El común olvido, de Sylvia Molloy en El Trujamán

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El común olvido, de Sylvia Molloy: «Y en esos detalles se me va la vida»

El común olvido es una novela de Sylvia Molloy, autora bonaerense que reside en Nueva York desde hace décadas, donde imparte clases de escritura creativa y está especializada en la «escritura de mujer» y «homosexualidad en el ámbito hispano». La primera edición de El común olvido data de 2002 y en 2012 la editorial Eterna Cadencia la reeditó también para España. Menciono el desfase de fechas porque la acción principal transcurre, se deduce, a finales de los años noventa y la autora se cuida de que el protagonista y narrador omita decir qué presidentes y partidos ostentan el poder tanto en Estados Unidos como en Argentina. Daniel, el narrador, es gay, ronda la cuarentena, es trilingüe, de padre inglés y madre argentina, trabaja también en francés. Ejerce de traductor y bibliotecario, y viaja a Buenos Aires para resolver unos asuntos relacionados con la memoria y pertenencias de sus padres ya fallecidos. Separados cuando él era niño, su madre y él se mudaron a Estados Unidos una década antes de la diáspora de los que huían de la dictadura, de forma que la memoria de los personajes y la novela entera esquivan los tópicos del golpe militar y los desaparecidos, aunque conservan una potente presencia metafórica en el libro, para centrarse en el Buenos Aires de los años cuarenta a sesenta y en sus clases aristocráticas y acomodadas.

La autora juega en todo momento con el bilingüismo de los personajes, y nunca se traducen los frecuentes juegos de palabras o expresiones, dichos, chistes y frases en inglés o en francés, en una trama construida en buena parte como una acumulación de anécdotas. El lector entra entonces en un repertorio de guiños culturales y esnobismo que refleja también lo que el narrador llama «una continuidad letrada». A la necesidad de un orden cotidiano y de mantener una relación con la literatura sin sumergirse de lleno en ella atribuye su dedicación a la traducción. Aunque describe el momento epifánico en el que decidió ser traductor con un cliché: el profesor le invita a traducir La Difficulté d’être, de Cocteau y él descubre: «que por fin podía leer de otra manera, podía prestar atención al texto de otro porque lo estaba reescribiendo, haciéndolo mío», la tarea de traducir simboliza aquí el esfuerzo de construir una versión legible de la vida, y en concreto de la vida sentimental de su madre antes de marchar con él a Estados Unidos, a partir de una ingente cantidad de datos. Recuerdos propios y de personas que tuvieron que ver con ella; diarios, cuadros, libros, marcas, lemas y billetes con notas incomprensibles, o la propia ciudad de Buenos Aires con sus pobladores de orígenes europeos dispares, forman un batiburrillo que el narrador toma como una narración en un idioma familiar pero anticuado.

Me maravilla este pasar de una lengua a otra sin suturas, sin énfasis o efecto de estilo, sin aparente razón: you know how it is, che. Pero no, no sé exactamente cómo es, solo sé que este bilingüismo es distinto del que practicamos Simón y yo, el nuestro un switching más deliberado, sin duda más irónico, en una palabra, camp, por cierto no en el sentido que usa la palabra Cirilo.

En su esfuerzo por desentrañar la memoria de la madre y su silencio de los últimos años se mueve con la torpeza de un traductor inexperto que se deja seducir por todos los detalles, perdiéndose en ellos como el que pretende una fidelidad literal al texto de partida, sin discernir ya ni qué es sujeto ni qué es predicado. La clave de «trabajo» se la ofrece Samuel Valverde, anciano traductor amigo de la familia, subrayando lo que Beckett escribió acerca de Proust y de la memoria:

Beckett habla mucho de la memoria de Proust, de la mala memoria de Proust, la única que permite de veras el recuerdo. De la otra, dice mirándome con intención, de la memoria total, acumulativa, Beckett dice que es como una cuerda de tender ropa en la que se alinean los recuerdos sin ton ni son, como medias o camisas puestas a secar, sin vacíos, sin intervalos.

Cuando entre la cacofonía de voces da con el ritmo interno del texto, se revela el argumento oculto y emerge la versión definitiva, concluye el traductor.

© Por María José Furió

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