Filmoteca para una crisis, 9: “Do it!” “Don’t do it!” – El cazador, de Michel Cimino

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Robert de Niro en El cazador

¡Qué bien resisten el tiempo las películas americanas de los 70! El cazador me pareció al volver a verla recientemente mejor que El padrino. Creo que terminé por verla cinco veces seguidas, al final buscando ciertas secuencias. Del primer visionado, en un cine seguramente ya de sesiones dobles, recordaba el asunto de la ruleta rusa de C. Walken, pero esta vez ya solo me interesaba De Niro y el feeling entre De Niro y Meryl Streep.
Me llamó la atención un detalle que no he visto subrayado tantas veces como se habla de las airadas protestas que llegaron desde Rusia, acusando a la película de atribuir a los vietcongs el uso de la tortura con sus prisioneros cuando, numéricamente al menos, la palma se la llevó siempre el ejército Usa. El detalle es que se trata de emigrantes de segunda generación, no de norteamericanos wasp. Y este detalle coincide con lo que sí destaca tan bien Alberto Fuguet en Missing cuando narra el periplo de su tío Carlos y de los hermanos de éste, que tuvieron que alistarse por cumplir la cláusula del “contrato” de entrada en el país, una cláusula que establece que los recién llegados están dispuestos a dar la vida por su país de acogida si éste, qué raro tratándose de Estados Unidos, decide montar una de bombas y fuegos artificiales allá donde Cristo perdió el gorro.

Naturalmente, considerando este detalle, el de los emigrantes que se entregan al país que acogió a sus padres –de países soviéticos, nada menos– voluntarios para luchar en Vietnam, el final en que reunidos a la mesa cantan el himno americano adquiere un sentido diferente.

También se habla de la amistad y de cómo un la guerra saca a la luz “lo mejor y lo peor” -esos tópicos, no del todo creíbles–. La relación entre De Niro y Christopher Walken es llamativa, rara: Walken no está del todo en la película hasta los episodios de Vietnam. El juego con la ruleta rusa arranca cuando De Niro (Michael)  convence a Nick (Walken) para que haga lo que le exigen los vietcong; al sobrevivir al disparo, surge una reacción que provocará la adicción a ese momento mágico en que el desafío a la muerte se salda siempre con la supervivencia.
Cuando Michael, convertido en un héroe condecorado, regresa a Vietnam para encontrar a Nick, después de conquistar a la novia de su mejor amigo, se repite la escena iniciática: De Niro, tras pagar una millonada por enfrentarse a Walken, por el que se apuesta en tugurios según un ritual que forma parte de la hipnosis en la que está “desaparecido” el viejo Nick, intenta retroceder en el tiempo –como si, efectivamente, el otro hubiese sucumbido a un trance hipnótico. Esta vez la frase, la orden, es “Don’t do it!”.
Claro que ¿por qué iba dejar de hacer lo único que le ha procurado una sensación de destino personal?

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