El traductor como mirlo blanco, en El Trujamán

 

© Por María José Furió

La revista cultural suiza L’Hebdo publicaba no hace mucho una  entrevista a un joven traductor, que por su planteamiento y su tono —«star  des traducteurs»— provocó irónicos comentarios entre los miembros de la  lista de correo en la que participo. Llegamos a la conclusión de que el perfil  del entrevistado corresponde al ideal inconfesado de los editores literarios.  Un mirlo blanco.

El periodista describía al traductor —35 años, experto en literatura  alemana contemporánea, las editoriales de prestigio se pelean por él— con  rasgos de una rock-star, un tópico cultivado  por los medios de comunicación modernos. Hombre o mujer joven, nacido en los  años setenta, de aspecto atractivo e indumentaria moderna, moderado desaliño,  extrema pulcritud. El cronista se inspira en Balzac para el retrato: «El rostro  iluminado por una hermosa palidez, la de los seres animados por un fuego  interior».

Especializado en un tema difícil o minoritario que requiere años de  estudios, le anima una vocación personal, que el cronista subrayaba con ingenuo  deleite. Es versátil, pues conjuga su talento filológico con otras, deliciosas  por inútiles, prácticas artísticas, como serían la música de trompa, la  fotografía estenopeica, el lied alemán o la programación de videojuegos.

Con su buen hacer profesional, Mirloblanco ha logrado interesar y  descubrir un «monumento literario» a miles de lectores, hasta entonces  distraídos con temas irrelevantes y autores de menor nivel o desfasados. Su  especialidad, sea la narrativa rusa, o coreana, o la novela alemana de  posguerra, posee el pedigrí que otorgan los grandes nombres y/o un periodo histórico  patético. Entendemos que están descartados los países felices. Si es que los  hay.

Ha residido varios años en el país de cuyo idioma traduce. Sí, se «impregnó  de su lengua, de sus sonoridades, sus modulaciones» se extasía el periodista.  Aunque «es difícil decir por qué se ama un idioma y un país», le modera el  traductor, que define con elocuencia su tarea: «Me contento con ser el  intérprete, con ese don de ofrecer lo que no se posee».

Sus raíces familiares también son dignas de consideración. La leyenda  perfecciona el aura: el Mirloblanco no es, no puede ser, un urbanita de clase  media sin historia; él desciende de un militante comunista, en un país donde la  probabilidad de un triunfo del marxismo soviético desapareció hace más de cinco  décadas, y de pescadores o mineros —tenaces, aislados; como él, extraen de la  naturaleza su riqueza—, o de un riguroso abogado; o de un diplomático tópicamente  cosmopolita, etc., etc.

No le roban el sueño los ingresos que percibe por su trabajo (no  contabiliza sus ingresos en horas dedicadas a la tarea: él traduce todo el día;  la traducción es un sacerdocio), ni las cláusulas de sus contratos. No lo esclavizan  las tarifas esmirriadas o congeladas como a la mayoría de sus colegas porque la  editorial le ingresa una generosa mensualidad. No se menciona a la ralea de correctores y editores de mesa ni a colegas ni a sindicatos o asociaciones. Sus tête-à-tête son con el escritor.

El mirlo blanco es, por naturaleza, es decir por su naturaleza  fantástica, un ser excepcional y excepcionalmente poco conflictivo. «Un  traductor que vive de su pasión».

Reservado y discreto, vive aislado o casi. Siempre lejos de las grandes  ciudades donde tiene sede la editorial. Y no porque sea un espartano: habita en  un «dúplex con las paredes tapizadas de libros». Nadie estorba la concentración  del devoto traductor: «las mujeres de su vida» —pues persona tan interesante ha  de despertar interés amoroso en plural— han de acomodarse a los hábitos del  monje-artista. Si no toleran su aislamiento, él acepta la «soledad física, a  veces extrema, aunque» —¡aunque!— «se trata de una soledad poblada por las  palabras del escritor».

Esta representación idealizada de un traductor excepcional —entre el  monje y el autista, entre el artista bohemio y el empresario autosuficiente,  con su modestia incansable y su genio inagotable—, sirve de contrapunto a los  artículos en que periódicamente la prensa se hace eco de las quejas del  colectivo de traductores.

Es un retrato que omite las condiciones de trabajo típicas hoy del  sector editorial, la cosificación del traductor profesional —sustituible por  otro más dócil—, subraya la fetichización del «texto» y poetiza de manera boba  el talento.

Cabe preguntarse si esta imagen idealizada, fantasía de editores  literarios y de periodistas ingenuos, favorece a la profesión. O debemos  admitir que disimula bajo una estampa romántica el nivel de trivialización con  que se castiga a un oficio que, en muchos casos, es ya solo un modesto gana pan.

El Trujamán, Instituto Cervantes

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