Vidas de santos: El jinete polaco, de A. Muñoz Molina y La vida interior de las plantas de interior, de P. Pron

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En una conversación con un escritor amigo él decía a propósito de su novela, dominada por la narración de una pícara anciana de 93 años que cuando tenía la voz lo tenía todo. Pero tiempo atrás, con otro amigo llegábamos a la conclusión de que “el tono lo es todo”. No se trata de  las veleidades en la creación o de la indecisión sobre qué cuenta para conseguir que un texto de ficción o un poema funcionen sino que probablemente hay que tener un centro de gravedad a la hora de llevar adelante la escritura.

Cuando el tono no es el adecuado para el argumento o para el narrador o la voz de los personajes o del narrador no está conseguida quizá lo noten los lectores, pero no todos se percatan. Empecé a leer El jinete polaco para incluirlo en la serie de artículos sobre los traductores en la novela que va publciando El trujamán. Empecé con ganas, una escritura más amena de lo que esperaba pero llegó un punto –un punto superado las doscientas páginas, que no se diga–, en que no pude continuar. Me resultó atractivo al principio la construcción de una estampa moderna típica de los años ochenta –ganó el Planeta en el ’91, así que se nutría de todo el imaginario sociológico de la década anterior, de todo lo que santificó la Transición–: un querer estar en Nueva York, los romances y el sexo todo según la época, a punto de sucumbir en el yuppismo más despiadado –es decir, tengo tengo tengo tú no tienes nada… tras las crisis económica post-92–, pero con unas gotas de literatura gótica  –la enterrada viva– y otro picoteo de géneros. Pero finalmente lo que pudo contra la novela fue el subtexto. El jinete polaco estaba destinada a ganar el Planeta y Muñoz Molina ponía de su parte –no escatimaba páginas, por ejemplo, 500 largas–, pero al cabo tuve la impresión de estar leyendo unas memorias de oposición a escritor profesional. Y para ganar, la novela debía complacer a miles de lectores españoles -sobre todo–, de forma que no podía irse por peteneras formales. Tenía que ofrecer un consenso histórico, un resumen del en qué punto (histórico) estamos. Los premios Planeta sólo sirven, en realidad, para detectar en qué punto histórico-político estamos, oficialmente, en lo que legitima el poder establecido a través del imperio Planeta. Con sus millones, sus premios, sus conexiones políticas, sus… (rellenen los puntos suspensivos).

En cierto momento, pensé que el tono en que estaba narrada la historia era equivocado. Muñoz Molina optaba por el tono camusiano que, antes del descubrimiento y publicación de El primer hombre, Camus ya había destilado en sus diarios y algunos relatos. Y si en el argelino el retrato de los personajes –tan buenos, tan quietos– tiene finalmente una lectura política, en El jinete polaco sólo sirve para desplazarla. Los personajes son unos santos. Mártires del franquismo y de la dura vida del campo. El tono que le habría convenido es el de Faulkner. Todo en esa novela está pidiendo Faulkner. Pero en las oposiciones a escritor profesional en la España de los primeros noventa importaba la titulación. La serie Cuéntame ha terminado por suprimir todo el punch que pudo tener El jinete polaco.

(cont…)

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