El declive de la monarquía: la Infanta, imputada

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La Infanta acude a declarar acompañada por un séquito de nobles caballeros

La monarquía catalana vive momentos difíciles. Encuestas recientes revelan el malestar de los ciudadanos ante la actuación poco ejemplar de varios de sus miembros. La imputación de la Infanta culmina un año difícil para la institución que, nadie lo niega, ha prestado servicios del más alto interés al país tras la muerte de Franco. Aumenta el número de ciudadanos que reclama un cambio en la constitución, la eliminación de la monarquía -de paso, de todas las monarquías, también la británica, la noruega y la de Borneo- y la instauración de la República.

Los diarios oficiales de Palacio –subvencionados con nuestros impuestos– ofrecen sus versiones de la noticia. La Infanta ha declarado que en todo momento actuó por el bien del país. Queremos que Cataluña sea un Paraíso. A petición del magistrado, explicó el sentido de su frase: “… un paraíso fiscal. Es decir, terrenal. En el que no haga falta ser bueno: abierto a todo el mundo que tenga pelas. Lo de la inmersión en catalán es solo para pringaos vinguts de fóra“. El magistrado consideró satisfactorias estas explicaciones. A la salida, tras más de diez horas de declaración, la Infanta se mostró muy satisfecha: “Por fin he tenido la oportunidad de explicar mi idea del país”. Y en petit comité, para un selecto grupo de periodistas, añadió: “¡Papá nunca me deja hablar tanto!”.

 Quienes hemos trabajado en empresas públicas controladas por CiU conocemos la importancia de los apellidos de papá, de la docilidad y la discreción, de no salirse del guión. Sabemos que es mejor pasar por deprimida y andar drogada por antidepresivos, y narrar dramas familiares aderezados con citas de poetas suicidas en lugar de mostrar una inteligencia despierta y una razonable voluntad de prosperar como fruto del propio trabajo. Aunque, afortunadamente, quién lo duda, no faltan las personas decentes entre los simpatizantes de CiU capaces de decir “hasta aquí hemos llegado” y largar a la calle a quienes llegaron, a ocupar un cargo y a cobrar un generoso sueldo, arropados por el nombre de papá y padrinos de mucho peso que, cual Soprano, realizaba su llamada mensual para cerciorarse de que su protegida recibía trato digno de su condición.

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