos, periodísticos, narrativos, en la distorsión y el enfoque de la historia reciente de Sudáfrica.

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PASTORAL SUDAFRICANA

Escribió Nabokov que “en una obra de imaginación de primer orden el conflicto no tiene lugar entre los personajes sino entre el autor y el lector”. La frase del escritor de origen ruso y nacionalizado norteamericano tiene especial sentido en esta novela, la primera de Patrick Flanery. Nacido en California en 1975, Flanery localiza la trama de su ambicioso debut narrativo en la Sudáfrica del post-apartheid. Con una compleja estructura que combina varias narraciones, relata de un lado la relación de Clare Wald, una anciana y prestigiosa novelista sudafricana, con su joven biógrafo, Sam, norteamericano originario de Sudáfrica, que llega a reinstalarse en el país con su esposa, Sarah, periodista y apoyo incondicional del escritor. Antes de la llegada de Sarah, Sam le toma el pulso al territorio con su amigo Greg, experto en la ingeniería económica de calcular con precisión el importe de limosnas y propinas que puede permitirse repartir entre el sinfín de personas, de color o blancos, que piden o reclaman dinero tan pronto un blanco sale de los espacios ultraprotegidos.

Además del tenso y elevado diálogo entre escritora y biógrafo y de la aclimatación de éste, otra importante hebra narrativa es la novela que la propia Clare escribe, titulada precisamente Absolución, en torno a la figura de su hija Laura, miembro activo de los movimientos violentos contra el apartheid en los años ochenta. Escrita en segunda persona, como una invocación a la hija desaparecida, cuyas anotaciones le sirven para aventurar su trayectoria, la escritora se pregunta por su propia responsabilidad en la posición extremista de Laura, fabula sobre su muerte a manos del régimen racista y recrea las circunstancias del asesinato de su hermana y su marido, un líder de la derecha supremacista. Un tercer bloque se presenta encabezado por fechas y relata una versión alternativa a la de Clare, tanto sobre las circunstancias de la desaparición de Laura como sobre la joven pareja de activistas que perdieron la vida mientras preparaban un atentado, con la hipótesis de que Laura actuase por razones distintas a las que Clare Wald conoce.

Igual que en las películas de Alejandro G. Iñárritu –21 gramos, Babel–, los personajes principales están todos relacionados por lazos o hechos que conocen solo en parte. Así, Sam es el hijo de la pareja de activistas muertos y fue recogido por Laura siendo un niño; un par de jóvenes cuya implicación política no se define del todo lo llevaron hasta las puertas de Clare, aunque hay otra versión sobre una tía que se hizo cargo de él. La madre de Sam estuvo relacionada también con el matrimonio Wald, etc.

La exploración de esta compleja trama de relaciones y responsabilidades se desarrolla en el contexto de gran violencia que en los últimos años se vive en la Sudáfrica del post-apartheid. Absolución exagera el escenario sudafricano como campo de concentración para los blancos, afrikáners o no, y así surge el conflicto entre el relato de ficción y la información a la que podemos acceder. Cabe entender la reacción de la escritora, que tras un ataque nocturno por un grupo armado, al inicio de la novela, acepta mudarse a una gran casa con las medidas de seguridad más sofisticadas, como una alegoría de su necesidad de protegerse, menos de agresiones externas que de su propia memoria, y de la imposibilidad de permanecer en el viejo e inocente hogar familiar.

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Portada del original “Disgrace”, que inspira la novela de Flanery

Absolución brinda un fiel homenaje a dos autores emblemáticos de la literatura posmoderna: el sudafricano J.M. Coetzee, instalado en Australia desde 2002, y el norteamericano Philip Roth. De éste toma el estilo minuciosamente realista y prolijo, la precisión de la exposición y la firmeza de ideas, además de un planteamiento que pone en solfa el confort ideológico de la progresía. Flanery parece inspirarse en Pastoral americana con el personaje de la hija terrorista, cuyo viraje radical es analizado con culpabilidad aquí, y con dolida indignación por el protagonista de Roth.

Flanery reproduce algunas declaraciones de víctimas en la Comisión para la Verdad y la Reconciliación, de 1996. Así se coloca en una perspectiva típica en los últimos años –y que hemos visto ya en autores argentinos, sarcásticos con el pasado guerrillero de militantes de izquierda que han accedido a cargos oficiales al instaurarse la democracia–, una perspectiva ciertamente cómoda, que descuida el contexto no sólo político de la época sino el psicológico y las grandes corrientes culturales.

La principal inspiración de Flanery parece, en todo caso, J.M. Coetzee, además de en sus ensayos reunidos en Contra la censura. Ensayos sobre la pasión por silenciar, que cita al principio de forma muy interesante, la apocalíptica situación retratada en Disgrace, con los asaltos de bandas de negros y la reapropiación del territorio antes dominado por los colonos afrikáners, así como la denuncia a la corrupción (contra dirigentes del partido mayoritario y en concreto el presidente Jacob Zuma), y el estado de incertidumbre y decepción tras la euforia de 1994. Aquí está el fallo de esta novela: demasiado pegada a sus grandes modelos, el autor “olvida” bajar a la realidad, como sí se ve en la famosa novela policiaca francesa, Zulú, de Caryl Férey, una descripción de la “nueva Sudáfrica” de indiscutible verosimilitud, que parte de un conocimiento admirable de las distintas razas y de sus enfrentamientos y culturas, de las mafias y sus pautas de actuación, y por supuesto de los retos a los que se enfrentan los gobiernos de la mayoría negra y autoridades varias cuando las creencias ancestrales determinan la psicología de la población en temas como el sida, la violencia civil siempre presente en el país, facilitada ahora por la libertad en el paso de fronteras.

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Nadine Gordimer, novelista sudafricana

 Absolución es una novela interesante y recomendable para lectores informados, pese a resultar bastante misógina. La figura que inspira a la estirada Clare Wald no parece ser sino la célebre y respetada escritora Nadine Gordimer (Nobel en 1991), que a lo largo de su trayectoria ha tratado los conflictos interétnicos, con la participación de los blancos liberales, como ella misma, en la lucha anti-apartheid y en el activismo violento. Flanery plantea un tema, el de la resistencia no-violenta, a lo Gandhi, pero no toca la raíz del problema, como los grandes tráficos ilegales: armas, diamantes… Gordimer reflexionaba en Un arma en casa, su primera novela tras el triunfo electoral de Mandela, sobre el significado de la violencia en su país: “Hay un laberinto de violencia que no va contra la ciudad, sino que es una forma de comunicación dentro de la ciudad misma. Ya no son conscientes de ello, tras sus puertas de seguridad. La violencia los reclama.” Todos los habitantes de SA, observa, están contenidos “en este laberinto”. Examinar qué se dice en el idioma de la violencia parece al alcance de un “simple” escritor de policíacos como es el autor de Zulú, y no tanto de un escritor intelectual norteamericano que indaga en documentos y ficciones más que en el propio terreno que describe.

© publicado en Revista cultural Turia, 107

ABSOLUCIÓN, de Patrick Flanery, novela
Galaxia Gutenberg, Barcelona,
traductores Isabel Ferrer y Carlos Milla, 458 páginas.

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One comment

  1. Liu · junio 29, 2013

    Reblogueó esto en ABOUT PASSION.

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