Edipo y los marcianos

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¡No soy un niño pequeño!

Hace un par de domingos volvía yo a casa en bicicleta, no del todo descontenta de la cosecha de fotografías. Quería el domingo ser ya de primavera y la gente se lanzó a la calle a aplaudir su buena intención. Llegué a la plaza Palau en el cruce que lleva a la calle donde se levanta uno de los opulentos edificios para uso y disfrute de los viejos estamentos militares –este rodeo para no decir que ya no me aprendo el nombre de las calles, pero recuerdo bien si hay una estatua y monumentos varios: –aquí un ángel con una estrella como glorieta; también, la antigua Bolsa de Barcelona, el parquecito mustio, el quiosco, las tiendas clásicas y los ruinosos edificios que aún no ha adquirido alguna inmobiliaria con ansias de culminar la gentrificación de la zona–, hoy cerrado. A mi lado, esperando a que el semáforo se pusiera verde había un chavalín de unos cinco años, espigado (por no decir flaquillo), con ojos de gato, risueño. Tenía vocación de lagartija, así que no paraba de moverse: ahora me pongo detrás de este señor, ahora paso por delante de esta turista, ahora driblo a mi amigo y a mi padre, y al padre de mi amigo y vuelvo al sitio donde empezó la samba. Yo no le quitaba ojo, previendo que se cruzara entre las ruedas y el domingo terminara mal. Al padre, un hombre de unos treinta y tantos, que no parecía persona de oficina, le mosqueó el imparable movimiento del crío. Parecía claro que las mujeres habían enviado a los maridos pasear con los chavales y ellos se lo tomaban como un episodio más de la película “Padres modernos, qué cruz”.

            –¿Se puede saber por qué no te quedas a mi lado? –pregunta el padre.

El niño parecía llevar toda su vida esperando el momento de hacer esta declaración. Triunfante.

–Porque no soy un niño pequeño.

Al padre no dejó de hacerle gracia la respuesta. Y el semáforo seguía en rojo. Él tenía que mantener su autoridad e inocular a su vástago una dosis de complejo de Edipo, suficiente al menos hasta llegar sano y salvo a la acera de enfrente.

–Ah, claro, tú no eres un niño pequeño. Tú eres un anciano.

El semáforo cambió a verde. Paseantes en masa (vale, tampoco tantos) dispuestos a llegar a la acera contraria, con la determinación del que cruza el Amazonas a nado. Pero el chavalín no se movió.

–¿Un anciano?
Por lo visto, en clase no habían llegado a “las tres edades del hombre”. Y a lo que él llama abuelo debe de ser un robusto mocetón de cincuenta y tantos años.

–¿Un anciano? ¿Un anciano?

Siguió él al padre y yo a la masa viandante.

Pero en el cole deben dar clases de rima y poesía –o algo parecido–. Y donde no llega el cole llega la tele…
–¡Un anciano! ¡Un marciano!
Siguió un largo segundo de silencio. De reconocimiento. De catarsis. Fue como si su padre le hubiese revelado la verdad sobre sus orígenes. Edipo, yo no soy tu padre, te encontré en un cruce de caminos, aunque tú berreabas como un condenado la que llamas tu madre y yo nos conmovimos y…. Y el chavalín ya pasó canturreando.

            –¡Soy un marciano! ¡Soy un marciano!
Considerando, así, el aumento de las expectativas de vida, cuatro pasan a ser las Edades del hombre: Niño, Adulto, Anciano y Marciano.

En fin. Dedico este relato de una moderna tragedia edípica, que tuvo lugar en el año álgido de la Gran Crisis Económica, a esos escritores que declaran a la prensa que no salen de sus casas y, aun sin salir de sus casas, se presentan como los más fiables y realistas cronistas de nuestros tiempos. Me pregunto yo cómo si sólo salen de sus casas –de sus fortines, se diría— cada quince días para ir al súper pueden enterarse de lo que ocurre y aquilatar la importancia real de los acontecimientos. ¡Ah, la tele! ¡Las noticias de la tele! ¡Cómo no se me había ocurrido!

YJ1-1920639 - © - María José Furió

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