Di su nombre, de Francisco Goldman y El ruido de las cosas al caer, de J.G. Vásquez: En torno al síndrome de estrés postraumático

Francisco Goldman y Aura Estrada

Francisco Goldman y Aura Estrada

Di su nombre está entre las obras más logradas de Goldman. Como siempre, me llama la atención la ignorancia que demuestran algunos periodistas al tratar ciertos temas. Así, en El País, recientemente se publicó una entrevista a F.G. en la que el periodista decía haber experimentado un sentimiento de bochorno o de vergüenza ajena al leer ciertos pasajes del libro. El hecho es que Goldman relata, con la profusión de detalles característica en toda su narrativa, un caso evidente de “síndrome de estrés postraumático”. Internet alberga cientos de páginas serias que informan sobre este síndrome, que afecta a personas que han padecido una pérdida súbita en condiciones objetivamente dramáticas –accidente, enfermedad fulminante, crimen, suicidio–, o que se han visto sometidas a experiencias estresantes, que ponen en juego sus valores, como serían las guerras –veteranos de Irak, y también en gran medida, reclutas israelíes en los territorios ocupados–, invasiones, exilios, etc.

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El estrés postraumático suele afectar a la libido. Su desorden puede manifestarse en una promiscuidad insólita para los hábitos de la persona en cuestión –como aquí cuenta Francisco Goldman– o, al contrario, en la ausencia completa de reacciones sexuales, como narra Juan Gabriel Vásquez en El ruido de las cosas al caer. En ambos casos, se trata de una descripción prolija de cómo el cara a cara con la muerte desata una reacción, de alarma y de autodefensa urgente, que está destinada a proteger no la identidad de la persona sino su equilibrio mental: medidas de urgencia para no enloquecer o para no darse muerte. En Epígrafe, una novela, publicada por Periférica, de Gordon Lish, autor que me inspira especial simpatía, su autor también reproduce esa reacción estresada del protagonista, un anciano que busca una interlocución erotizada como último resguardo en la vida-que-merece-ser-vivida.

De hecho, es posible que el mitigado éxito de la última novela de J.G. Vásquez –uno de mis narradores favoritos, si no mi favorito absoluto, de la hornada post-90– se deba justamente al énfasis en la impotencia de su protagonista. Si recordamos su argumento –en medio de la toma de poder por el narcotráfico en Colombia, en sus inicios, el narrador sufre le cerca  la muerte violenta de un extraño colega de billares y cae víctima de este síndrome; el impacto, el susto, la impresión de amenaza lo tienen paralizado mientras con cierta parsimonia va desentrañando la trama en torno al personaje asesinado–. Dado que la novela  moderna  que alcanza el mayor éxito suele ser la que procura satisfacer cierto narcisismo del lector –el que le permite igualarse en las hazañas del protagonista o situarse por encima de él por poco que el narrador o  su autor caigan en la autodeprecación–, un joven protagonista sexualmente inapetente, y el relato de cómo lo que parecía divertido e instrascendente y hasta  antiburgués y cool –las drogas en la época hippie–, se convierte  pronto en una industria lucrativa que gobierna al margen de la ley y contra la ley, El ruido de las cosas al caer parece encerrar sobre sí misma todas las satisfacciones y alejar a la mayoría de lectores.

Reseña para Culturas:

«En las dos obras más emblemáticas del novelista y periodista Francisco Goldman (Boston, 1954), la primera y magnífica novela La larga noche de los pollos blancos (1992) y su última crónica El arte del asesinato político. ¿Quién mató al obispo? (2007), el narrador indaga en los datos de un crimen violento y al examinar las pistas, contrastar las declaraciones de personas implicadas y desvelar vínculos insólitos entre individuos de posición social y económica muy dispar, dibuja la compleja maquinaria que llevó a la muerte a ésta o aquél. En Di su nombre, donde narra las circunstancias en torno al accidente de playa en Oaxaca que en 2007 le costó la vida a su joven esposa, la estudiante mexicana de Letras y escritora en ciernes, Aura Estrada, Goldman recurre al mismo esquema en principio para responder a las acusaciones de la familia de Aura, y especialmente de la madre, que atribuyen al desconsolado viudo la responsabilidad de una muerte tan temprana. Naturalmente, un autor como Goldman no tomará al lector para hacerlo cautivo de su propia defensa frente a la familia y tampoco es un ardid para amañar una intriga con la que sostener el inventario de sus recuerdos. Lo que hace es revivir los apenas cuatro años con Aura, desde que la conoce, ella tiene 28 años y él 47, siendo la novieta no oficial de un escritor y profesor incapaz de llevarla con él a una cena con Salman Rushdie en la época en que éste huía de los ayatollahs, la conquista mutua, la vida en común, el protagonismo de la madre, que tras desvivirse para ofrecerle la oportunidad de hacer una gran carrera ve cómo su “impulsiva” hija la defrauda y, por último, el accidente.

Aunque el período del duelo es el eje alrededor de cual gira la narración,  Goldman esquiva el melodrama rescatando la figura y la voz de Aura, sus ambiciones y claroscuros, los paisajes, manías y lugares compartidos. El amor, demuestra Goldman, es una “locura a dos”. En cierto momento, Aura se queja de la jerga con que debe escribir sus ensayos para la Universidad de Columbia, pues la moda que predican los profesores es que la teoría crítica puede prescindir incluso de la novela sobre la que teorizan. El libro que ha escrito Goldman, quien narra sin reparos momentos que son puro realismo mágico –Aura muerta hablándole desde un árbol—, refuta con maestría a esos teóricos.»

Publicada en Culturas-La Vanguardia, 23/1/2013
Portada de la edición original

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