Estoy leyendo: Naipaul anticolonizado / Pérez Andújar colonizado

P837945.jpg Paseos-con-mi-madre

Voy leyendo y picoteando, pero entre los distintos títulos de las últimas semanas encuentro un llamativo antagonismo entre estos dos títulos y mis preferencias se decantan sin vacilaciones hacia V.S. Naipaul.  Me figuro que éste no es el mejor libro de Pérez Andújar, aunque por la soltura con que lo conduce hasta el final supongo que reúne muchos de sus motivos, temáticos, estilísticos, que le han procurado reconocimiento. Un camino en el mundo reúne, en realidad, varias narraciones, y contiene una reflexión explícita sobre su formación como escritor a partir de su vida en Trinidad, además de varias ficciones sobre la historia de la isla. De Naipaul leí primero Miguel Street, obra primeriza y encantadora, pero ya fue con la distancia que permite enfocar los nudos conflictivos que encerraba, es decir con alguna noción de teoría crítica poscolonial, que suele poner el dedo en la llaga respecto a las trampas que se tienden a sí mismos los autores originarios de las colonias –británicas, francesas, sobre todo– cuando asoman por primera vez el morro como escritores.  Leer a Naipaul cuando ya es famoso por su “idiosincrasia”, por sus mejores títulos, por el Nobel, etc., parecería como salir de excursión con guardaespaldas, pero España es un curioso país donde se lee –yo creo que perversamente y no inocentemente– a todo el mundo del mismo modo, tanto a Naipaul como a Coetzee: como a invitados de honor a una comida familiar, eludiendo aristas  y temas resbaladizos.

Hace tiempo, aunque no mucho, Constantino Bértolo soltaba, a su manera medio sibilina medio críptica, que de la mayoría de los escritores españoles puede decirse que trabajan para la CIA. Por supuesto, la boutade ni se tomó en cuenta –aunque yo estuve a punto de responder que, en realidad, para quien trabajan los que no saben (fingen no saber) que trabajan para la CIA  es para el Mossad. Puede tomarse como otra boutade, tanto más porque como a la mayoría de españoles el tema palestino-israelí me supera. Si abres una página de La Vanguardia, pongamos por caso de 1936, y yo lo he hecho, descubrirás que una noticia destacada en el área de Internacional es el conflicto entre israelíes y palestinos -o como se les llamara entonces–, que por mandato de la ONU -o de la sociedad que por entonces fingía buscar la paz entre los pueblos– se disponen a entablar negociaciones bajo la benigna mirada aunque no exenta de severidad de gobiernos neutrales. Como a esos padres hartos de ver pelear a los hijos y que por no adentrarse en terrenos pantanosos aseguran querer a todos sus vástagos igual, los españoles tendemos a exclamar: pero ¿es que no pueden ponerse de acuerdo de una vez?

Está claro que allá en su desierto los viejos adversarios no pueden y no quieren negociar la paz.  La digresión viene a cuento del antagonismo entre estos dos autores, Naipaul y Pérez Andújar, que tienen en común el desclasamiento y la reivindicación de un origen que de entrada los excluye de la cultura establecida y consolidada, pese a utilizar el idioma de la gran cultura, el inglés y el español respectivamente y ambos han vivido la experiencia de la universidad como rito de paso hacia una emancipación del origen social,  nativo de color e hijo de emigrantes del Sur. La diferencia que los opone es que Naipaul hace un esfuerzo serio por superar sus inercias: cierta facilidad en el enfoque de sus temas que podría condenarlo a ser un escritor menor de haberse contentado con perfeccionar los efectos “folclóricos” y sentimentales de la evocación del terruño y sus costumbres. Es decir, decide ser ofensivo, contra la centralidad británica y contra los representantes de la colonia, decide hablar de raza, de esclavitud, de guerra anticolonial, y muestra personalidades complejas cuyo comportamiento es todo menos previsible, mientras que Pérez Andújar es, como la mayoría de escritores españoles que últimamente abordan el tema de “clase” desde abajo, inofensivo políticamente. Me digo que le habría costado publicar si hubiese planteado el argumento de la periferia barcelonesa de manera transgresora. Me gustaron los primeros capítulos y yo suponía que iba a tomar el tema del río en un sentido más amplio, metafórico, histórico, alegórico, etc. (seguramente porque en el trasfondo de la memoria tenía El Jarama, impresionante novela de Sánchez Ferlosio, de 1955), pero en Paseos con mi madre falla, me  parece, lo que no puede fallar, el estilo y una determinada ambición, la que reclama la novela, que es distinta de la que pide un artículo periodístico –el atipico artículo con estilo–, que es lo que parecen muchas veces algunos capítulos de Paseos con mi madre. El apunte sociológico para la posteridad no falla -así la invasión de los orientales en Santa Coloma, las oleadas migratorias, la perplejidad  de los viejos emigrantes y la desideologización de los barrios a causa del paro–. No falta información necesaria, como el relato de las estrategias puestas en práctica por las empresas –el Pryca aquí– para socavar cualquier orgullo de los trabajadores. Pero Pérez Andújar parece jugar a la marginalidad sentimental, al estoicismo del loser político, parece creer que la literatura o el reconocimiento, más o menos duradero, que obtenga con estos libros es reivindicación o recordatorio suficiente de su distancia, de su “disidencia”.

De hecho, al leerlo no puedo dejar de recordar a Guillem Martínez ni a Javier Cercas, cada uno con un grado de éxito diferente pero aparentemente dóciles con el lugar que les asigna el “sistema literario” porque también les da cierto margen de maniobra. ¿Esa docilidad es la única forma de supervivencia? Nuestro sistema literario acepta que autores de clase media o media baja tengan un gran éxito comercial pero el reconocimiento de su calidad literaria y de la perspicacia y ruptura que entrañan sus planteamientos o asuntos –es decir, la promesa inmediata de una posteridad– siempre cae del lado de autores de clases ilustradas o altas o como se las dé en llamar, pero en ningún caso de proletarios (pongamos Magrinya, Giralt Torrent, Fernández Porta, Gopegui, los Goytisolo, Vila-Matas).

Y en parte esa desconsideración es un “castigo” merecido, pues sistemáticamente renuncian a presentarse como sujetos en lugar de como objetos incomodados por la mirada denigrante del Amo… (que no necesariamente equivale a la burguesía), la mirada denigrante de la Historia. Estos autores son como el esclavo inocente que nunca alcanza ese grado de exasperación que le empujaría a incendiar el bohío y escapar a monte abierto. El ejemplo más claro quizá sea la relación de lecturas que Pérez Andújar hace de sus tiempos de estudiante de Filología Hispánica, seguido del otro listado, con su tópica carga sentimental, de tebeos y cómics. La lista que falta es la de todos los libros que desde hace ya décadas hablan de la voz del esclavo, de minorías, de Edward W. Said, de marginados, de mujeres, del apartheid -como si no lo fueran La Mina y las barracas–, y ya que estamos, de Carandell, de Coetzee y de Naipaul . Da la impresión de no querer decir lo que casi todos los que cursamos Filología Hispánica en los años ochenta y noventa tendríamos que haber dicho hace mucho y responder así de una vez a los Umberto Eco de cada día: que no éramos nosotros el elemento erróneo en la universidad sino el enfoque historicista de “los temas de estudio” y el destino no menos alienante que se nos proponía con ese enfoque.

Por resumir: no tiene mucho sentido enfatizar que Roberto Bolaño evocaba en su obra un vacío, el vacío de las vanguardias -es decir, su eliminación– sin señalar que a día de hoy en España ese vacío se mantiene al lado del vacío de los estudios literarios que impugnan las jerarquías de autoridad que, además, no han llegado a impregnar a los reseñistas de suplementos literarios. Son vacíos latentes. (En un sentido no muy distinto, cuando desde Estados Unidos se “propone” presentar a Bolaño como un drogadicto menos que su santificación como icono beat se pretendía restar fuerza a su figura, al esfuerzo consciente de la creación literaria.)

No tiene tampoco sentido subrayar lo “marciana” que resultaba la bibliografía de lengua y literaturas para unos estudiantes destinados al paro o a la precariedad si uno se consuela con viejas historietas cómicas, es decir con una regresión que adormece –como los calmantes artificiales- la ansiedad y la ira.

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One comment

  1. Liu · junio 29, 2013

    Reblogueó esto en ABOUT PASSION.

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