Reseñistas que no entienden nada de lo que leen o la gallina de la crítica literaria

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Si no existo, ¿por qué te quedas con mis huevos?

Se ha convertido en un tópico afirmar que la crítica literaria española en prensa es de mala calidad y que los que se ocupan de reseñar libros son o blandos o ineptos o unos vendidos. Estas afirmaciones resultan más creíbles o aceptables según quién las pronuncia aunque pierden eficacia porque no suelen ir acompañadas de ejemplos y como generalización resulta abusiva. Se sobreentiende: todos son malos menos yo.
Dado que bastantes de los que denuestan a la crítica y a los críticos sugieren que la crítica literaria en España no existe -sin definir con rigor qué entiende por “crítica literaria”, y ya de paso, por “España”, habida cuenta que suelen residir en Barcelona y tratar con enorme displicencia a los autores que no residen en la Ciudad Condal, ombligo del mundo y del universo–, y sin embargo participan en un sinfín de congresos, antologías, cursos, publicaciones, etc., donde detallan con sorna y autoridad quién sí es escritor, autor de relieve o promesa–, cada vez recuerdan más al personaje del chiste que Woody Allen cuenta al final de Annie Hall, ése que se presenta al psiquiatra para llorarle porque su mujer “cree que es una gallina” y cuando el médico le recomienda que se separe de ella, él responde: “sí, doctor, pero es que necesito los huevos”. Del mismo modo, estos críticos que, se diría, han hecho industria de la denuncia de la inexistencia de la gallina-crítica literaria no dejan de beneficiarse de los huevos que la gallina inexistente da.

Señalar, en cambio, qué tipo de reseña y qué reseñistas hacen mala crítica literaria podría llevarnos a averiguar qué ideas subyacen en la decisión de mantener en su puesto durante décadas a personas que “no dan una”. Resulta más flagrante para mí cuando se trata de mujeres y de literatura firmada por mujeres porque la imagen que el sector del libro transmite de las mujeres es asquerosamente reductora. Es verdad que hay más firmas de mujer publicando sobre libros que antes, pero no son mejores. A menudo se trata, lo sabemos, de mantener una cuota de presencia femenina, que equivale a soslayar los reproches de las lectoras o de las propias escritoras especializadas en reprochar a los medios que no se habla suficiente de mujeres -reproche al que los medios suelen responder dando la oportunidad de publicar una columna a la citada escritora, que ha hecho una industria del recordatorio de tal omisión, sin ir más allá de los tópicos teóricos establecidos en los años ochenta-noventa. La mujer no sale del ghetto, en la medida que solo se le cede la palabra tras su reclamación de un derecho obviado. Como la persona en cuestión hará gala –hace gala de modo insistente– de su imagen de persona seria pero no severa, culta, viajada y de buena familia, “permitirle” hablar es una forma de mantener el statu quo de, diría yo, principios del siglo ¡XX! El feminismo radical ha cedido paso al feminismo de buen gusto. Un feminismo de vaselina.

Será interesante mencionar que las universidades de Barcelona  –si no me engaño, todas– cuentan ya con departamentos especialmente centrados en la producción intelectual –ficción y ensayo– de las mujeres, y algún subdepartamento está especializado en la literatura queer -supongo que separada por sexos–. En ocasiones señaladas se acudirá a uno de estos “especialistas” –la universidad sanciona la autoridad de sus palabras– y las personas cultas asentirán a sus palabras y se darán por informadas de una realidad que desconocen. Se trata de una amable transacción a través de la cual la mayoría –los heterosexuales– nos damos por enterados de la realidad distinta, expresada en una jerga copiada de la pedante Judit Butler, de esos grupos siempre marginados a los que la universidad –oh, reducto único de la tolerancia en este mundo cruel– ha dado carta de naturaleza y de un noble existir intelectual.

Sin embargo… sin embargo las “cosas” continúan hoy igual que hace veinte años cuando de mujeres e trata, por volver al principio. Y el ejemplo lo tenemos no sólo en las reseñas que escriben y publican las propias mujeres –elegidas para demostrar, quizá, que es posible compatibilizar el criar niños con escribir libros y hablar sobre ellos; o elegidas para mostrar que existe una sensibilidad femenina que presta atención a aspectos desapercibidos por los hombres, esos brutos que pagan nuestras facturas–. Y sin embargo, hay reseñistas, hombres y mujeres que no dan una porque, ya lo he dicho en otra ocasión, se niegan a leer libros de teoría literaria o de crítica o ensayos siquiera de historia (o siquiera las páginas de Internacional del diario en el que publican) y no ponen en contexto las novelas que han de criticar. Que les pagan por criticar. Creen que su intuición o su vientre resultan el medio infalible de comprender un libro.

Un caso flagrante: Bajo este sol tremendo, de Carlos Busqued. Se trata de una primera novela excepcional en la que el autor alegoriza el efecto de la dictadura militar argentina en una serie de personajes friquis, al gusto de nuestra época. En España creo que apenas dos críticos “acertaron” a descifrar la trama subyacente en esta primera novela de Busqued. Así que no ha disfrutado del éxito ni de los lectores que merecería.

Otro caso es el de Pola Oloixarac con Las teorías salvajes, que traigo a colación después de que Clément Cadou lo mencione en su blog. El pasaje que Cadou destaca es especialmente significativo por lo que narra y por lo que significa ideológicamente. Lo que significa ideológicamente el éxito de una novela que es una sátira abierta de las izquierdas y se beneficia de la anulación –¿aniquilación?– de una crítica literaria de izquierdas –aunque ahora es arduo definir qué significa, además de no doblegarse ante las coordenadas que imponen las estructuras del capitalismo de las últimas dos décadas; aunque, al menos a mí me cuesta asumir todos los tópicos cuando el banco está abordando con más seriedad mi “situación” que mis amigos de (dicen) izquierdas–. Lo que está contando el fragmento destacado por Cadou es que las identidades individuales de los pobres se definen a partir de premisas muy distintas de las de los ricos, o pudientes o lo que la nueva clasificación de clases sociales inglesa llama “clase media establecida”. Cuando Oloixarac pone en boca de una seudoespecialista en Lacan un discurso que relata cómo la pobre K ha sido abusada por su padre, en una jerga descacharrante que parodia a Lacan y a Kristeva, lo que está diciendo es que el “pobre” que se pone en manos de expertos –desde la universidad a la psiquiatría o al psicoanálisis– va a sufrir una re-victimización de tal forma que el lenguaje, los discursos de cada uno de esos organismos públicos, refrendan el statu quo del poder. Será objeto de los discursos pero no sujeto. La  novela de Oloixarac ha tenido menos éxito que la propia autora porque, como corresponde a la clase social a la que representa, en la medida que la novela defiende un cierto modo muy concreto de estar en sociedad, se burla de cómo la izquierda no ha conseguido subvertir el poder de la derecha, o el poder a secas, que establece y demuestra que “tener” es “ser”.

La pobre K, al ponerse sumisamente en manos de esos organismos supuestamente destinados a procurarle la emancipación de su situación/posición de mujer abusada, se va a definir negativamente. Ella es lo que no es. Si Oloixarac hubiese presentado un caso en que K, u otro personaje, le diese la vuelta a la situación adquiriendo algún tipo de autonomía real, que entrañara una auténtica refutación de los esquemas sociales, su libro no habría tenido el éxito que la ha acompañado.

Si llegado el caso, se publica un texto que refuta los esquemas de validación, de legitimación social, vigentes será ignorado o mal leído. Como este es un blog en el que defiendo mis ideas, no dejaré de defender mi propia posición. El modo de leer mi novela corrobora todo lo que digo: leer en clave de drama o de melodrama en lugar de leer, como corresponde, en clave de memoria histórica, de novela antiedípica, sirve para recluir el discurso de las mujeres en el ámbito doméstico y negarle su verdadero sentido: el que discute las jerarquías. No se trata, claro está, de que debería haber sido un bestseller sino de que las lecturas establecidas diluyeron el contenido verdadero de la trama: en España, las mujeres realizan lecturas más cobardes que los hombres porque tienden a reprimir las lecturas que ponen en tela de juicio su posición acomodada en el sistema establecido desde los años ochenta, cuando la ola conservadora barrió el progresismo más provocador de las dos décadas anteriores.

Sobre Mad Men, (no sé por qué sus exégetas aquí son hombres cuando trata tanto de la sumisión femenina), una socióloga explica en los “extras” del video que en los ’60 las mujeres demostraron que “lo personal es político“. Cuando aquí en España ciertos críticos reclaman una novela política, es decir narraciones sobre acontecimientos políticos, desdeñan esta verdad: que se puede hacer una lectura política de todas las novelas. Y que, de hecho, se hace cuando se encarga su reseña a ciertas mujeres, pues tácitamente se sugiere que tal título habla de “cosas de mujeres” por lo que, como de la menstruación o de los abortos, deben discutir ellas aparte y entre susurros.

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