Escribir literatura social o la voz de tu amo

Leí en Babelia la entrevista a Marta Sanz dentro de la promoción de su última novela, Gabriela Astor y la caja negra (que aún no he podido leer), realizada por Javier Rodríguez Marcos. La pieza, titulada Rosa y negro, se explaya en torno al tema de las etiquetas y los géneros -el género literario y el género según lo definen y abordan los “estudios culturales”; apunta la posible colisión o convergencia de dos mundos tan definidos como la novela negra y la novela de mujer, lo negro y lo rosa, un juego de palabras que muy vagamente se hace eco del título stendhaliano: El rojo y el negro (busque el lector las implicaciones subliminales de esa referencia). La autora juega luego con el equívoco de las connotaciones atribuidas a los colores rosa y negro como etiquetas de la facilidad de lo femenino y la dureza de lo masculino (la novela negra). Personalmente creo que este juego sobre el simbolismo de estos dos colores tiene mucho que ver con la proyección que Sanz hace de su identidad en la profesión de escritora (más que el oficio: ya se verá).

Desde el principio, Marta Sanz apunta unas claves  propias como motor de la escritura de esta novela las cuales derivan de los postulados que la filósofa francesa Simone de Beauvoir expuso en El segundo sexo: la mujer no nace, se hace, la mujer es un producto cultural. Así dice: “El género es una construcción cultural. Qué es una mujer y qué se supone que es se construye a partir de retazos de una cultura tergiversada que nos pone en desventaja.” Estas ideas parecen sustentar el argumento y el desarrollo de su novela, que tiene lugar en los años de la Transición y sacan a la palestra a personajes como María José Cantudo y Blanca Estrada y los fetiches de la televisión como los programas italianizantes y seudomodernizantes -pero sobre todo, mareantes!– que el rumano Lazarov endilgó a los españoles. Ahora, en este período de revival pop, las figuras de estas mujeres, que no tenían categoría de actrices y a las que a nadie se le ocurrió llamar strippers -que a fin de cuentas es lo que eran–, a las que en un momento de enorme esnobismo intelectual como eran los años de los estertores del franquismo (finales de los 70) se consideraba un estrato inferior de la cultura (protagonizaban películas de serie B o Z, de destape, españoladas), cobran relieve en la novela de Sanz.  No sé si menciona a Agatha Lys, que era una imitadora de Marilyn Monroe, una mujer de 30 años que presumía de estudios universitarios e impartía lecciones de “vida sexual” en entrevistas supuestamente osadas. En alguna revista –¿Fotogramas? ¿Diez Minutos?– aparecía hablando del Punto G y del chi oriental. No sé si este tipo de detalles están en la novela, pero estas mujeres –de Susana Estrada se decía que era prostituta, no acompañante de lujo como se aseguraba de otra actriz famosa, Mónica Randall, sino directamente prostituta de local de noche y que de ahí su naturalidad y desparpajo en la provocación y el destape espontáneo– creo que cumplían la función de hacer oficial la liberación sexual de los nuevos españoles (que es también el título de otra película del momento).  Creo que su función era más pedagógica que provocadora.

Marta Sanz se refiere a las representaciones como vehículos de construcción de una identidad alienada, que la imagen de mujer que estas mujeres transmitían, con su despelote y disponibilidad sexual y los tabúes propios del franquismo saltando por los aires podía resultar fascinante para las niñas como lo fue ella –aunque no terminan de cuadrarme las fechas, pues si en la época que saltaron a la fama estas mujeres yo no tenía ni 13 años, ¿tenía 7 años Marta Sanz–, siendo a la vez un modo temprano de programa de falsificación de un yo emergente. La niña aprende a desear ser lo que otros dictan y somete su imagen a los estándares de época.

Hasta aquí nos movemos en un terreno conocido, el del discurso feminista que critica la cosificación del cuerpo de las mujeres y su vaciamiento -de experiencia, de alma, de diferencias– en aras de un encaje a-problemático en el modelo social vigente. La pieza de Rodríguez Rivero ofrece una semblanza de esta escritora que trata de situarla en el concreto panorama español y para ello además de subrayar sus reflexiones en torno al tema del aborto, informa de la participación activa de Sanz contra las políticas del PP y, así, su denuncia de los recortes sociales que está ejecutando este gobierno (elegido por 11 millones de personas a las que vendió un programa opuesto al que está llevando a cabo), su reivindicación de una participación política activa en grupos organizados.

El elemento clave de las declaraciones de Sanz se encuentran hacia el final, cuando reflexiona sobre la recepción de sus libros y manifiesta su impresión de practicar “una literatura de emergencia” y asume como una paradoja su deseo de mover las conciencias de las espectadoras de programas-espectáculo de televisión basura sin conseguirlo porque su lector es más sofisticado. Dice:

“La gran contradicción de escritores que queremos intervenir en el espacio público como Isaac Rosa o Belén Gopegui o yo es que nos gustaría que nuestros libros llegaran precisamente a la gente a la que no llega. Muchas veces tienes la sensación de que estás escribiendo para lectores afines que se van a reconocer o a gratificar con lo que estás diciendo. Lo que yo querría es llegar a los que ven Sálvame, que su mirada cambiara”.

Sanz está hablando de la mala conciencia del escritor profesional. Este párrafo me dejó pensativa. Me dije que si es cierto que el deseo inconsciente o reprimido siempre aflora y que salvo que se encuentre en una posición traumática, y por lo tanto sea incapaz de ningún movimiento o acción, las personas siempre terminan haciendo aquello que verdaderamente desean hacer. Luego autores como Sanz y Rosa (que escribió El vano ayer contando con una beca de su autonomía) y Gopegui dicen que quieren intervenir en “el espacio público” –habrá que definir qué designa esta cursi expresión–, en realidad ese deseo está supeditado a otro deseo más fuerte que es el de ser escritor, ser reconocido socialmente como escritor. Con todas las connotaciones que esta figura tiene en nuestro presente. Vivir como escritor es tener un nombre propio, es ser un sujeto, es ser el que se aparta de la masa, es el que no depende de instancias inferiores y se ha liberado de servidumbres.

Continué pensando porque esta declaración de intenciones de Sanz concuerda con esa demanda que desde frentes muy concretos se hace interpelando a los escritores no a mojarse en política sino a escribir libros políticos, libros que aborden los conflictos de nuestro tiempo (aunque esta misma expresión ya indica lo equívoco de la demanda). Apelan al compromiso del escritor, evocan la imagen del escritor como gurú y guía de su sociedad. Su discurso es un discurso paralelo al de los gobiernos.
Sin embargo, no pude dejar de pensar que las reflexiones de  Sanz no son sino una forma de sumisión a normas masculinas. Afirma que su libro es feminista y trata temas complejos y problemáticos como el aborto, el juego de espejos en que están atrapadas las mujeres, la responsabilidad hacia las clases iletradas. Quienes han construido el canon literario establecen qué asuntos y desde qué perspectivas han de considerarse valiosos y dignos de interés los distintos discursos.  La propia Sanz contaba que Un buen detective no se casa jamás partió de la sugerencia de su editor, Herralde, animándola a continuar con el detective homo, Zarco. Y de la anterior, Black black black, que ya se ha dicho bebe de La elegancia del erizo, novela francesa de enorme éxito, que fue una respuesta a su padre, quien la retaba a escribir novela negra. Con ser anécdotas no deja de ser significativo que las dos pretendan complacer a sendas figuras de autoridad masculina, el padre, el famoso editor. Dos figuras cuyo componente sexual directo está mitigado o desplazado por su función: el padre, el patrón literario. En su última novela, trata de sí misma, se pone en primera página -pero es la cara de una niña–. La mujer se esconde una vez más. Tendrá que aparecer de algún modo.

El dilema que se plantea siempre, y que por supuesto nadie entre los profesionales de la crítica y la cultura tiene en cuenta, cuando una mujer escribe es el de cómo someterse y a la vez gozar. Cómo hurtar el cuerpo y a la vez gozar (en esto la gran especialista es Belén Gopegui). Dado que todas las novelas tienen varias lecturas, cabría afirmar que tanto Black… como Un detective no dejan de hablar del goce de la mujer que escribe. Si hay que definir el goce se debe acudir a las definiciones de los lacanianos. Pero centrándonos en las dos novelas de Sanz que he leído destacaría las piruetas mediante  las cuales consigue hablar ella. En principio, puede decirse que “ya habla” a lo largo de toda la novela. Pero el hablar que mueve profundamente una obra -también si el autor es varón– es el de lo desconocido en cada uno. Y en las novelas de Zarco Sanz logra darle el protagonismo a un hombre que no es un hombre según las categorías convencionales porque es homosexual y que además lidia mentalmente con una mujer que le ha colonizado la conciencia. En otro artículo escribí que la voz social de un homosexual es en parte ventriloquía, impostura. En Black black… está hablando del saber desaprovechado de las mujeres, condensado en los diarios de la madre de Olmo que contempla y transcribe como una novela de horror su crisis de fertilidad.  Por su parte, Un buen detective … no habla de nada. Es decir, cuenta esto y lo otro, se salta las leyes de los géneros literarios que apunta y torea su propia intriga, adorna y se deleita en los personajes, homenajea  a otros escritores (claramente aquí a Chirbes), levanta una cascada brillante con sus alardes retóricos, pero en definitiva … habría que expresarlo en afirmativo: dice nada; es decir, dice lo femenino. Dice el mero ser, dice la mera felicidad de ser escritora. Dice el derroche y la exuberancia que son contrarios al puritanismo de la literatura de compromiso y de emergencia. La mujer cojita –qué simbólica resulta esta mujer tan profesional e impedida– que atosiga a Zarco logra neutralizarlo. Ni ella es mujer ni él es un homosexual libre porque no puede sacársela de la cabeza. Sanz boicotea su propia creación y mientras finge complacer a su editor, que le ha pedido más Zarco, le niega satisfacción: Zarco está aquí secuestrado por un sinfín de mujeres. La estrategia de Sanz es típicamente femenina -no feminista–, afirmo pero niego, me postulo como autora de compromiso con los conflictos de hoy pero sé que no llegaré a esas lectoras que me darían carta de naturaleza como “escritora de lo social”.

Naturalmente, todo esto son zarandajas. Son componendas. Sanz no puede ignorar que los que coquetean y actualizan el canon deciden también qué discursos son relevantes. De modo que ¿para que obedecer?

¿Es Beckett un autor social? Sin duda, pero de manera poco obvia. ¿Lo es Clarice Lispector? No me atrevo a decir que sí. Y sin embargo, es una escritura imprescindible. ¿Por qué? Si supiera responder a por qué los gritos nocturnos de una gaviota en las terrazas recuerdan a los lamentos de un gato en celo, tendría una explicación racional a ese por qué, tendría la respuesta.

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One comment

  1. Liu · junio 29, 2013

    Reblogueó esto en ABOUT PASSION.

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