Los hombres y sus lecturas ciegas

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Punta Sur Cozumel, México

Sé que el título de esta entrada es poco explícito, pero es preciso en relación a lo que quiero decir, como se verá. Hoy he leído en el blog de Gándara un comentario suyo en que afirma que ¡”desde mediados del siglo XIX más o menos”! hay una llamativa ausencia de “madres” en las novelas. El título del libro, y del artículo, es goloso,  Maneras de matar a tu madre.  Las citas que incluye Gándara me incitan a pesar que el ensayo es inconsistente. Lo que me interesa subrayar, en cambio, es que hace una afirmación, la supuesta desaparición de la figura de la madre y su sustitución por una exaltación de la intimidad con el lector, que es básicamente falsa y que demuestra que los hombres leen para encontrar aquello que ya saben que existe y pasan por alto lo que pone en solfa sus certezas.

La supuesta “desaparición” de las madres no es tal. Piénsese en la narrativa de Marguerite Duras –por ejemplo, en Un barrage contre le Pacifique y en L’Amant–, y luego en la narrativa española de los 90, obra de mujeres en sus treinta y tantos, al que dediqué el artículo que publicó Letra Internacional: La dimensión política de la depresión en la nueva narrativa española. Incluso el “gran macho” de la literatura norteamericana que es Philip Roth ha escrito cientos de páginas en torno a la figura de su madre. Y no son las menos emocionantes de toda su obra. Incluso el escasamente efusivo Javier Marías ha escrito sobre esa figura materna a la que conoció poco

Lo que lleva a alguien como Gándara a creer que las afirmaciones del tal Colm Toibin (si se llamara Fernando Fernández no le dedicaría una línea) son ciertas es que en los últimos quince años se ha apagado el foco que iluminaba a figuras como la Duras y los estudios de literatura se han desentendido de ellas porque no las consideran modernas. Y eso sin haber llegado a descubrir siquiera su modernidad. A cambio, se ha cultivado y promocionado otro tipo de literatura que halaga a  los hombres, tipo Cormack MacCarthy o el propio Bolaño y gran parte de los que publican Mondadori, incluido Coetzee– pero no los que publican Tusquets, Periférica o Asteroide o Impedimenta–. Ese tipo de literatura, que se regocija en la descripción de la violencia y en la crudeza de la ausencia de vínculos afectivos sólidos, en la soledad y en el gesto autodestructivo que nunca carece de espectadores, se produce justamente en unos años en que los hombres jóvenes de la clase media han tenido que enfrentarse a muy pocas amenazas a su posición. Estas figuras –el friki, el marginal, el asesino, el enfermo– son puntos de fuga, sombras idealizadas de los tópicos masculinos, más potentes y más buscadas cuanto más “burguesa” o estable y, por eso, más amenazada está la identidad masculina tópica (la lucha por la vida, entiéndase).

Hasta qué punto es cierto que los hombres no leen, no registran, no toleran, lo que los cuestiona ha quedado de manifiesto en lo que han escrito sobre Di su nombre, de Goldman, algunos blogueros que pasan por estar enterados de sobras de la modernidad ultimísima.  Lo gracioso de todo es que, si bien se lee, a quien realmente va dirigida esta novela es a los hombres, no a las mujeres, y que un hombre medianamente listo de más de 35 años puede entender que no sólo le están describiendo un duelo en todas sus etapas, salpicado de provechosas reflexiones de experto sobre narrativa y emoción, sino que le está revelando el reverso de esa relación que es el sueño húmedo de tantos hombres: vivir con una mujer muuucho más joven. Hace gracia que esos blogueros no “registren” el detalle –pese a todos los detalles que Goldman no omite– justamente cuando ilustran sus blogs con fotos de chicas casi adolescentes… aunque ya debería advertirnos que no registrarían la narración de Goldman el que tampoco se den cuenta de que las fotos que suben están tan retocadas que los ángeles de piedra deL Vaticano entero son, en comparación, realistas. Uno dice no ser receptivo a la historia del duelo cuando a lo que no es receptivo es a a la decepción de su fantasía. Otro desiste de leer porque le parecen pijos los protagonistas -en lugar de documentarse y averiguar que en Estados Unidos es fácil que obtenga una buena beca hasta un millonario, y hasta él mismo si se lo propusiera!–. Y ninguno destaca el detalle que, en realidad, es la trama subyacente de toda la historia: que la madre de la novia tenga apenas tres años más que el novio.

Volvemos, pues, a las madres. Como en las novelas de Duras, aquí aparece una mujer sola que ha levantado una vida para su hija. Dentro de Di su nombre hay una segunda -o tercera– novela que es la que Aura Estrada intenta escribir, fracasando en todo momento, sobre su relación con su madre. Goldman escribe respecto de ese fracaso  páginas que son una lección impagable, porque además le vuelven la espalda a esa “literatura macho” que ha estado en vigor en la primera década del XXI -y que a su modo él practica cuando escribe El arte del asesinato político

Otro detalle que nadie parece haber visto es que, dentro de ese “duelo de duelos” que opone al marido con la suegra y que parte de la acusación, sin duda certera, que ella le hace de llevarse a su niña robándosela a otra relación mejor, es que relata la viejísima historia en que la doncella abandona el regazo materno para unirse al héroe. Y es, también, la historia de Blancanieves. El empeño de  Aura Estrada en escribir sobre ella y su madre sin dar con la “clave” podría ser una forma titubeante de buscar un objeto simbólico que objetivara el vínculo entre las dos mujeres. Es curioso que no lo consiguiera –tal vez, según apunta el libro, porque estaba demasiado preocupada por “llegar”- cuando tantas escritoras hemos empezado con ese gesto inaugural que es a la vez una despedida y la abolición de una dependencia.

Tiene él que contar lo que a otros hombres no les ha gustado –porque les ha parecido una obra poco masculina, la exhibición de dolor se tiene por impúdica por estos pagos–, pero que, de nuevo, si bien se lee, es esencialmente masculino. Cuando la madre acusa al afligido viudo de ser él quien ha matado a su niña él podría, al fin, responder que es cierto porque desde el momento en que la hija abandona el espacio de la relación madre-hija, que es un espacio al margen del tiempo, sin tiempo, definido de una vez por todas, entra en un tiempo-espacio que es usura, desgaste, negociación y, sí, claro entonces, muerte, el del deseo.

Dentro de este orden de ideas, no ha de sorprender -o a mí no mucho– cómo en las mejores páginas del libro Goldman procede a esa identificación, brutal y poética,  entre él, el marido, y esa ola fatal que se lleva a la “doncella”. Si recordamos que en los sueños el mar y la ola son símbolos de la madre podría decirse que una genial intuición poética lleva a  Goldman a reproducir en una imagen su duelo, su batalla, con la madre de Aura por el cuerpo de la joven.

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One comment

  1. Liu · junio 29, 2013

    Reblogueó esto en ABOUT PASSION.

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