Nueva narrativa, viejos métodos de promoción y triunfos que son fracasos

lagartija

Añorando los tiempos en que fui una lagartija al sol

El post que escribí semanas atrás sobre triunfar o no en el medio literario y sobre las circunstancias en que me vi envuelta mientras colaboraba con el departamento de No-Ficción de Planeta creo que me ha servido a mí para situarme por fin lejos de una peripecia que condicionó de forma negativa mi situación profesional y personal. Varios hechos me empujaron a soltar de una vez lo que escribí y lo cierto es que siento que he soltado un lastre. Hay una frase que se hizo famosa hace años,  “hay que socializar el dolor”, cuando la pronunció el lider de Herri Batasuna, y que siempre me pareció que era buenísima aunque no eran ellos precisamente los que tenían más derecho a utilizarla. Me parece que he estado soportando de manera injusta valoraciones muy crueles sobre mí de parte de personas cuya opinión tiene influencia sobre otras y que han sabido ser muy convincentes. Es llamativo que esas valoraciones hayan seguido su curso sin que las personas que les prestaron oídos se hayan preguntado si ellos mismos no habrán sido blanco de otros comentarios si no tan crueles sí tan inexactos. Aquí no se trata de tener una imagen limpia como ángeles virginales, se trata de que esos comentarios y esas imágenes formulan y acotan el panorama en el que nos desenvolvemos y contrastan con tanto llamamiento a la autoridad, a los nombres “de referencia” -como publica hoy en El País el inefable Juan Cruz–, a la excelencia, a la seriedad pasmada y a tantas otras patrañas ridículas y anquilosantes destinadas a construir un panteón de santos intelectuales, una casta de intocables cuya palabra debe tenerse por infalible. Aquí sucede que si a mí se me presenta como esto o aquello tan víctima de la manipulación soy yo como la persona que acepta lo que le cuenta, con tanta convicción, con argumentos maquillados en psicologismos y freudianismos baratos, ese o esa al que les mueve o les movía un interés personal y los celos. 

No deja de ser significativo que esos nombres de referencia -¡tantos muertos!– procedan de la burguesía conservadora y que en cierto momento se escoraron a posiciones que resultaban progresistas porque el contexto era el del reaccionarismo franquista. Estas personas, que tal vez deberían haber asumido que eran figuras de transición y que a ello, es decir a encauzar el cambio hacia una sociedad democrática y regenerada de residuos franquistas, debería haberse limitado su protagonismo, consolidaron  posiciones de representación intelectual, política, etc., en los años ochenta, cuando el PSOE tuvo que buscar cuadros de todo tipo para administrar su apabullante triunfo en las urnas –triunfo sufragado por la Alemania de Brandt, se dice-. En un plano coloquial, “pillaron cacho”; no parece que sean propensos a la autocrítica, y aunque casi todos ellos pasaron el sarampión marxista, luego se han establecido en una posición de estable personalismo -es decir, que la referencia es el nombre propio y ya no la vigencia de sus propuestas–, adhiriéndose a modas intelectuales más o menos resultonas siempre que no pusieran en duda ni su posición ni sus fines ni sus ambiciones.

Ahora, con la crisis económica que lleva a reclamar cambios radicales en política, surge esa vieja tendencia de apelar a figuras de referencia y a recordar a esos nombres propios, cuando de lo que se trata es de analizar lo que ocurre y extraer ideas estimulantes y a organizar una acción propia.

Escribí el post no sólo por la frustración de oír una vez más el “escribes muy bien” cuando se sabe cómo y por qué me han ido las cosas como me han ido y por qué “las cosas” pueden continuar yéndome mal  mientras se da apoyo a escritores a los que desde sus inicios se les ha puesto todo fácil, ridículamente fácil incluso. En Flirtear, Adam Phillips habla de literatura, vida y psicoanálisis y escribe algo en lo que me reconozco. Dice “el trauma es aquello que simplifica en exceso la mismidad, aquello que, a causa del sufrimiento que comporta, deja a las personas con una aversión hacia su propia complejidad.”

Y resulta que sí, que el mundillo literario ha simplificado tanto los mensajes y los discursos que, de un lado tiene que apelar, como hace ahora, a esas figuras de referencia, como depositarios seguros de los mensajes complejos a los que vale la pena prestar atención. De otro lado, somete todos los discursos que escapan de la red de nombres de referencia a una simplificación abusiva, y los deja en manos de verdaderos ineptos. Desde luego, todos llevamos vidas raras, entretenidas, confusas y complejas, pero si eres una mujer y llevas parte de esa experiencia a un libro y esperas que sea entendido como lo que es, un espacio simbólico, te arriesgas a que vaya a caer a manos de otras mujeres que escriben reseñas, y que no se han molestado en casi veinte años de colaboraciones en prensa en leer un solo ensayo que las ayude a leer de forma independiente -independiente de su estómago, para empezar, de su educación pequeñoburguesa–, a hacer algo que no sea marujeo literario.

En las últimas semanas, y por escribí el post anterior, me sentaron muy mal los artículos de la traductora María Teresa Gallego Urrutia titulados “Soy una privilegiada”, siendo como ha sido representante de los traductores en ACETT. Me preguntó para qué sirve esta asociación, puesto que cada cual ha de luchar en solitario cuando surgen problemas con los editores, que no quieren enterarse de la Ley de propiedad intelectual. Yo veo una auténtica indefensión de la gente de letras en este país. Compárese con el papel del sindicato en Francia.  Me sentaron mal, ya lo he dicho, las respuestas de Claudio López en la entrevista a Jot Down: desde luego, si tratas como niños de pecho a los escritores, en lugar de molestarte en averiguar qué les ocurre, tarde o temprano te va a tocar hacer de baby sitter. Si se les planta un contrato b, luego no se puede protestar cuando aparecen escritores que llegan con una maquinaria publicitaria como los Nocilla. Si se organiza una mesa redonda en torno a la nueva narrativa y varios de los escritores ponentes ya tienen firmado un contrato con una editorial y dicho libro resultará premiado ese año por la misma editorial, qué más da si la narrativa es nueva o no si aceptan integrarse en el sistema con todas sus condiciones.

Pero sobre todo, no se puede censurar con dureza a los que tratan de ampliar los métodos y maneras de la crítica literaria para luego proteger a jóvenes críticos tibios e insolventes. Ni, del lado contrario, se puede defender esa ampliación del campo de batalla para dedicarse acto seguido a hacer la publicidad  de los amigos escritores y la contrapublicidad de los que no gustan.

Habría mucho que decir de cómo se sigue construyendo el panorama literario español según un esquema edípico, una historia interminable de mamás y papás. Pero nunca de hombres y mujeres independientes. Intenta ser independiente: raaas, te van a cortar la cola. Un sinfín de escritores castrados pululan en el medio literario, con sus caritas de buenos niños en un eterno día de primera comunión, de rebeldes de tebeo, de feministas con criada, de marxistas que no han trabajado nunca, etc. etc. Un mundo a su medida, con premios y castigos. En fin.

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